Por Juan Pablo Martínez Zúñiga

Por años, los debates sobre la existencia de vida extraterrestre han tenido un solo propósito: darle forma a un subgénero cinematográfico donde la presencia de vida alienígena se manifiesta antagónicamente en forma de invasiones masivas empleando su avanzada tecnología con el fin unidireccional de obliterarnos para ocupar nuestro planeta. Pero, ¿qué tal si este arribo se ejecuta de forma más mesurada, casi silenciosa? Es aquí cuando entran los filmes que especulan sobre la llegada de seres espaciales cuya estrategia es la mimetización o integración a este nuevo medio ambiente, ya sea con fines benignos y/o astropológicos (no es errata, me refiero al estudio sociológico e histórico de nuestra raza observada desde la perspectiva de otra a nivel interplanetario) o simplemente a modo de infiltración como estrategia para una subsecuente dominación sistemática e interna. Cualquiera que sea el caso, ambas sacian las fantasías paranoides de muchos que aseguran esto podría suceder si no es que ya ocurre, como aseveró hace 6 años el Ministro de Defensa canadiense, Paul Hellyer, quien declaraba conocer puestos, rangos y especies ya posicionadas en nuestra comunidad. Sueños febriles aparte, es un hecho que varias de las cintas que manejan esta premisa merecen una revisión aunque sea por su aporte narrativo al género de ciencia ficción, en el apartado de entelequias colectivas pues, como enunciaba con cierto grado ominoso don Pedro Ferriz Santa Cruz “un mundo nos vigila…”, y muchos aún lo creen.
“LA INVASIÓN DE LOS USURPADORES DE CUERPOS” (1956) – La monomanía cultural durante la década de los 50’s dictaba que, una vez ganada la Segunda Guerra Mundial, los Estados Unidos tenían enemigos deseosos de arrebatarles su estilo de vida hasta debajo de las piedras. Y uno de esos adversarios era la doctrina comunista, por lo que el Senador McCarthy emprendió su infame “caza de brujas” nacionalista y uno de los efectos colaterales fue esta pieza de paranoia pura, magníficamente ejecutada por el director Don Siegel, donde los habitantes de un típico pueblito gringo comienzan a mostrar apatía e indiferencia crónicas, lo que lleva al doctor del lugar (un excelente Kevin McCarthy, sin parentesco con el político obseso) a descubrir que los lugareños son suplantados por entidades vegetales extraterrestres sin emociones. El final es antológico, con el protagonista rompiendo la cuarta pared advirtiéndonos que la amenaza ha llegado. La metáfora sociopolítica era clara, un aspecto replicado a modo de eco cultural en los subsecuentes remakes de 1978 -la guerra de Vietnam-, de 1993 -la Guerra del Golfo- y del 2007 – la Norteamérica post-9/11-. Exceptuando la última, una verdadera calamidad estelarizada por Nicole Kidman y Daniel Craig, todas poseen diversos elementos que las trascienden de las acostumbradas cintas sobre invasiones alienígenas.
“BAJO LA PIEL” (2013) – La rendición como especie ante la inexorable seducción de una extraterrestre con la cara y cuerpo de Scarlett Johansson. Esta premisa sobre una conquista sideral a fuerza de la erotización es lo que separa a este filme dirigido con mesura y cierta potencia plástica por Jonathan Glazer de otros con temas similares como “Especies”, pues aquí el empleo de la carnalidad como carnada para aliens adquiere cualidades sutilmente líricas gracias a la utilización de la vida intergaláctica como símbolo de nuestro propio extravío como entidades conscientes. Una pequeña joya de estilo y horror.
“EL HOMBRE QUE CAYÓ A LA TIERRA” (1976) – Sólo David Bowie, el hombre que proyectaba una imagen literalmente alienígena sobre el escenario mediante su personalidad de Ziggy Stardust, podía interpretar con convicción y fuertes matices etéreos a un extraterrestre habitando nuestro planeta. El ser en cuestión se hace llamar Thomas Jerome Newton, un empresario multimillonario empeñado en salvar su mundo moribundo hasta que la codicia humana le complica su misión. La irónica humanidad que le inyecta el director Nicolas Roeg a su protagonista sólo amarga aún más este relato dramático sobre nuestra perdición como especie, a causa de nuestra autodestructiva naturaleza, vista desde los ojos amarillos de este atractivo y enigmático cantante que nos mostró con esta película que su talento era de otro mundo.
“HOMBRES DE NEGRO” (1997) – Una vez superada la presencia de ese hígado afroamericano que es Will Smith, la película revela un espíritu lúdico que maneja su tema con cierta sorna e inteligencia: ¿Realmente hay extraterrestres viviendo entre nosotros? La respuesta se oculta en un dispositivo que produce amnesia, propiedad de los Hombres de Negro, agentes encargados de mantener la paz intergaláctica a la vez que rastrean y procuran justicia a los alienígenas residentes en nuestro mundo. Alegorías migratorias aparte, la película vale por un guion diestro y ágil, una dirección ídem de Barry Sonnefeld y Tommy Lee Jones, quien aquí prueba que su tiesa jeta tiene bis cómica.
“SUPERMAN” (1978) – El genuino icono del concepto “extraterrestres entre nosotros”. Clark Kent / Kal-El (Christopher Reeve), último sobreviviente de un planeta condenado, es la quintaesencia del modelo de alienígena tratando de encajar en un planeta ajeno al suyo: Una teoría al respecto bastante geek es enunciada por David Carradine en la película “Kill Bill, La Venganza. Vol. 2”, pero termina siendo válida ante la representación que el personaje da sobre lo que él entiende como vida terrestre, la cual a su vez se transfigura al extremo opuesto del espectro moral cuando porta la capa y los calzones rojos. Y esta paradoja representa mejor el núcleo existencial del personaje como ser y como tema: él busca ser un humano, mientras que los demás queremos ser un alien como él.
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