Por J. Jesús López García

En todas las artes, hay piezas, autores y tendencias que durmiendo en la noche de la indiferencia, un día despiertan rodeados de reconocimientos que antes eran insospechados. Le sucedió al Quijote, considerada una novela bufa hasta que en el siglo XIX se le concedió el lugar de honor en la literatura universal que ahora posee -primera novela moderna, le llamaron los autores alemanes de ese siglo-.
En arquitectura, la ciudad de Roma fue descomponiéndose en fragmentos que luego fueron siendo sepultados por los años hasta que en el siglo XVIII se le consideró fundamental para sintetizar en el neoclasicismo, la racionalidad compositiva de la antigüedad y de paso, ayudar a cimentar los fundamentos de una, entonces, nueva disciplina: la arqueología.
No siempre el objeto valorado llega con bien a los tiempos de su valoración; varias de las ideas que tenemos de esos elementos descansan en recreaciones literarias o reinterpretaciones realizadas bajo los paradigmas de la actualidad, con lo que la valoración genera una recreación en toda regla: se crea algo nuevo y diferente sobre supuestos no del todo acreditados.
Sin embargo, aún con lo anterior, es mejor eso que el olvido completo que es la muerte definitiva, como le llamaría el judío-lituano Joseph Buloff (1899-1985). A cada edificio lo asiste una serie de recuerdos e imágenes sujetos a quienes les habitaron; no puede ser de otra manera dado que buena parte de nuestra vida transcurre en inmuebles y más aún en algunos de manera particular, es más, toda la vida estamos insertos en la arquitectura, desde que nacemos hasta nuestra defunción.
Pero al margen de la memoria y las vivencias particulares, la arquitectura es también un objeto que se constituye no sólo en el espacio, sino también en el tiempo y dadas estas características, cada pieza arquitectónica tiene la potencia de ser, dentro de sus rasgos, escalas y dimensiones, algo irrepetible, aún en la construcción en serie pues cada disposición, posición, orientación, por no hablar de la manera de ser habitada y de lo que ocurre a su contacto con la vida humana, entre otros, le hace al menos ligeramente diferente. Por ello algo triste hay en las fincas abandonadas, y más triste aún es ver que ese descuido parece tener una vigencia larga.
El abandono produce rapiña, vandalización y una cadena de efectos que empiezan a mostrar en un sitio, un ámbito cada vez menos propicio para una buena vivencia urbana. Como parte de las políticas de rescate urbano y social de la ciudad de Nueva York a inicios de la década de los noventa del siglo pasado, la restitución de vidrios y puertas rotos, de aplanados y pintura fue un manifiesto de la ciudad a no claudicar a la indolencia; sitios inseguros y «enfermos» recobraron la salud y comenzaron a tener una nueva y mejor vida. La arquitectura es un factor de ordenamiento en la cotidianidad comunitaria, entre más sana se presente, esa cotidianidad se mostrará de manera más amable.
Todo lo anterior nos habla de múltiples inmuebles que existen en la ciudad acalitana que sufren de indolencia de los propietarios -basta citar la finca ubicada en la avenida Héroe de Nacozari No. 401 esquina con la Privada Ejido, casi con el cruce con la avenida Francisco I. Madero-.
Es una casa de dimensiones generosas con rasgos de la Escuela Moderna, adivinándose unas terrazas en su azotea; como dos pequeñas torres, los volúmenes de las orillas de la fachada principal enmarcan el acceso revestido de mosaico con una herrería Déco; la finca en buen estado, por su ubicación, dimensiones y presencia puede dar un nuevo aire positivo a su entorno. Por lo pronto en su deterioro, es difícil incluso percatarse de su presencia -además de que la avenida se ha vuelto transitada mayoritariamente a bordo de un vehículo-. En espera de tiempos en que se valoren y revaloren sus características y se detone su potencial, la finca se va descomponiendo; lo primero quizá llegue muy tarde o no llegue.
De manera indudable, nos queda a nosotros, arquitectos y habitantes de la ciudad en general, interesarnos por lo levantado en nuestra metrópoli,que se ha constituido a lo largo de décadas e incluso siglos, como parte de la vida urbana de Aguascalientes. No es el objeto en sí el depositario del valor, sino lo que el conjunto es capaz de evocar, que no sólo son tiempos pasados. Realmente lo mejor de valorar lo que tenemos nos ayuda a comprender mejor la naturaleza de nuestra ciudad, de nuestra comunidad y con ello, impulsarnos desde la plataforma de lo existente, para lograr un mejor lugar para vivir.
Seguramente la rapidez en que vivimos de forma cotidiana no nos permite percatarnos del inmenso valor arquitectónico moderno con que contamos los aguascalentenses. Solamente se requiere dedicar un poco de nuestro tiempo para observar con detenimiento las múltiples fincas que se encuentran en las calles más icónicas de Aguascalientes.

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