Por Juan Pablo Martínez Zúñiga

“Cuando eres niño, crees que siempre estarás… protegido, y bien cuidado. Entonces, un día, descubres que no es cierto. Si abres los ojos, te darás cuenta de la realidad. Porque cuando estás solo siendo niño, los monstruos te ven como algo débil, ni siquiera sabes que se acercan, hasta que es muy tarde…”
Stanley Uris (Wyatt Oleff)

La mayoridad es, connaturalmente, algo escalofriante. La sutil metamorfosis que padece nuestro cuerpo y mente al abandonar la niñez en un capullo de pubertad suele desembocar en experiencias complejas que trastornan nuestra percepción y modifican permanentemente la apreciación que poseíamos sobre el cotidiano y nosotros mismos, sentando las bases para una adultez que no pedimos pero que arriba mediante estruendosas exigencias que arrebatan nuestra inocencia, lo único que somos incapaces de recuperar el resto de nuestra existencia. Esta permuta biológica es de por sí difícil, y si a ello le agregamos la presencia de una entidad milenaria capaz de transformar su apariencia en aquello que subconscientemente nos sobrecoge, entonces vemos un relato donde la figura antagonista es una metáfora sobre lo descrito previamente, así como la renuncia a los temores infantiles que suelen hacernos compañía incluso en el hábitat adulto. Aquí yace la potencia en el texto escrito por Stephen King en 1985 titulado “Eso”, una señalación a aquello que no es masculino o femenino pero sí amorfo, extraño y ajeno, ya sea la identidad de lo que mora en las sombras elucubrando nuestra destrucción o nosotros mismos, cuando desconocemos la imagen reflejada en el espejo que creíamos era familiar y ahora posee características que nos señalan el fin de la infancia.
Esta premisa funcionó adecuadamente en la primera iteración del libro, una miniserie estrenada en 1990 con el experimentado actor Tim Curry (“El Show de Terror de Rocky”) en la blanquecina piel de Pennywise, la antropomorfización del mal que ha hecho de un pueblecito ficticio llamado Derry su residencia y comedero personal, pues por tratarse de una entidad supranatural sólo se alimenta de sensaciones, en particular del miedo, encontrando el de los niños particularmente deleitable por lo que los pequeños son sus bocados predilectos. Sólo se le opone un grupo de jovencitos, quienes logran derrotarlo por el simple acto de confrontarlo, y nuevamente décadas después, siendo adultos. Una historia sostenida por la inherente empatía que producen los protagonistas y que conforma la vértebra de la nueva adaptación que ahora nos ocupa, una visión más fiel al material fuente que cuaja todos sus elementos con relativa maestría gracias al hermético y pulcro guión de Chase Palmer, Cary Fukunaga y Gary Dauberman. El argentino Andrés Muschietti solidifica aquel interesante ojo para las atmósferas pánicas que mostró en la eficaz “Mamá” (2013) y logra producir cuadros inquietantes mediante un aprovechamiento total tanto a la puesta en escena natural como aquella producto de sets a medio iluminar que contribuyen a un desarrollo coherente de una historia que aborda diversos personajes, pero que logra unificarse mediante un elemento tésico: el triunfo de la voluntad sobre la parálisis producto de nuestros miedos.
Una vez más nos encontramos en Derry, un apacible pueblo donde cada veintisiete años ocurren tragedias que afectan particularmente a los niños, siendo éstos numerosas víctimas en sospechosos siniestros que afectan a la población. El año es 1989 y la cinta comienza con la secuencia de apertura del libro: la muerte de un pequeño niño llamado George Denbrough (Jackson Robert Scott) a garras de un misterioso payaso que se hace llamar Pennywise quien seduce al pequeño con un globo mientras éste trata de rescatar su barquito de papel una lluviosa tarde. Las escenas son devastadoras y terroríficas y marca el ritmo para los eventos que le seguirán: el asedio de este aterrador arlequín a siete chicos inadaptados que consolidan su estatus como marginales mediante el apodo que se han adjudicado -El Club de los Perdedores- mientras demuestran que no son tales combatiendo a Pennywise a la vez que deben superar sus demonios personales, que incluyen padres abusivos, madres sobreprotectoras, hipocondría y pérdidas personales. La dinámica que surge entre los jovencitos es fluida y muy creíble, pues todos superan los posibles arquetipos en los que pudieran encasillarse y crean personalidades únicas: Billy (Jaeden Lieberher), quien funge de líder a pesar de su tartamudez y zozobra emocional por la muerte de su hermanito George; Ben Hanscom (Jeremy Ray Taylor, derrochando carisma), rollizo y soñador que sufre los embates del bully sociópata Henry Bowers (Nicholas Hamilton); Mike Hanlon (Chosen Jacobs), chico afroamericano sobajado por su abuelo; Eddie Kaspbrak (Jack Dylan Grazer), disminuido existencialmente por una progenitora empeñada en hacerle creer que vive enfermo; Richie Tozier (Finn Wolfhard), quien siempre tiene una respuesta aguda y graciosa para todo y Beverly Marsh (Sophia Lillis), la única fémina del grupo a quien siempre se le señala de promiscua por ser parte involuntaria de la acomplejante “basura blanca” que sí es su retorcido padre.
Todos los actores son un afortunado descubrimiento, expandiendo las capacidades dramáticas de la cinta así como lograr la difícil empatía con cada uno de ellos. De hecho, el filme funciona aun más cuando la historia se concentra en ellos y se deja de lado los aspectos terroríficos. Esto no quiere decir que los componentes pavorosos no aportan, todo lo contrario, pues Muschietti pone en evidencia su comprensión de los mecanismos que activan el miedo psicológico creando un par de secuencias genuinamente perturbadoras (aquella donde los Perdedores revisan unas diapositivas es, sin lugar a dudas, uno de los momentos más escalofriantes del cine de horror moderno) gracias a su medido ritmo y atención a los detalles, aun si no puede evitar algunos vicios posmodernos como el sobresalto gratuito y la estridencia. Pecatta minuta si se observa que el conjunto supera por mucho las diminutas partes defectuosas.
“Eso” representa tanto el desasosiego producto del crecimiento -un último verano de asombro y juego antes de que el monstruo de la adultez nos consuma- como una actividad lúdica donde todos los horrores básicos entran en juego. Y “Eso” es sencillamente notable.
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