Por J. Jesús López García 

Las transformaciones en los espacios destinados a la educación y enseñanza de los más jóvenes han constituido una gran muestra de lo que entraña una experiencia comunitaria de formar a sus miembros desde edades tempranas, sin embargo es pertinente mencionar que los ambientes no eran de un uso tan extendido como en nuestros días, si bien los antecedentes directos remotos tal vez sean los conjuntos monacales y las universidades de la época medieval que estaban destinadas a los adultos jóvenes más que a niños.

Aquellos recintos de los monasterios, silenciosos y recogidos, eran por cierto diferentes a los provistos por las universidades de su tiempo, lugares bulliciosos y dinámicos instalados al interior de las ciudades libres y no en la campiña. Hasta nuestros días se llama «Barrio Latino» a la zona parisina donde se asentaba la universidad pues era el latín la lengua de la instrucción, un suburbio lleno de tabernas y otros sitios apartados de la vida monástica donde también se enseñaba a los muchachos.

Pero fue hasta tiempos más recientes cuando niñez y adolescencia empiezan a ser consideradas etapas de crecimiento con sus propias experiencias singulares, y no una especie de adulto de mayores dimensiones físicas y experiencia corta. Con esa conceptualización, los espacios de la educación también fueron replanteados de acuerdo a los también cambiantes métodos y aproximaciones pedagógicos.

En el siglo XVIII Francisco Rivero y Gutiérrez (1703-1776) auspició con su caudal la construcción y mantenimiento de la primera escuela pública de Aguascalientes: la Escuela Pía o Escuela de Cristo, atendida por padres llamados por tal efecto «escolapio», perteneciente a una congregación de religiosos-educadores. La escuela en cuestión no distinguía edades, y por tal motivo los niños y jóvenes recibían educación en grupos mezclados reunidos en la nave única que constituía el liceo. Ya en el México independiente, con la escuela tomada en la segunda mitad del siglo XIX bajo la tutela de un estado laico, y más tarde con la incorporación al ideario nacional del Positivismo y su credo del progreso y el orden, los grupos de estudiantes comenzaron a ser clasificados de acuerdo a edades para ser tratados de maneras diferentes y acordes al nivel cognitivo y de madurez de los mismos.

Conforme a esa organización de los estudiantes cobró mayor formalidad, las escuelas dieron inicio a un desarrollo y ordenamientos similares, reflejo espacial de la misma distribución del estudiantado. Para los años cuarenta del siglo XX, particularmente en  1944, el entonces presidente de la República Mexicana: Manuel Ávila Camacho (1897-1955) formó el Comité Administrador del Programa Federal de Construcción de Escuelas (CAPFCE), dirigido por algún tiempo, por el arquitecto suizo exiliado en nuestro país Hannes Meyer (1889-1954) -penúltimo director de la Bauhaus-, cuyo programa de construcciones se allegó de normas técnicas muy precisas y algunos modelos afines de otras partes del mundo como el modelo de Illinois utilizado en nuestra ciudad por el arquitecto Roberto Álvarez Espinosa que dotaba a los planteles de una disposición en crujías articuladas por vestíbulos, servicios generales y jardines, con amplias áreas dedicadas a los espacios deportivos y una plaza cívica, tal y como se puede percibir aún en los Centros Escolares Urbanos “21 de Agosto” y “Rafael Arellano Valle”, de 1945 y 1946, respectivamente.

Bajo los lineamientos de ese paradigma de Chicago, el arquitecto Francisco Aguayo Mora (1912-1995) diseñó y construyó algunos edificios de enseñanza. En algo ayudó a implementar esos modelos el hecho de que el arquitecto Aguayo también fungió como director del CAPFCE en Aguascalientes, con lo que varios planteles que fueron realizados entre los años sesenta y setenta presenten características similares a la preparatoria de la Universidad Autónoma de Aguascalientes por ejemplo, con sus líneas rectas enmarcadas por las frondas de árboles que suavizan las aristas presentando a quien pasa por ahí o entra en los recintos, un aviso de los jardines y áreas libres que posee la escuela.

Estos planteles poseen la línea de diseño del racionalismo funcionalista surgido entre los años veinte y treinta del siglo XX, tendencia en la que el mencionado Hannes Meyer fue uno de sus principales promotores e ideólogos. Sin la radicalidad de los planteamientos de Meyer, totalmente pragmático, anti-icónico y contrario a toda recurrencia al pasado, Aguayo Mora adaptó aspectos formales y espaciales de esa modernidad a esa arquitectura que ha ido ganando su lugar en el conjunto de edificios representativos, o al menos recordados de nuestra ciudad. Espacios educativos en los que algunos de nosotros nos formamos, y que remembranzas aparte, continúan poseyendo un valor de testimonio de un episodio de la formación intelectual que tenía en sus edificios una afinidad entre lo pedagógico y lo arquitectónico.

Para 1964, un periódico local publicaba:

Prepa “Petróleos”: “Desde ayer, el nuevo edificio del Instituto de Ciencias y Tecnología abrió sus puertas al estudiantado. No hubo ninguna ceremonia especial, pues el flamante, espacioso y moderno edificio será inaugurado oficialmente por el presidente López Mateos, en su visita a esta ciudad en octubre próximo.”