Por J. Jesús López García

Los romanos apreciaban enormemente la austeridad, la mesura, la sobriedad, en suma, una de las antiguas virtudes: la «gravitas» , que les hacía reconocerse como una civilización ejemplar -a pesar de los excesos promovidos por el sector más privilegiado y, por cierto, el menos numeroso-, donde esa gravedad romana se expresaba en la áurea mediocritas aludida por el poeta Horacio, una mediocridad dorada en que era el justo medio la verdadera medida de lo bueno, lo bello y lo justo, apartándose de los extremos de lo insuficiente y de lo extremo por igual: «Ni más» «Ni menos».

En la arquitectura de la Escuela Moderna esa medida, ese justo medio, es la manifestación de su equilibrio, su economía de recursos, la falta de aditamentos gratuitos, el «ni más, ni menos» barroco -aparecido en varios cuadros llamados «vanitas», ejemplificando lo banal del exceso-, que llega a nuestra contemporaneidad como el «menos es más» que hizo famoso el maestro alemán Ludwig Mies van der Rohe (1886-1969). Es por ello que con frecuencia haya edificios que nos parezcan muy similares, «cajas de zapatos» les llaman algunas personas de manera despectiva, pero es que realmente en el apogeo de la racionalidad funcionalista -que se dio en tiempos diversos en los lugares donde prosperó la Escuela Moderna-, las soluciones empleadas buscaban la creación de prototipos asequibles a la masa de la población, que curiosamente, siempre se manifestó extraña a muchas de las soluciones que la propuesta actual creaba para ella de manera expresa.

La concepción moderna del diseño arquitectónico se enfrascó más en producir un «espacio» que un tinglado en que se expresasen los órdenes antiguos en una composición formal basada en la repetición de elementos constructivos ya bien definidos. En la tradición derivada de la Antigüedad Clásica -que perduró hasta mediados del siglo XVIII-, los órdenes dórico, jónico, corintio, toscano y compuesto, de acuerdo a como fueron definidos por Sebastiano Serlio (1475-1554), en el Renacimiento y a partir del tratado «De Arquitectura», obra escrita por el romano Marco Vitruvio Polión (c. 80-70 a. C.-c. 15 a. C.), en diez libros, en forma general referidos como «Los Diez Libros de la Arquitectura», fueron el parámetro de una manera de diseñar y construir edificios a partir de un acervo de formas ya determinadas, proporcionadas y con el tiempo, alineadas en una serie de formulismos para hacer con ellas combinaciones diversas.

El «espacio» arquitectónico Moderno escapa de las formas de la tradición para constituirse en algo más etéreo, no palpable, sólo delimitado ante la vista y el tacto por una «envolvente» construida que podía perder su materialidad con los grandes lienzos de vidrio y estructuras metálicas de secciones cada vez más reducidas, o bien en anónimos muros lisos sin frisos ni otras concesiones a la decoración. El maestro suizo Charles-Édouard Jeanneret-Gris, mejor conocido como Le Corbusier (1887-1965) se refería a la casa como una «máquina para vivir», por tanto estándar y repetible. La estandarización de los edificios, incluyendo las viviendas se debe a la manera de uso que igualmente se ha normalizado: todo viene acompañado de un instructivo o un «modo de empleo» que obedece a una deseada eficiencia que nos acompaña en nuestros horarios y funciones. La arquitectura Moderna es entonces, una manera de expresar la diversidad de su momento y de una cotidianidad cada vez más uniforme, en una convivencia y una forma de habitar el espacio cada vez más homogénea, un discreto elogio al dorado término medio al que se refería Horacio, para el que incluso era condición indispensable para la belleza.

En ese sentido, los tiempos de la Modernidad conectan muy bien con el lapso de la Antigüedad. Muchos arquitectos de la mitad del siglo pasado experimentaron con programas arquitectónicos encaminados a reproducirse y a solucionar problemas compartidos con respuestas igualmente distribuidas. En el caso de la ciudad de Aguascalientes, las soluciones modernas particularmente enfocaron su lenguaje hacia las grandes fincas y poco hacia las casas o en edificios de interés social -tema recurrente en la arquitectura Moderna más progresista-, tal como en el caso de la residencia ubicada en la avenida Vázquez del Mercado esquina con la calle Durango, en pleno centro de la capital con características de la Escuela Moderna muy visibles y de composición excelente. La horizontalidad de su perfil se hace eco de un ritmo de vano-macizo que enfatiza su composición longitudinal. Con mármoles y aplanados, la planta de acceso recibe al habitante con una ligera plataforma sobre la que se practica el acceso principal a la casa desligado a la cochera que se encuentra al lado, su paramento en albañilería y acero, hacen transparente la vista hacia el vestíbulo de acceso aligerando la percepción general de la casa. Es una finca similar a muchas otras de su época que en el repetir su repertorio austero de formas y composiciones espaciales propició un entorno urbano mesurado y agradable que no se antepone a la percepción del transeúnte como una intromisión, la moderna sobriedad y elegancia de esa vieja áurea mediocritas.