Por J. Jesús López García

La calidad de las ciudades puede insinuarse por la importancia de sus edificios, sin embargo antes que nada, las metrópolis se aprecian por la disposición de sus espacios abiertos. En las urbes en donde las calles, las plazas, los jardines y demás ámbitos desprendidos de esas categorías poseen vida y actividad, se disfruta de una condición urbana que es útil para estrechar lazos, unir comunidades y propiciar encuentros.

A casi un mes de que tuvo lugar un atentado en Las Ramblas de Barcelona cuyo saldo fue de 13 muertos y cerca de 50 heridos a causa de un atropellamiento múltiple y con clara intención de aniquilar a los paseantes. Esto viene al caso ya que ese paseo, al igual que tantos otros icónicos en varias ciudades del mundo, es uno de esos ambientes comunitarios de intensa vida. Los genocidas escogen esos lugares pues saben bien que al margen de la cantidad de gente que acude a ellos, tienen un peso simbólico que hace reverberar aún más la atrocidad cometida.

En otras tantas capitales, calles y espacios abiertos anodinos, se suceden en una continuidad de sitios sin mayor repercusión en el imaginario colectivo, que aquel que entraña comprar una bebida en la tienda de la esquina: ámbitos sin vida propia, animados solamente por la cotidianidad, pero que dado el caso, pasan sin mayor recuerdo. Es por ello que en tantas partes del orbe donde se cometen crímenes igualmente sangrientos, y hasta con mayor número de fallecidos, los espacios en que tuvieron lugar transcurren desapercibidos -los espacios, no los sucesos-: lugares anónimos y desde antes, sin alma.

Ante el anonimato que se cosecha tras el sembrado programático de casas, redes de infraestructura, el encuentro «con» y «en» un espacio abierto que provoca el encuentro y la multiplicación de experiencias compartidas, se agradece.

Muchas de las vivencias en las localidades tradicionales tuvieron lugar en esos espacios abiertos, actualmente con la mirada en la potenciación del beneficio económico por un costo bien planeado, los nuevos creadores de ciudad, ofrecen en donación lo que antes era un lugar dedicado y dirigido a la comunidad, verdadero rector del desarrollo urbano. Por lo mismo esa oportunidad para lo vivencial del espacio abierto se ve restringida por una reglamentación de uso de suelo que regula también las opciones de su ocupación.

Pero aún queda espacio para acciones en principio poco costeables. Cuando se abrió el Museo Nacional de Antropología e Historia en la Ciudad de México, sobre el Paseo de la Reforma, en una porción del bosque de Chapultepec -que aún resiste los embates de un desarrollo urbano depredador-, se dio por hecho que ese suelo carísimo debía destinarse a una institución icónica del Estado Mexicano para el disfrute de la población nacional; con la operación, lo que antes era muy caro, actualmente no tiene precio. Acciones de esa naturaleza se han llevado a cabo a instancias de gobiernos, pero donde el Estado es asumido por todos los ciudadanos, también se han realizado por la iniciativa privada: no son pocas las plazas, los parques y jardines en ciudades como Nueva York, donde los acaudalados donan a la ciudad emplazamientos libres que fomentan el estrechamiento de lazos ciudadanos, un bien inapreciable comparado con el mero rendimiento económico.

En fechas recientes gobiernos municipales en nuestra ciudad han ido rescatando calles y ambientes abiertos en general donde se apreciaba el paso desgastante del tiempo. El gobierno estatal también se sumó a esa corriente y dispusieron jardines y plazoletas, como la dedicada a Jesús F. Contreras.

Se ubica en una sección de manzana antes ocupada por edificios particulares primigeniamente viviendas y años después dedicados a vivienda, posteriormente se modificaron para usos comerciales y servicios; habría que mencionar que el Teatro Morelos es el único inmueble ajeno a estos fines, permaneciendo inalterado.

De ésta manera, el Teatro Morelos, el Patio de las Jacarandas y la relativamente reciente Plaza Jesús F. Contreras completa un grupo de ámbitos cuyo propósito es el esparcimiento cultural. Lo edificado junto con lo existente -como el caso de la plazoleta del lado sur de Catedral- se integraron para dar paso a todas luces a un nuevo espacio urbano que trata de ofrecer un lugar de convivencia a la población donde antes, por la naturaleza de la calle Galeana, se constreñía el entorno dedicado al peatón.

La Plaza Jesús F. Contreras, de manera similar al Patio de las Jacarandas, fue diseñada con perfiles de acero, los cuales sustentan tableros de IPR, acotando espacios libres que rememoran un patio antiguo tradicional.

De lo anterior podemos concluir que los habitantes reclaman los espacios abiertos para reconocer en ellos la cohesión de su comunidad, si esos lugares trascienden en el tiempo y generan -o pueden hacerlo-, los factores necesarios para hacerse entrañables a la población, es algo que sólo el paso del tiempo puede definir; por lo pronto, más allá del debate arquitectónico por la composición, la forma o la gestión del proyecto, esos nuevos espacios abiertos reciben ya de manera cotidiana a la gente, que encontrándose con ellos, se los van apropiando gradualmente.

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