Por J. Jesús López García

En la actualidad pareciera ser que vivimos siempre pendientes de cuestiones meramente utilitarias. Si algo no reditúa en alguna ganancia económica o práctica, tendemos a desvirtuar la valía de ese «algo», sin embargo al transcurrir de los tiempos, eso intangible y en apariencia de escaso beneficio, resulta ser una de las principales razones para calificarle de entrañable, digno de memoria o de una valía más allá de su pertinencia económica o de su utilidad práctica, basta recordar el quiosco de la plaza donde los niños escuchaban la banda municipal, el zaguán donde antes se vendían dulces, el rincón de una atrio que servía de patio de juegos, la banca de un jardín donde alguna vez estuvimos con un ser querido.

En función de una utilidad práctica se realizan un sinfín de obras y en varias de ellas las funciones subsidiarias muchas veces no programadas, los habitantes toman posesión de maneras diversas y libres. El fomento del recuerdo propone muchos de estos espacios; el memorial de algún episodio histórico internacional, nacional o local, el busto o la efigie de próceres y personajes importantes para la comunidad, eso y más establece un discurso o un diálogo entre la ciudad, sus habitantes y sus espacios.

Los ámbitos públicos, debido a eso precisamente que son públicos, tienen más posibilidades de «decir» muchas cosas a un buen número de personas, y es en ellos donde la diversidad encuentra un lugar común, un sitio donde puede propiciarse el encuentro de sectores de la población -con todas sus percepciones casi siempre divergentes- que fuera de él o de ellos, difícilmente se congregarían.

Los espacios pertenecientes a toda la comunidad deben no sólo estar presentes sino acondicionarse para que esos encuentros sean ricos y vastos en posibilidades de experiencia, y adelantarse a factores de toda clase, tales como climáticos, sociales, lúdicos, para que esa práctica se viva de manera pacífica y establezca un círculo virtuoso donde la diversidad se presente como un factor de aceptación y tolerancia, y no como uno de choque que agudice las diferencias.

En ese acondicionamiento lo primero es delimitar espacialmente el sitio, no debe confundirse con esa limitación el cercar o encerrar el espacio, por el contrario, el acotamiento se refiere a trazar en el lugar una forma definida del ambiente público, sea con alineamientos de árboles, diseño de pisos, colocación de desniveles, espejos de agua, disposición de mobiliario urbano, desplante de elementos arquitectónicos, entre otros, que fijen en la memoria una imagen fuerte y reconocible que permita la fácil referencia, y de ella la evocación común.

Hay ocasiones en donde basta un solo elemento tal como la columna de la Exedra que se estableció en la Plaza de la Patria en el centro de nuestra ciudad; en ocasiones es suficiente un trazo poderoso y simple a modo del cuadrilátero que da forma a la gran explanada del Zócalo capitalino -llamado así por metonimia al ubicarse en su centro el zócalo o basamento de la escultura que hoy conocemos como «El Caballito». En otras ocasiones las referencias son más complejas como la plaza dedicada al Memorial del Holocausto diseñada por Peter Eisenmann (1932- ) en Berlín donde en una retícula se disponen bloques de concreto que parecen ondularse hasta formar un angustiante laberinto ortogonal que da la sensación de un paulatino enclaustramiento. Como se observa, los espacios públicos sirven para marcar el paso del tiempo de un grupo humano en su hábitat, sea un paso alegre o uno sombrío.

En el caso aguascalentense los atrios y las plazas, sin pavimentar, eran los espacios públicos novohispanos a los que en el siglo XIX se añadieron jardines y paseos que a la fecha se han complementado con parques, plazoletas de acceso a edificios administrativos o culturales. Poco a poco espacios remanentes de algún trazo vial van transformándose en sitios de convivencia.

Es común que sobre ductos de recolección pluvial o de traslado de gas o hidrocarburos, bajo líneas de alta tensión, en restricciones a las márgenes de ríos y arroyos, los espacios comunes van reclamando lo que el público ya había exigido con anterioridad. Si las intervenciones son buenas o no, el tiempo y la población lo dirá, por lo pronto vemos como estructuras tales como las que se presentan en el Canal Interceptor entre Boulevard a Zacatecas y Avenida Heroe de Nacozari, van pautando la infraestructura deportiva del lugar y se establecen como un punto de reunión vecinal, supliendo de alguna manera las piedras o sillas que se disponían anteriormente para tomar el fresco fuera de casa en los veranos aguascalentenses.

Los sitios obviamente son mayores pues la configuración de los asentamientos humanos actuales es más compleja que la configuración barrial tradicional, sin embargo de alguna manera se trata de integrar en un mismo lugar las diferentes interacciones sociales contemporáneas, basta recorrer el tramo comprendido entre Avenida Universidad y Avenida Aguascalientes, en donde en últimas fechas se han levantado instalaciones en donde la gente hace ejercicio o se distrae.