Carlos Reyes Sahagún
 Cronista del Municipio de Aguascalientes

El lunes pasado falleció la señora Eugenia Esther Romo Reyes, de quien mi amigo Andrés Reyes Rodríguez escribió que fue una persona “siempre apasionada por enaltecer la trayectoria y los méritos de Refugio Reyes, su abuelo. Ahora, con una nueva luz deja este mundo. Cultivó con esmero la amistad y la cortesía. Nos heredó lo que significa el valor de la persistencia”.
En efecto, la señora Esther dedicó parte de su vida a la difusión de la obra que su abuelo, el arquitecto sin título Refugio Reyes Rivas, le legara a Aguascalientes, un conjunto de edificaciones que indudablemente embellecen el paisaje urbano de la ciudad, además de algunas joyas en el campo, particularmente en haciendas.
La señora Esther fue hija de Evangelina Reyes Romo, que a su vez lo fue de Refugio Reyes y de su esposa Felipa Romo. Invariablemente fue conocida como la nieta de Refugio Reyes, como si fuera la única, aunque tengo entendido que hubo otros, y en todo caso fue ella quien destacó en esta tarea de, como dice Andrés Reyes, enaltecer la obra de su ancestro.
Me acuerdo que la conocí por intermediación de mi amigo Jorge Campos Espino en una fecha que, dijo Perogrullo, se aleja cada vez más de este momento, y en todo caso más bien lo que quise decir fue que aquel encuentro se adentró en ese terreno como de arenas movedizas que es el recuerdo difuso; esa bruma de olvido, a veces benéfica y a veces perversa, que el tiempo deja caer sobre todas las cosas y personas, como lluvia y viento que desgastan una frágil cantera.
En esa ocasión nos apersonamos en la casa de la señora Jorge Campos, Consuelo Ornelas y este servidor de la palabra, el 27 de mayo de 2004 (no crea que tengo tan buena memoria; lo que ocurre es que estas cámaras fotográficas modernas tienen la buena costumbre de hacer constar la fecha en que se toma una fotografía, y yo tomé varias ese día).
La visitamos en su casa, que era la misma que Refugio Reyes había edificado para habitar junto con su familia cuando decidió establecerse en Aguascalientes, precisamente cuando construía el templo de San Antonio. La casa, convertida en un Centro Cultural a cargo del IMAC, se encuentra en la acera sur de la calle Juan de Montoro, entre Josefa Ortiz de Domínguez y Cosío.
La mente y el corazón de esta gran señora estaban llenos de historias; de imágenes en las que el abuelo ocupaba el lugar central, cosas que le contaron y cosas que vivió en el ámbito familiar.
Cosas como por ejemplo, aquella según la cual fue en el transcurso de una visita que Reyes hizo al santuario de la Virgen de San Juan, cuando decidió dedicarse a la construcción. Entonces el hombre tenía 12 años, y luego de pagar la manda él y quienes lo acompañaban salieron del templo y se sentaron en la plaza. A la vista del espacio sacro Reyes le pidió a la Virgen la gracia de construir iglesias tan bellas como esa. Cuando el sueño se hizo realidad, asumió que la Mariquita de San Juan le había hecho el milagro…
Otra, llena de gracia, se relaciona con la costumbre familiar de asistir todos los días a catedral, al rezo del rosario, que entonces era larguísimo. Refugio sonsacaba a su nieta diciéndole que una vez que estuvieran adentro, dijera que necesitaba ir al baño. Cuando esto ocurría, doña Felipa enviaba a su marido a que acompañara a la niña al baño de la Nevería Los Alpes, que se encontraba en la Plaza de la República, a un costado de catedral y al lado del Teatro Morelos. En lugar de eso, ambos se iban a tomar un helado y a oír la música que interpretaba la Banda Municipal en la plaza. Permanecían ahí el tiempo suficiente para evitar que su acto se volviera sospechoso, y regresaban al templo, a la conclusión del rezo.
También nos mostró en aquella visita, la biblioteca del arquitecto, que era de lo más sencilla, una serie de volúmenes ilustrados, adquiridos en Europa o en México por quienes fueron sus patrones, entre ellos principalmente el primer obispo de Aguascalientes, el franciscano José María de Jesús Portugal y Serratos, que había traído de Barcelona una imagen de la Inmaculada Concepción, y que le ordenó para ella la construcción del templo de La Purísima, en el naciente barrio de La Estación.
Por cierto que la señora Esther nos platicó que Reyes dibujaba en un escritorio común y corriente, y usaba para ello papel de lino, que entonces se utilizaba mucho, y que su esposa lavaba luego y cortaba para convertirlo en pañuelos, por lo que muchos de estos trabajos se perdieron. Inicialmente dibujaba con lápiz, y luego, con tinta china, seguramente en una hoja de lino tratado, que impedía que la tinta se corriera.
Por cierto, quizá sea hora de preguntarse qué ocurrirá con el legado de Reyes que doña Esther atesoró. Aparte de esta biblioteca a que me refiero, recuerdo haber visto algunos planos, realizados en tela de algodón, una detallada reproducción del templo de San Antonio, fruto de un descanso obligatorio por convalecencia de una enfermedad, etc.
El lugar lógico; obligado, de estos y otros objetos, tendría que ser un museo, empresa que se intentó, pero por razones que ignoro no llegó a feliz término. Ojalá y la desaparición física de la señora Esther sirviera de amable impulso para, finalmente, alcanzar esta meta. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a [email protected]).

¡Participa con tu opinión!