Juan Sergio Villalobos Cárdenas.
Maestro en Derecho

La muchedumbre sigue al líder; los menos calzan botas, otros huaraches, muchos más van descalzos. En las manos llevan palos, lanzas, machetes o el puño desnudo. Puedo ver señoras de sociedad y mujeres con rebozo; gente de alcurnia y gente que no tiene nada más que lo que lleva puesto; pero a todos los une el mismo sentimiento: decir ¡basta! Tras siglos de sojuzgamiento, de humillaciones y de miseria, el hartazgo del pueblo habló de esa manera. Es el retablo de la Independencia de Juan O´Gorman; me estremece la capacidad del artista para plasmar ese momento histórico tan venerado por todos nosotros. Pero hay algo más, algo que no está plasmado y que también me sobrecoge: lo que siguió después que la turba se lanzara a la búsqueda de su destino. A su paso, abrieron cárceles y dejaron en libertad a los reos, mataron españoles, violaron mujeres, incendiaron y saquearon propiedades, y cometieron muchos más excesos que Hidalgo tuvo muy presente al tomar la decisión de no tomar la ciudad de México, a pesar de poder hacerlo. Ese es el lado oscuro de la lucha; pocos hablan de ello (pues nos seducen más las narraciones épicas y románticas de las luchas idealistas) pero ocurrió; y no obstante para todos nosotros serán por siempre los héroes; los libertarios que nos dieron patria.

II

Yo también señalé -muchas veces- con dedo de fuego, lo que me parecían insultantes actos vandálicos sobre monumentos históricos causados por las mujeres en sus marchas de protesta contra la violencia que viven. ¿Cómo aplaudir la profanación de la Columna de la Independencia que contiene los restos de nuestros próceres? ¿o de las pintas al Hemiciclo a Juárez?; ¡Juárez, el salvador de la patria! Yo también me sumé a las voces que las cuestionaban una y otra vez sobre sus métodos de búsqueda de la no violencia a través de la devastación. Pero a fuerza de hacerme la pregunta “¿por qué cada año tenemos que estar tolerando sus pintas y destrucción?”, comencé a preguntarme por las causas, más que por los efectos; ellas, no los objetos, son lo importante. Cada año tenemos y seguiremos teniendo marchas porque las mujeres siguen siendo asesinadas, las siguen violando y violentando y porque lejos de disminuir la violencia contra las mujeres, se va acentuando.

Y no; no hago apología de los disturbios, ni ensalzo la destrucción. Trato de ver los hechos desde otra perspectiva, desde la alteridad (otroridad como gusta decir a algunos), desde la historicidad y desde la equidad. Ahora comprendo que el trato que cotidianamente se le da a la mujer en México está enraizado desde hace siglos: trescientos años de colonia y doscientos años de vida independiente. Por quinientos años la mujer ha soportado la violencia que sobre ella se ejerce desde el plano crítico a que la ha relegado la estructura social: sin voz, sin expectativas, sin futuro. ¿Quinientos años no son suficientes años para que salgan a decir ¡basta!?

Es entonces cuando la pinta de un monumento me ofende menos que la condición en la que están viviendo; los vidrios rotos son irrelevantes frente a la tragedia de niñas y adolescentes violadas diariamente, de amas de casa golpeadas, de trabajadoras asesinadas. Los gritos y las consignas me sacuden; pero hay algo más, algo que comienza a ahogarme; es difícil al principio saber qué es; los gritos de las mujeres y el ruido de la marcha no permiten distinguir, pero sin duda hay algo. O mejor dicho hay algo que no está. Solo entonces me doy cuenta y me lleno de terror: las protagonistas de todo esto no son las que están marchando; son ellas, las otras, las que no vinieron porque están muertas en un tiradero, son las que no están gritando porque están en un hospital recuperándose de sus lesiones, son las que no están haciendo pintas porque tienen miedo de salir de sus casas y ser violadas de nuevo. Ellas, las asesinadas y violadas y violentadas. Ellas las que no tuvieron un futuro. Es su silencio, es su ausencia lo que me derrumba y me hace cuestionarme ¿en que país nos hemos convertido? Si nuestros héroes vivieran, se volverían a morir de la vergüenza de ver un país en que todos los días las mujeres son asesinadas o violadas o violentadas. El mejor monumento para ellos no debe ser de roca y metal, sino el que se construya desde el respeto mutuo al género y a la diversidad.

Grande es el silencio de ellas, quienes no estaban en la marcha; ellas, las que terminaron en una fosa clandestina, las que jamás fueron encontradas, las niñas cuya inocencia cortó de tajo un violador, las que por temor a otra golpiza de su pareja, no fueron a marchar, aunque querían hacerlo. Solo estaba su silencio. Es ese silencio el que escuché; y al escucharlo entendí también que su silencio no es absoluto. Las mujeres asesinadas de este país hablaron, y también hablaron las que han sido violadas, y vejadas; ancianas, adultas y niñas; todas ellas hablaron a través de aquellas que valientemente elevaron su voz como lo hacen cada 25 de noviembre, en cada marcha a lo largo y ancho del país.

III

El artículo 4º de la Constitución Federal, así como la Convención para la Eliminación de todas las formas de discriminación contra la mujer (CEDAW por sus siglas en inglés) de la que México es parte, marca el rumbo de lo que debe ser la política pública para protegerlas; además, contamos con una Ley General de Acceso de las Mujeres a Una Vida Libre de Violencia, y en cada Estado de la República se han aprobado leyes para erradicar, prevenir y sancionar esa violencia; la Suprema Corte de Justicia de la Nación emitió un protocolo para juzgar con perspectiva de género; hemos creado figuras jurídicas como las órdenes de protección a fin de actuar de forma inmediata ante la noticia de temor fundado de una mujer en situación de violencia y vulnerabilidad. Entonces, ¿qué estamos haciendo mal?; ¿por qué con todos esos instrumentos jurídicos la violencia contra las mujeres no cesa?

El problema va más allá del marco jurídico -indiscutiblemente necesario, pero insuficiente por sí solo-; es en primer lugar un problema de compromiso, de empatía, de humanidad. En tanto los varones en México no asumamos el compromiso de no agredir sino de respetar a la mujer; en tanto no se haga un ejercicio honesto de empatía por la situación en la que millones de mujeres viven diariamente en México; en tanto sigamos viendo a las mujeres como cosas y no como seres humanos, seguirá habiendo marchas, pintas y devastación.

Pero es también un problema de carácter político. En tanto que la violencia contra las mujeres no ocupe el primer lugar de la agenda nacional (a la par que la violencia desatada por el crimen organizado y los temas económicos) y mientras la clase política persista en la actitud de no escuchar el mensaje y, sobre todo, no escuchar los silencios de las mujeres, tarde que temprano estaremos frente a una polarizada e irremisible radicalización de las posturas, y las marchas serán entonces mucho más que un acto de exigencia y de catarsis.

IV

Pienso en las mujeres que son parte de mi vida, las de mi familia, de mi centro laboral, de mi círculo de amistades; no quiero que ninguna de ellas tenga que subir al metro o al autobús para soportar manoseos; no quiero que un maestro o un jefe desde su posición, le pida sexo a cambio de una nota, de un ascenso o un mejor sueldo. No quiero que vayan de antro a divertirse y regresen violadas porque un tipo consideró que podía ultrajarlas para su uso y placer. No quiero que ninguna de ellas amanezca un día muerta en un tiradero. Y si para que eso no ocurra tiene que haber pintas y marchas, lo único que puedo decir es: gracias; gracias por permitirme escuchar el silencio.

V

Muchos de los héroes de independencia fueron aprehendidos, juzgados y fusilados; líderes y pueblo que se lanzaron a la búsqueda de una vida mejor sintieron la feroz furia represora de la Corona. Hoy los honramos. Quizás un día sea pintado un retablo y se titule “la marcha de las mujeres”, y sirva para recordar aquellos días en que el miedo era su realidad y que tuvieron el coraje y el arrojo para cambiar las cosas; quizás ese retablo sea un recuerdo doloroso pero lejano y una mirada a un futuro prometedor y digno para todas y todos. Hago votos por ello.