José Luis Gómez Serrano
 www.jlgs.com.mx

Givemethe power tousestatistics,
and I will proveanything.

En época de elecciones todo el mundo habla de las estadísticas como si fueran el Oráculo de Delfos, pero se las sacan de la manga como tarjetas de presentación con el inconveniente extra de que esas tarjetas se contradicen entre sí. El ejemplo más importante, entre los recientes, fue el debate: AMLO sacaba su cartulina diciendo que durante su gobierno en el DF había bajado el índice de robos de automóviles, y luego venía otro candidato con su propia cartulina afirmando que habían subido los robos. Creo que hasta la felicidad fue objeto de estadística en ese debate para que nosotros, infelices mortales, podamos saber lo que nos perdemos y podamos preguntarnos qué tan seria es una estadística que produce resultados sobre un tema tan elusivo. Lo mejor fue después del debate: los de MORENA decían que de acuerdo a sus encuestas el Peje ganó el debate, los del PAN que el ganador era Anaya, los del PRI, que Meade, y esto me trae al viejo chiste de un asesor de campaña que quiere contratar a una empresa que hace encuestas. Llega el primero y le pregunta:

“¿Cuál candidato tiene la mayor intención de voto?”
“Es una pregunta difícil, porque habría que tomar una muestra representativa de los votantes, de acuerdo a la norma estadística debería ser el 5%…” y pierde el trabajo.

Llega el segundo, y contesta así a la misma pregunta:

“Los tres candidatos tienen su base firme de votantes. La estadística arrojará resultados diferentes, dependiendo de dónde se levante. Por ejemplo, si la hacemos en Macuspana, seguramente ganará López Obrador; si vamos al Bajío el ganador será Anaya… -duda un momento- y también, si nos situamos en las inmediaciones del edificio del PRI, quizá obtengamos que Meade es el bueno”.

Este encuestador también pierde el trabajo, y finalmente el tercero dice:

“¿Cuál candidato quiere usted que gane?”, respuesta que le vale el contrato.

Las encuestas que son para tirar a la basura son aquellas que no dicen dónde las sacaron, ni el número de encuestados ni cómo fueron seleccionados, ni la metodología. Probablemente habría que empezar por saber quién paga ese trabajo, lo que da cierta indicación del resultado que esperan los patrones.

Todas las que he visto y que declaran números y metodología, dicen que han entrevistado entre 1000 y 3000 sujetos, que independientemente de cómo les pregunten, es un número NO significativo: para que una encuesta pueda considerarse representativa, tiene que tomar una muestra poblacional del 2 al 5% de los votantes (entre 1.9 y 4.5 millones), cosa que absolutamente nadie hace. Insisto: sin declarar números, ni metodología, ni quién paga la encuesta, ese resultado es un recordatorio del proverbio inglés:

Hay tres clases de mentirosos:
mentirosos simples, rebuscados, y expertos en estadísticas.

Hacer una empresa que produzca estadísticas no está al alcance de todo mundo, pero fb, twitter y whatsapp están disponibles para que todos, absolutamente todos, publiquemos nuestra verdad o las mentiras que queramos. Algunos números nos podrán convencer de que esos campos están minados de noticias falsas: durante las elecciones presidenciales de 2016 fueron robados unos 50 millones de perfiles en fb, que se presume se convirtieron en destinatarios de Fake News para apoyar a uno u otro candidato; fb tiene reconocidos 87 millones de identidades falsas, es decir perfiles que toman las fotografías y algunos datos de cierto usuario, y luego los publican bajo otro nombre; Mark Zuckenberg ya testificó ante el Congreso y dijo que fb se va a portar bien, que ya va a tomar algunas medidas para evitar que utilicen el sistema como plataforma para difundir Fake News, lo que se dice que hicieron los rusos para inclinar las elecciones a favor de Trump.

Cuando la Fake News es dicha una sola vez, en realidad es una mentira blanca, porque su efecto es reducido al entorno directo de quien la dice (a menos que sea una persona con un cargo muy importante). Las verdaderas Fake News son las producidas en serie: vamos a difundir la noticia de que los hijos del Peje andan en Ferrari, o que Anaya sí se robó el dinero de la bodega, o que Meade está coludido con Javier Duarte y lo va a dejar en paz si llega a presidente. Para cualquiera de esas noticias el procedimiento es el mismo: se contratan a 1000 personas a quienes se les da esta noticia y se les pide que la redacte cada uno de ellos en sus propios términos; luego, se difunden las 1000 versiones de la misma noticia en fb y en twitter y en whatsapp a través de sistemas automatizados que acceden a estas plataformas, dirigiéndolas a listas de usuarios previamente obtenidas. Llegadas a su destino, algunas personas la van a desechar, otras la leerán con atención, otros también la difundirán entre sus conocidos. Para el común de la gente, una noticia recibida muchas veces es necesariamente cierta, y así se convence a personas poco instruidas, sin educación, que son la mayor parte de la población, de que los hijos del Peje, o la bodega de Anaya, o la colusión de Meade.

Facebook, al contrario que los periódicos y revistas establecidos, no tiene un consejo editorial que revise lo que ahí se dice, porque no lo dice fb sino el usuario. Un periódico a veces se cura en salud diciendo que los artículos son responsabilidad de quien los escribe, pero ya el hecho de estar en ese periódico significa un respaldo implícito del medio al autor; fb no necesita aclarar el punto, porque es sabido por todos que cualquiera puede publicar ahí y decir lo que sea, y que eso no es lo que opina Zuckernberg.

Los políticos hacen de la mentira un oficio, pero la técnica de difundir Fake News por miles para hacerlas llegar a millones de usuarios es un refinamiento del arte de la mentira en el que han roto todos los records anteriores. Trump ha popularizado el término Fake News, con la intención de llamar así a cualquier cosa que digan en contra de él. Como él mismo es una fábrica de Fake News, el término adquiere un sentido ominoso, pero en contra suya. Leí antier de una declaración de Trump que merece un lugar especial en el mundo de la mentira: Trump tenía hoteles y casinos financiados fuertemente por Deutsche Bank, pero llegó la crisis de 2008 y a medio mundo se lo llevó la trampa. Al año siguiente Trump demanda a Deutsche Bank para que le reduzca el monto de sus pagos, amparado en el siguiente razonamiento:

La crisis de 2008 había fastidiado tanto al sector inmobiliario, de una forma tan extendida, que Trump no se consideraba responsable de nada, y que por el contrario debía de presentarse a esa crisis como Act of God (causas naturales, decimos en español).

Un buen político tiene que ser un mentiroso creativo, o en su defecto tener la capacidad de hablar sin decir nada; para este fin, no cuenta el dejar de responder. Esto no va a cambiar, porque el político nos tiene que deslumbrar con promesas durante la campaña y con explicaciones en el mandato, estas últimas para decirnos por qué no salen las cosas como las prometió.

Dado que actualmente ya no es cierto que la palabra impresa tiene que ser verdad, y la palabra en internet todavía menos, desconfíe de la noticia difundida por medios como fb, twitter y Whatsapp, y desconfíe todavía más de los políticos, de cualquiera de ellos.