Luis Muñoz Fernández

Junto a esa preparación científica y el dominio técnico de su disciplina, junto a esa cultura de que acabo de hablar, está la formación moral, la del hombre recto, del hombre probo, del que sabe distinguir y valorar lo que es bueno, lo que es justo, lo que es deseable para él y para los demás.[…] Que nadie quiera salir de la Universidad creyéndose formado, si sólo sabe de su ciencia y de su ténica e ignora los problemas del mundo, particularmente de su país; si no sabe las necesidades de su pueblo, ni conoce sus deberes como ciudadano, como miembro de su comunidad. No; que sea un hombre de carne y hueso capaz de sentir las angustias de su pueblo, las necesidades de su tiempo y el peso de las obligaciones que a él le toca cumplir. […] La cultura debe servirle como una caja de resonancia de las ideas más nobles, de las causas más justas, y para ello debe él mismo educarse para ser un hombre justo, un hombre que sea capaz, él solo, en un momento dado, de sentirse la conciencia viva del medio en que trabaja y gritar noblemente su verdad, lo que es justo, lo que es de la Universidad y que sabe distinguir y valorar lo que es bueno, lo que es justo.

 Ignacio Chávez Sánchez. La actitud de los estudiantes universitarios frente al país, 10 de julio de 1962.

 

En la primera parte de esta reseña del Documento sobre ética e integridad en la docencia universitaria, publicado recientemente por el Observatorio de Bioética y Derecho de la Universidad de Barcelona, nos referimos primordialmente a la amenaza potencial y real que sufre la esencia universitaria en el contexto de una sociedad en crisis y que se resume con esta frase: “El criterio que se ha impuesto en los últimos años, en el contexto de la crisis, es que el estudiante es un cliente al que hay que rentabilizar económicamente”.

Ante este panorama es muy difícil hablar de ética e integridad de la docencia universitaria:

Este modelo es perverso porque equipara el éxito académico con niveles de productividad y rentabilidad económica, distorsionando de este modo la misión de servicio social del docente y de las instituciones de educación superior para convertirse en una actividad empresarial más, que como tal debe ser necesariamente rentable en términos económico-financieros. Esta tiranía de los rankings de las instituciones y de los índices de producción científica de los docentes genera frecuentemente transgresiones de la integridad en la búsqueda desenfrenada del encumbramiento a toda costa.

Por eso, nos dice el Documento, “es importante restablecer el valor de la cooperación en detrimento de la competencia, la búsqueda de sinergias y su efecto multiplicador en detrimento de la confrontación y de su efecto divisor, asumiendo la responsabilidad social que compete a las instituciones de educación superior y a sus docentes: formar ciudadanos, además de profesionales”.

¿Cuáles son las funciones de la enseñanza superior?, se pregunta el Documento. “Así, en la actualidad, el docente universitario es investigador –progresando en la carrera académica a partir del conocimiento que produce–, procura fondos y es gestor financiero –financiando su investigación, gestionando la contabilidad y contribuyendo a pagar la docencia–, es gestor administrativo –organizando todos los niveles de la vida académica–, es profesor –actualizándose permanentemente científica y pedagógicamente e invirtiendo a menudo en su formación–, y es divulgador cultural y científico –desarrollando una acción de extensión universitaria en su conexión con la sociedad–. Esta multiplicidad de funciones es generadora de conflictos de intereses y distrae al docente de su función más paradigmática: contribuir al desarrollo global del estudiante (las negritas son mías).

Respecto al ethos (las buenas conductas) de la educación universitaria, el Documento señala que no puede desligarse de su telos (su finalidad o razón de ser): “La formación universitaria no consiste únicamente en obtener un título académico y debe aspirar a algo más que adecuarse a la realidad profesional, económica y social del momento. Algo no ha funcionado como debiera cuando, año tras año, un buen número de estudiantes de cualquier titulación no ha vivido la universidad, sino que ha transitado por ella como si de una carrera de obstáculos se tratase. Por este motivo, la formación universitaria debe concebirse como un acontecimiento ético, puesto que es formación profesional y a la vez de la persona, y también como un reto ético, en la medida en que todo proyecto educativo corresponde a una opción axiológica” (a unos valores concretos). Por otro lado, la universidad debe dar cuentas de lo que hace a la sociedad, a las instituciones socioprofesionales y a los propios estudiantes.

Un concepto particularmente interesante del Documento es el ”imperativo de la integridad en la docencia universitaria”, pues si bien incluye los requisitos propios de la investigación científica –honestidad, independencia e imparcialidad–, abarca otros distintos y más específicos: “En efecto, la integridad se constituye como imperativo en el ámbito de la docencia universitaria, en todas las dimensiones en las que esta se extiende: en la relación con los estudiantes, se exige respeto por su dignidad, reconocimiento de la singularidad de cada uno en la adecuación de la enseñanza a las respectivas especificidades, y objetividad y rigor, justicia y responsabilidad en la evaluación a realizar; en la relación con los colegas, y también con los demás funcionarios de la comunidad académica, se requiere colaboración y reconocimiento de las competencias específicas; en la relación con la institución, se exige compromiso y fidelidad a su misión general y a sus orientaciones particulares; en la relación con la sociedad se exige responsabilidad social”.

Eje fundamental de la actividad universitaria es la relación de los profesores con los alumnos y viceversa. “El estudiante debe ser respetado como una persona que acude a la universidad para formarse como experto profesional y para seguir educándose en su calidad de persona y ciudadano”. El compromiso del profesorado con los estudiantes es de naturaleza ética, por lo que debe incluir un interés por sus valores y sentimientos. Y, por supuesto, este compromiso implica una actuación ejemplar de parte del profesorado, tanto dentro como fuera de las aulas, máxime en esta época de exceso de visibilidad a través de las redes sociales. Igual existe un compromiso ético de los estudiantes que se debe manifestar por el respeto hacia sus compañeros y hacia los profesores. Y el respeto por el trabajo propio y ajeno: repudio al plagio (“copiar y pegar”, que hoy, lamentablemente, es una práctica generalizada) y a copiar en los exámenes.

Otro requisito de la integridad tiene que ver con el contenido de los planes deben ser tratados con delicadeza y finura ética: “No debe olvidarse que la tarima del aula universitaria no es un púlpito o un estrado desde el cual defender una única manera de ver la realidad, pues la universidad es un lugar de diálogo razonado, de presentación de diferentes opciones morales que todas deben poder defenderse y argumentarse. Ello no significa convertir el aula en una suerte de escaparate de imaginarios sociales; la universidad también es una apuesta para las mejores maneras posibles de pensar y vivir. La integridad del profesorado universitario en relación con los contenidos académicos también se demuestra poniéndose del lado de aquellas maneras de pensar que sean integradoras, que defiendan y enarbolen los mínimos éticos de convivencia y respeto”.

La libertad de cátedra, inspirada en principios democráticos y parte del núcleo duro de la integridad científica, está sufriendo reiterados ataques: La crítica siempre es bienvenida, pero debe tener bases racionales. Eso no es lo que observamos en las críticas que algunas religiones enderezan en contra de la evolución humana, suficientemente comprobada, ni lo referente al llamado “pensamiento alternativo” y su causa de pseudociencia y pseudoterapias. Por fortuna, son cada vez más las universidades que retiran de su oferta educativa este tipo de “disciplinas”.

Dedicaremos la tercera parte de este escrito a los últimos aspectos de la ética e integridad en la docencia universitaria y a resumir las recomendaciones finales del Documento.

https://elpatologoinquieto.wordpress.com