Luis Muñoz Fernández

Hemos sido testigos durante las últimas administraciones, y particularmente durante la actual, de la construcción de varios pasos a desnivel que han convertido algunas calles y avenidas en circuitos donde los vehículos automotores se desplazan a gran velocidad sin apenas detenerse en un semáforo. Como en otras ciudades de México y del mundo, hemos colocado a la velocidad en la categoría de una deidad que es sinónimo de progreso y modernidad, cuyo deseo vehemente de más y más aceleración nunca está suficientemente satisfecho.

Fieles al dicho “el tiempo es oro” y asumiendo que el dinero es el dios supremo al que le hemos instalado un altar en nuestro propio hogar, le damos al automóvil, perfecta encarnación de la velocidad, un lugar preeminente en nuestras vidas y un sometimiento servil que nadie osa cuestionar, muy por encima de las personas que caminan, de los viandantes.

Desde luego que el ahorro de tiempo puede ser un bien. Lo cuestionable es si se trata de un bien absoluto, tal como hoy lo concebimos. Un desiderátum que debemos perseguir atropellando (nunca mejor dicho) cualquier otro tipo de aspiraciones y beneficios. Creo que vale la pena reflexionar sobre ello.

Todo lo anterior conspira contra la posibilidad de una reflexión íntima, de conversación y encuentro con el otro, de desplazamiento reposado con nuestros propios medios de locomoción que es, según varios sabios, una magnífica oportunidad para pensar y obtener inspiración mientras nos deleitamos con la contemplación del paisaje circundante. En pocas palabras, conspira contra nuestra libertad de pensamiento que es un bien supremo.

Rebeca Solnit, en su “Wanderlust. Una historia del caminar”, nos dice: “Caminar en sí mismo es el acto voluntario más parecido a los ritmos involuntarios del cuerpo, a la respiración y al latido del corazón. Caminar supone un sutil equilibrio entre trabajo y ocio, entre ser y hacer. Se trata de una actividad corporal que no produce nada más que pensamientos, experiencias, llegadas”.

No es que en Aguascalientes no se pueda caminar pues, aunque reducidos cada vez más a guetos para nostálgicos, hay todavía lugares para ello. Lo que preocupa es la importancia que se le da a la velocidad en detrimento de las necesidades de los peatones. Y constatar la ignorancia y la indiferencia –en el mejor de los casos– de quienes deberían ocuparse de ello.

Comentarios a: cartujo81@gmail.com