Jesús Eduardo Martín Jáuregui

“El gobierno de México no otorga reconocimiento porque considera que esta práctica es denigrante, ya que a más de herir la soberanía de las otras naciones, coloca a éstas en el caso de que sus asuntos interiores pueden ser calificados en cualquier sentido por otros gobiernos, quienes, de hecho, asumen una actitud de crítica al decidir favorable o desfavorablemente sobre la capacidad legal de regímenes extranjeros. El gobierno mexicano sólo se limita a mantener o retirar, cuando lo crea procedente, a sus agentes diplomáticos, sin calificar precipitadamente, ni a posteriori, el derecho de las naciones para aceptar, mantener o sustituir a sus gobiernos o autoridades.” Genaro Estrada.

 

La llamada Doctrina Estrada fue postulada por el entonces secretario de Relaciones Exteriores Genaro Estrada, a mediados del siglo XX, cuando los movimientos convulsivos de los países sudamericanos hacían que un año sí y otro también, se presentaran cambios en lo que algunos pomposamente llaman la geopolítica. La Doctrina libraba del compromiso, muchas veces incómodo de reconocer o desconocer gobiernos, que se sucedían con tal rapidez que no era posible tan siquiera determinar sus características cuando ya habían cambiado.

La neutralidad de la Doctrina daba a nuestro país un cierto aire de autoridad y recordaba en competencia con Costa Rica, ser la Suiza de América, algo así como Aguascalientes que compite con San Miguel de Allende en ser “el corazón de México”. Funcionó bastante bien porque no comprometía y aunque en la práctica el hecho de mantener o retirar una representación diplomática tiene desde luego la carga del reconocimiento o no del gobierno, no implicaba hacer una declaración expresa.

Eso nos permitió dar asilo a personajes del jet set, nefastos para su patria, como Mohammad Reza Pahlaví​​​, Sha de Irán y a su esposa Farah Diva, o a personajes siniestros como la esposa de Papá Doc, Francoise Duvalier, dictador de la sufrida Haití. Dejando en capítulo especial la pléyade del exilio español que dio un ímpetu extraordinario al desarrollo cultural y científico de nuestro país.

Todo iba muy bien hasta el presidente Luis Echeverría Álvarez, a quién el historiador José Fuentes Mares en su libro Nueva Guía de Descarriados calificó como: “político activísimo, locuaz, mesiánico y tarado”. Si Ud. amable y despistado lector encuentra alguna semejanza en esa descripción con algún político actual la comparación será de su exclusiva responsabilidad. Pues bien, Echeverría se apartó de la Doctrina Estrada con un exabrupto a raíz de la ejecución en España de un puñado de terroristas que fueron ejecutados (sí, ejecutados en virtud de una orden judicial, no como aquí que llaman ejecuciones a viles asesinatos), terroristas pertenecientes a la banda conocida como ETA.. También el propio Echeverría se pasó por alto o por debajo, lo que a Ud. amable y desprevenido lector le resulte más ilustrativo, la Doctrina luego del golpe de estado en Chile que instauró la dictadura militar.

La Doctrina Estrada pasó a convertirse en una reliquia más, como la bandera del primer batallón ligero, o el apócrifo pectoral del Cura Hidalgo (al quien por cierto Miguel Allende se dirigía con el epíteto de “cura cabrón”, sepa la historia por qué). A veces, salía la Doctrina del baúl de los recuerdos para justificar una posición timorata o para desoír presiones internacionales con pueblos o gobiernos de nuestra simpatía. Vicente Fox trapeó con ella la “Chachalaca” (Si Ud. amable y despistado lector encuentra alguna semejanza en esa descripción con algún político actual la comparación será de su exclusiva responsabilidad), desconoció, maltrató, coqueteó, simpatizo con quien le vino en gana y su política internacional fue tan heterodoxa como su puntada de usar botas de charol complementando un smoking.

El Presidente Andrés Manuel López Obrador estos últimos quince meses está que no da una, quizás sean años pero apenas en los más recientes meses ha sido objeto de mi especial atención, la última metida de pata ha sido la puesta en escena de la tragicomedia “El idilio-asilo de Evo o cuando las barbas de tu vecino…”. No digo ni quisiera decir, no se me malinterprete, que se ha hecho mal en conceder asilo a una persona que posiblemente corría riesgos graves de haber permanecido en su país, pero, por citar a uno de los gurúes de la política mexicana, Jesús Reyes Heroles, a menudo las formas son fondo.

Una política de no intervención, digo, porque así lo pregonó el personero del Presidente, el secretario Ebrard, quien por cierto sabe de exilios, recordemos que él se autoexilió para evitar juicios de responsabilidad (léase línea 12 del Metro, entre otras) hasta que prescribieran las acciones y fuera rescatado por López Obrador, una política de no intervención no pasa por calificar de “golpe de estado” un cambio más o menos popular, no pasa por denostar la actuación de otras instituciones de un país hermanos, no pasa por enviar un avión de la Fuerza Áerea Mexicana para “rescatar” a un ciudadano (Evo Morales renunció a la presidencia), generando conflictos de diversa índole, técnicos, diplomáticos, de seguridad de vuelo, de utilización de la aeronave fuera del país sin autorización del Congreso. La diplomacia mexicana, por llamarle de alguna forma, evidenció que es antidiplomática y solo se explica la premura si se tratara de cumplir una recomendación del país vecino y su presidente Trump, a quien AMLO rinde cuentas a cada momento. N.B. Éste párrafo no se me ocurrió solito, a estas alturas ya no estoy para tantas ocurrencias, fue consensuado con compañeros maestros de la UAA de quienes me reservo sus nombres para no quemarlos.

Hay quienes opinan, siempre en detrimento del Presidente, que aprovechó el “Evazo” o la evasión de Evo, para tender con ella una cortina de humo sobre los recientes acontecimientos y sus desaciertos concomitantes, que desde Culiacán se han convertido en una cadena de actuaciones nefastas del Presidente y su séquito. Una cortina de humo más. Ya son tantas que estamos viviendo la neblina más oscura, la actualidad más violenta y sanguinaria, la división y el enfrentamiento de la población y el porvenir más incierto del que este escribidor tenga memoria. Ha de ser cosa de los años. No me hagan caso…o quizás sí.

Esta vez se trataba de que sólo AMLO reverbereara y reverbereó.

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