De un redepente, como tantas cosas que acaba uno por imitar tontamente; que porque lo dijo Chespirito (“como digo una cosa digo la otra”), (mi secretaria, Frau Alzheimer, me aclara que no fue ni Chespirito ni el Chavo ni el Chapulín sino la Chimoltrufia, pero para el caso es lo mismo, o porque lo dijo Shakespeare “TV or not TV, that’s the question”), empecé a repartir con más velocidad que un político en campaña, felicitaciones y parabienes con el actualizado “Felices fiestas”. Y claro, no lo había pensado, y para que no quepan dudas, hay veces que me siento y pienso y a veces nomás me siento; aunque en estas noches de frío, de duro cierzo invernal, y no está Ud. para saberlo, amable y friolento lector, pero yo sí para contarlo, me tengo que des-sentar varias veces porque como se decía en Agüitas cuando era Agüitas, me ganan las ganas de hacer de la chorra. Frau Alzheimer se regocija porque recordé la expresión y me apostrofa por escribirla, ques’que es de mal gusto, dice, lo que realmente pone de manifiesto que tiene afinado el sentido del gusto, pero lo escrito escrito está y a mí así me gusta.

Lo que pasa, es que, hagan de cuenta, que apenas reponiéndose uno de la andanada del jalogüin y del triqui tri tri del “me da mi muertito”, de sopetón me encuentro con la temporada de a-como-de-lugar-gastas, como-quiera-te endeudas y pagarás-en-treinta-sesenta-y-novecientas vueltas, y te-cae-si-no-regalas, o por lo menos, si no le haces al Santo Clos totonaca la cruda moral te durará más que la de las posadas. La avalancha de gente que se desborda en las calles e inunda los centros comerciales produce un malestar que se refleja de manera directamente proporcional en la cartera. Y quién sabe por arte de qué magia (quizás el mago Videgaray que logra que se reduzca el peso sin que se multiplique la indignación ¿o sí?), el magro aguinaldo no alcanza para nada.

No es por malhora, pero apuesto que hay más, mucho más personas que están eufóricas porque ganó el América y porque corrieron al Turco Mohamed, que los que están indignados por la repentina y fuerte devaluación del peso. Perdón, quise decir por el deslizamiento circunstancial y temporal del peso que nada tiene que ver con la debacle artificial del petróleo.

Pero, volvamos a la Navidad, o ¿será políticamente correcto decir las “fiestas”?. Por enésima vez en estos últimos 65 años, tengo la sensación de que salvo en el primer año, en los siguientes las cosas no han ido nada bien, pero… no hay mal que dure cien años, de manera que sólo me restan aguantar 35 y, para aminorar la pena, héte aquí que he recibido una tarjeta de navidad en un elegante sobre de fino papel mate, sellado a manera de lacre con un no menos elegante escudo nacional en papel orito plateado, tarjeta sobria con un dibujo alusivo a la navidad en blanco y negro y en el interior el mensaje de parabienes por las fiestas decembrinas (sic) de Enrique Peña Nieto. ¡Así como se lee! amable lector, tanto que la considero no tarjeta de navidad sino “tarjeta de vanidad”. (Ya no hallaba cómo platicarlo).

Pero ¿Cuál es el sentido de la navidad?… ¿será impolítico recordarlo? Navidad, Natividad, Nacimiento. Cuando Dionisio el Exiguo tuvo que fijar una fecha para el nacimiento de Jesús Cristo eligió la del día siguiente al solsticio de invierno. Mismo día en que se celebraba la fiesta del nacimiento de Zoroastro según el Send Avesta de los persas, que pasó a los Etruscos y luego a sus cosijos los romanos como Heliogábalo, y para acabar pronto, fecha de nacimiento de todos los dioses solares, porque, obviamente después de la noche más larga empiezan a crecer los días. Una muy bella alegoría que los primeros cristianos adoptaron seguramente con un sentido sincrético, para facilitar la celebración de la nueva religión urbana sobre los ritos paganos. Celebrar el nacimiento es celebración de luz, de paz, de armonía, y sin que mucho me apuren de amor. Es renovación, es júbilo, es comunión, y sin tener que profundizar en teología o teodicea, o simplemente en catecismo, el nacer es símbolo de todo lo bueno, de todo lo nuevo, de todo lo hermoso, de todo lo valioso. El cristianismo, con o sin Cristo, es un programa de vida que por sí mismo es valioso, pero ¿podría prescindirse del Cristo?

La cuestión es que (piensa mal y acertarás), uno (yo) piensa que no es casual que las grandes empresas transnacionales, esas que dictan la moda del hablar, del vestir, del comer, del beber, hasta del pensar (imaginen en qué pueden pensar jóvenes que manejan un vocabulario de 200 palabras de las que 192 son güey), al imponer la fórmula “felices fiestas” se da el tachón, se da la negación, se da la espalda a la Navidad y con ello al sentido cristiano de la celebración del 25 de diciembre, sentido de renovación interior, de luz interna, de paz compartida, de amor, sin que nos cueste trabajo: la Navidad es celebración de amor.

Y es que, digo yo, no se trata de un simple cambio de palabras, de una manera de incluir celebraciones profanas dentro de las ceremonias festivas del fin de año en torno a la Navidad. Es un cambio de mentalidad, un cambio de sentido a las reuniones, un cambio de rumbo a los festejos, un centrarnos en la forma y nada en el fondo. Es borrar la presencia del sentido cristiano que es también una forma de borrar la tradición, o peor aún, de trastocarla, de transformarla, aparentando que se conserva cuando en realidad se desvalora, se le despoja de una idiosincrasia que la alimentó por años y que ahora se sustituye por lo light y lo quick, lo que se asimila fácil, se disfruta sin complicaciones y se olvida sin remordimientos. No digo que sea peor, no me atrevería, solo quisiera hacer notar que el cambio no es de forma, es de fondo. Que no es algo casual sino maquinado. Que no es producto sólo de una campaña de publicidad de un producto o varios, sino con el deliberado propósito de borrar a Cristo y el sentido Cristiano de la Navidad.

Don Pedro Domecq, en su bellísimo libro El Toro Bravo, termina un capítulo con una bellísima expresión que asumo como divisa: “Ni quito ni pongo, ni deseo ni quiero. El tiempo pasa y mis recuerdos permanecen”.

“Los pastores a Belén corren presurosos,

Llevan de tanto correr, los zapatos rotos,

Ay, ay, ay, si volverán,

ay, ay, ay, que alegres van,

con la pan, pan, pan,

con la de, de, de, y la pandereta…”

¡FELIZ NAVIDAD!