El aporte de Ridley Scott a la reinvención del Pentateuco.
Tarde o temprano, todo ser consagrado al arte o actividad creativa llega a toparse con un muro que frena su proceso, como si tal obstaculización fuera parte integral de su marcha progenitora, ya sea un escritor que sufre de bloqueo mental, un actor incapaz de conectarse con su personaje o un pintor imposibilitado para representar las imágenes que brotan en su conflictuado imaginario. El afamado cineasta de ascendencia británica Ridley Scott, ya inmortalizado en la cultura moderna por aportes multigenéricos tan significativos como “Los duelistas” (1977), “Alien, el octavo pasajero” (1979) o “Blade Runner” (1982), que si se hubiera retirado de la realización fílmica en ese punto igual su nombre hubiera trascendido en la memoria cinéfila, es uno de los personajes que ya se topó con una de estas zonas muertas creativas, pero la suya resultó por demás evidente, pues ha permanecido en ella por casi veinte años, obsequiándonos cintas de debilitada narrativa durante este periodo como “La tempestad” (1996), “Hannibal” (2001), “Un buen año” (2006), “Red de mentiras” (2008) y sí, “Gladiador” (2000), esta última un espectáculo posmodernizado de los añejos peplums italianos que llenaron las salas en horarios de matiné hace algunas décadas y que ahora pretendía pasar por drama legítimo mediante una elegante puesta en escena, cacofonías varias disfrazadas de diálogos absorbentes y personajes de serie B interpretados por actores clase A. Este ejemplo en particular resulta muy relevante ante el estreno de la más reciente cinta de Scott, “Éxodo: dioses y reyes”, pues padece de las mismas fallas y tics narrativos que la epopeya romana, manifestando el interés del director por permanecer en lo que parece una zona de confort para él, pero bastante incómoda para quienes sabemos de lo que este intenso cineasta es capaz.
“Éxodo…” nos muestra en pantalla mediante una increíble atención al detalle y una portentosa paleta cromática, la vida de Moisés (Christian Bale) y su relación amor-odio con el faraón Ramsés (Joel Edgerton). Alejándose de los eventos descritos en otras versiones cinematográficas (en particular “Los diez mandamientos”, la referencia más obligada al respecto) e incluso de la fuente escrita, la cinta pretende abordar los acontecimientos desde una perspectiva eminentemente humana, donde el protagonista se muestra constantemente conflictuado ante el debate existencial que representa la servidumbre a un dios colérico que le comisiona liberar a todo el pueblo de Israel del yugo egipcio -aun cuando sospechosamente el personaje tiende a mostrar más afecto a su nación adoptiva que a la de su sangre- y los lazos afectivos hacia Ramsés. La antropocencia aquí es tal, que incluso los diálogos y su enunciación se perciben prácticamente actuales. Mientras que las delicias plásticas se lucen en pantalla, la sosa narrativa nos orilla a preguntarnos el propósito de un ejercicio estilístico de esta clase, que no sea el maquillar un guión impenetrable en cuanto a exploración psicológica y motivacional de sus protagonistas. Scott parece más enfocado en generar un lucimiento como orquestador visual o cómo asesinar un caballo a cuadro de forma impactante, que ahondar en su historia, la cual era un pretexto único para analizar o explorar los aspectos teocéntricos que tanto le gusta horadar en otros de sus filmes. Por otro lado, el reparto hace lo que puede ante una dilución tan marcada de sus personajes. Christian Bale se aplica, pero no brilla; Edgerton grita en demasía, pero no amedrenta lo suficiente, y actores notables en papeles de apoyo como Sir Ben Kingsley, Sigourney Weaver o John Turturro simplemente no tienen mucho que hacer con partes tan acartonadas y arquetípicas. El espectáculo es el que domina, y así como en la Biblia, los aspectos épicos de la historia como las plagas, la huída y la división del Mar Muerto son puntos álgidos en la cinta, pero simples adornos decorativos sin fuerza argumental o potencia dramática. Parece que Scott seguirá con esta ruta mediocre, donde los números en taquilla le son más relevantes que el contenido del filme en cuestión y el resultado será éste, un filme tan aburrido como un sermón dominical en el templo de San Antonio.
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