Luis Muñoz Fernández

El cultivo y moldeado de tejidos humanos “in vitro” mediante la siembra de células en una malla de polímero biodegradable ya es una técnica plenamente consolidada. Las células, a medida que crecen y se dividen, van colonizando el soporte y produciendo un pedazo de tejido de una forma predeterminada. El soporte, erosionado por efecto del metabolismo de las células, se va desintegrando paulatinamente en forma de reactivos químicos inocuos como el dióxido de carbono. Esta técnica ya se ha utilizado para hacer “piel artificial” destinada a injertos, y en un futuro, mediante “andamios” más complejos sembrados de células de diversos tipos de tejidos, podrían llegar a crearse órganos enteros como hígados y corazones. […]

Por otro lado, muchos tipos de células, como las neuronas, son capaces de tejer sus propias microestructuras: las células se comunican entre sí produciendo unas moléculas químicas señalizadoras que guían a sus vecinas de modo que compongan la configuración adecuada.

Philip Ball. Contra natura. Sobre la idea de crear seres humanos, 2012.

 

Este miércoles 26 de abril de 2018 la prestigiosa revista científica inglesa Nature publicó un artículo de opinión titulado La ética de experimentar con tejido cerebral humano (The ethics of experimenting with human brain tissue), en donde se discute el panorama de una de las fronteras más apasionantes de la investigación médico-biológica.

Si el pasado siglo XX fue denominado por algunos “el siglo del gen” –este 25 de abril se cumplieron 65 años de la publicación en Nature del descubrimiento de la estructura del ADN–, este siglo XXI promete ser “el siglo del cerebro”. En efecto, el campo más prometedor de la biología se llama neurociencias.

Los 17 autores del artículo sobre la experimentación con tejido cerebral humanos plantean una pregunta inicial que puede sonar estrafalaria:

Si los investigadors pudiesen crear tejido cerebral en el laboratorio con capacidad para tener cierto grado de conciencia o experimentar algunas sensaciones, ¿merecerían las medidas de protección que normalmente se les dan a los seres humanos o a los animales que son sujetos de experimentación?

 

Aunque parece algo descabellado, en la realidad y a la luz de los más recientes avances científicos, no lo es tanto. En la actualidad se están desarrollando varios modelos experimentales para tratar de entender mejor las funciones cerebrales. Estos modelos son mucho más cercanos al cerebro de un ser humano que los modelos creados a partir de cerebros animales hasta ahora utilizados.

Estos “cerebros sustitutos” se están convirtiendo en modelos indispensables, en especial para intentar ahondar en la comprensión de las enfermedades neurológicas y psiquiátricas que son fuente de tanto sufrimiento para los seres humanos.

Existen tres tipos de “cerebros sustitutos”: los organoides, el tejido cerebral ex vivo y las quimeras.

Los organoides son estructuras tridimensionales hechas de muchas células que pueden semejar varias estructuras u órganos corporales como el ojo, el intestino, el hígado o el riñón. En este caso, se parte de células pluripotentes que son expuestas a ciertos factores químicos (señales de diferenciación) que las obligan a convertirse en estructuras que semejan ciertas regiones del cerebro humano.

Un organoide cerebral mide unos 4 milímetros de diámetro y contiene unos 2 o 3 millones de células. Compárese con los 86 mil millones de neuronas y otro tanto de células gliales (células distintas de las neuronas que también forman parte del tejido nervioso) que pueden encontrarse en un cerebro humano. Incluso se puede lograr que varios organoides cerebrales se conecten entre sí formando “asembloides cerebrales”.

Es cierto que la posibilidad de que los organoides cerebrales y sus combinaciones lleguen a desarrollar algún tipo de conciencia o sensación como el dolor, el placer o la incomodidad, son bastante remotas. Sin embargo, ya se ha demostrado en ciertos organoides cerebrales con células semejantes a las que forman la retina del ojo humano son capaces de responder a los estímulos luminosos. Así que no sabemos en realidad si la posibilidad señalada es tan remota como parece.

¿Qué aspectos despiertan la preocupación sobre la dimensión ética de estas investigaciones?

En primer lugar, debemos considerar la calidad y precisión de los métodos con los que podemos medir la conciencia y las sensaciones en estos “cerebros sustitutos”. ¿Qué es lo que deben medir los investigadores? Si se desarrollan técnicas de medición muy sensibles, ¿cómo decidirán los científicos las cualidades presentes en los organoides que merecen nuestra preocupación moral?

Dado que estos estudios se utilizan también en animales a los que se les trasplantan organoides cerebrales humanos potencialmente capaces de dotar a los receptores con mayores capacidades conductuales, ¿dónde queda la frontera entre lo animal y lo humano?

Dado que existe la posibilidad de cierto grado de conciencia o sensación, ¿se les debe dar un trato y un cuidado especial a los organoides cerebrales?

¿Quién es el dueño de los organoides cerebrales? ¿Lo es el científico que los utiliza como ha ocurrido hasta ahora? ¿Lo es quien donó las células pluripotentes a partir de las que se desarrolló?

Una vez que cumplan con su función dentro de un trabajo de investigación, ¿los organoides cerebrales pueden desecharse o abandonarse como otros modelos experimentales o, dado su carácter especial, requieren de un manejo especial?

Todas estas cuestiones y otras que todavía no surgen demuestran el defase existente entre los avances de la investigación científica y nuestra capacidad de prever los riesgos y consecuencias de esta actividad humana que, por otro lado, es tan importante y necesaria. Un exceso de precaución puede detener el curso de investigaciones fundamentales para lograr la curación o la mejoría de enfermedades como las mentales, de las que todavía sabemos demasiado poco. Por otro lado, una falta de precaución puede traer consecuencias imprevisbles.

Por ello esta parte de la bioética, la ética de la investigación científica, es tan apasionante y controvertida, lo que obliga a un esfuerzo multidisciplinario para ahondar en la reflexión y en el desarrollo de las medidas que ayuden a que la investigación científica sea más segura y, a la vez, que nos proporcione nuevas posibilidades para incrementar significativamente la calidad de vida de aquellos miles o millones de seres humanos que sufren y mueren por estas terribles enfermedades.

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