Prof. Flaviano Jiménez Jiménez

Cada vez aumentan las quejas de los maestros en relación con adolescentes que llegan drogados en los salones de clase. Tres semanas atrás, en una secundaria ubicada en la parte nororiente de la ciudad capital, los maestros le comunicaron al director del plantel que había una severa pestilencia en el salón de clases del segundo grado, grupo “c”, debido al hedor que expedía un alumno que se encontraba drogado, y que el mal olor había invadido el salón con el riesgo colateral de causar daño a los alumnos del grupo.

El director acudió al lugar y, efectivamente, comprobó la hediondez. Ordenó la salida de los alumnos, dando instrucciones que permanecieran en las canchas realizando actividades deportivas, mientras los intendentes ventilaban y lavaban el salón. El director llevó al alumno drogado a la dirección y mandó llamar a sus padres; presentándose la mamá. Cuando la madre de familia ve a su hijo en el estado en que se encontraba, se soltó a llorar. Después de haberse calmado un poco, ella manifestó que le sorprendía ver a su hijo en ese estado, toda vez que jamás se había drogado. Al muchacho le hicieron las preguntas obligadas, quien dijo que unos amigos (uno de ellos, por cierto, de la propia escuela) lo convencieron para comprar droga y consumirla; reveló el lugar donde la adquirieron y aceptó ser la primera vez que se drogaba; también dijo el nombre del amigo de la escuela. La madre de familia se comprometió hablar con su esposo y que, entre los dos, llevarían a su hijo con un doctor para que lo checara y le diera algún tratamiento si fuera necesario; y, lo más importante, que estarían muy pendientes con él para que no continuara por la senda del vicio. Se habló también con el amigo de la escuelay con sus padres, quienes asumieron compromisos similares a los antes descritos. Los dos alumnos siguen en la escuela y  están siendo muy vigilados.

Días después, en la misma escuela, dos docentes participaron al director que había otro muchacho que se drogaba, pero que éste, además, vendía droga en la  escuela, según versiones de algunos alumnos. El director, con suma cautela, habló con el alumno aludido, quien  negó todo, a pesar de tener los ojos vidriosos y expedir tufo por la droga. Se mandó llamar a sus padres, acudiendo el papá. Para el director no fue fácil dialogar con el padre del muchacho; el señor muy molesto siempre negó que su hijo se drogara; por lo que el director optó, por prudencia, tan sólo sugerir que tanto él, como papá, como el director y los maestros, se mantuvieran atentos con el muchacho tanto en su comportamiento como en sus aprendizajes; concluyendo de esta manera la plática. Poco después, un alumno solicitó hablar con el director para quejarse de un muchacho (precisamente del que se acaba de mencionar), quien lo asediaba constantemente para que le comprara droga; cosa que él se negó en todas las ocasiones. Adicionalmente comentó que el papá, del muchacho mencionado, lo obligaba a vender droga en la escuela.

Estos hechos no son privativos de una sola secundaria; hay varias escuelas que padecen el mismo flagelo; por lo que se requieren acciones remediales y preventivas por parte de autoridades competentes al respecto. Los directores y maestros de escuela hacen lo que está a su alcance; sin embargo, el fenómeno mencionado requiere una atención coordinada de las autoridades responsables sobre el particular. Algo bueno hacen las escuelas cuando los padres de familia aceptan el problema de sus hijos y conjuntamente tratan de corregirlo; sin embargo, es sumamente difícil enfrentar la drogadicción cuando ésta procede de la propia familia. Ahí están los retos para todos si se quieren estudiantes sanos.