Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

“La vita é una combinazione di magia e pasta”

Al momento que Federico Fellini cerró los ojos para siempre el 31 de octubre de 1993, poseía dos Palmas de Oro (Festival de Cannes), dos Leones de Plata y un par más de Oro (Festival de Venecia) y un Oscar honorario dado por su trayectoria, entre otros 60 premios y una decena de nominaciones más. Pero ahora que un siglo corona su nacimiento, todo premio o reconocimiento se difumina ante la potente sombra de su legado artístico, uno que transfiguró la industria fílmica de un país que superó la posguerra mediante un bálsamo Neorrealista para dar paso al poder creativo que proviene de los sueños. En este caso, los de un hombre que encontró entre el sopor onírico los utensilios indispensables para narrar sobre sí mismo y su nación empleando imágenes en movimiento que le dieron forma y fondo a las quimeras que habitaban en su mente, trascendiendo tanto el arte que eligió para ello y, en su caso, su propia figura, acuñando sin querer su apellido dentro del vernáculo cinéfilo para referir a toda obra cinematográfica de cualidades únicas, oníricas y de belleza carnavalesca que ate la narrativa confesional con flirteos a la imaginería más bizarra (“fellinesco”).

“Tuttal’arte é autobiográfica”
Para alguien cuyo nombre es sinónimo de la expresión más personal de toda fantasía artística que procrea el cine, Federico Fellini no tuvo instrucción formal al respecto. Nació en la población costera de Rimini el 20 de enero de 1920 para abandonarla a la edad de 18 años con el vano deseo de estudiar abogacía. De joven, jamás se vio seducido por la naciente cultura del cine-club donde se apreciaban los trabajos de Dreyer, Griffith o Eisenstein, sintiendo predilección por la mímica y pantomima de Chaplin, Keaton y los Hermanos Marx o las negras humoradas de Buñuel y Pietro Germi. Su vida encontró foco mediante su labor como caricaturista y disfrutando de las expresiones culturales que lo satisfacían y ofrecían modelos de inspiración como los dibujos animados e impresos y las radiocomedias de la época, fundamentando su métier artístico que lo conduciría al cine como guionista y creador de gags para figuras célebres del entretenimiento, labrando así su posterior jornada visionaria mediante años de escritura de libretos y apoyo en los sets.
Para la izquierda de la posguerra, cualquier mérito fílmico se basaba en la descripción concisa de los problemas sociales de Italia, por lo que se impuso un remedio Marxista, ya que todo cineasta que siguiera un imperativo propio sería tachado de conservador o reaccionario, lo que impulsó a Fellini a participar de la reconstrucción del cine italiano redefiniendo su credo creativo colaborando con Roberto Rossellini en los guiones de “Roma, Ciudad Abierta” (1945) y “Paisá” (1946), buscando la realidad con mirada honesta pero crítica. La senda recorrida posteriormente añadirá esta postura a su búsqueda por una manifestación eminentemente personal que refleje tanto sus inquietudes como la de un país en constante movimiento sociocultural.
El final de los 50 y el arribo de los 60 fueron cruciales para este desarrollo, pues tanto “La Dolce Vita” (1959) como 8 ½ (1963) transformaron las bases de la formalidad narrativa cinematográfica para dotarlas de un sello eminentemente personal e individual. Lejos quedaron las tomas educadas o los movimientos fluidos y adecuados para “La Strada” o “Las Noches de Cabiria” y poner a la cámara al servicio de las necesidades creativas de quien la detenta como un microscopio que detecta la composición orgánica de las emociones, fantasías y deseos del narrador. Fellini emplearía su propia vida plagada de mujeres, miedos e historia, aunada al pleno conocimiento de todo rincón del arte que utilizaba para expresar desde una postura altamente modernista y bellamente monocromática que el cine y sus posibilidades eran inagotables.

“Non c’é fine, non c’éinizio. Solo l’infinita passione di vivere”.
Federico Fellini logró comprimir el progreso de la visión artística dentro del cine italiano durante sus años de carrera, abogando por una subjetividad argumental sujeta a los predicamentos de sus personajes que incluían cuestiones de espiritualidad y salvación mediante la memoria (“Julieta de los Espíritus”, “Amarcord”), así como la autoconsciencia autoral que define al cine como el elemento integral de cualquier expresión narrativa para cualquier país o época, criticando al realismo señalando la imposible noción de su fabricación y añadiendo la supresión de lo fantástico. Como el mismo Fellini dijera: “Realizo cine de la misma forma en que sueño…”. Y ahora sueña por siempre este hombre que alcanza la estatura centenaria el 20 de enero del 2020. Una simetría numérica que el maestro no podría encontrar más que irónica y delectable.

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