POR: OCTAVIO DÍAZ G.L.

Twitter: @octaviodiazg

A raíz de la reciente aparición del presidente Peña en un programa del Fondo de Cultura Económica, se desató una polémica respecto a si la corrupción es un problema cuya naturaleza es cultural. Cultural en el sentido de que está arraigado en las tradiciones y costumbres de los mexicanos y que podría ser tan natural como comer tacos, celebrar el “Grito” o las posadas navideñas. En dicho programa, el periodista León Krauze se manifestó en contra de esa opinión, señalando que los 13 millones de mexicanos que residen en Estados Unidos se comportan de manera muy diferente en aquél país y se muestran respetuosos de la Ley y se abstienen de actos de corrupción. Si fuera cultural, los mexicanos que viven allá serían igual de corruptos y violadores de la Ley que en nuestro país.

¿Quiere decir que los mexicanos no aceptan la corrupción pero se ven obligados a practicarla aquí? Porque lo que sí es un hecho es que la corrupción está muy extendida en México. ¿No será también que en el vecino país la expectativa generalizada es de que allá sí serán castigados y con castigos graves que no solo los puedan llevar a la cárcel sino también a ser deportados, dependiendo de su condición migratoria?

Yo creo que sí hay un problema cultural en nuestra sociedad respecto a la corrupción. No en el sentido de que el mexicano la acepte. Creo que hay un rechazo generalizado a ella. Pero como en tantas otras cosas que no están bien, existe un alto grado de “resignación”: “al cabo que no podemos hacer nada”; “es que todos son corruptos”; “la única manera de trabajar es dando mordida”; “solo podemos hacer negocio si damos un moche”; “si lo denuncio me va a ir peor”; “no hay ante quien denunciar, no me van a hacer caso”; “la corrupción somos todos”;  y entonces se busca racionalizar un acto que rechazamos pero que se practica cotidianamente. Desde luego que el rechazo viene de quien padece la corrupción –la gran mayoría– y no de quien se beneficia de ella.

Esta actitud ambivalente de rechazo y tolerancia a la vez, no impide que la práctica de la corrupción esté generalizada ante la ausencia de instituciones que lo impidan. Es natural. Si desde pequeños la mayoría de los mexicanos crecieron observando que la Ley es negociable ofreciendo una mordida o algo a cambio. Los ejemplos son innumerables: pasarse un alto; estacionarse en lugar prohibido; obtener un permiso de construcción aunque vaya contra las normas; obtener una concesión de un servicio público; obtener un contrato de cualquier tipo para venderle al gobierno; copiar un examen; plagiar un trabajo; salir libre de la cárcel aunque sea culpable; tener un puesto sin permiso para vender en la calle; vender los lugares para que se estacionen los carros; obtener una licencia de conducir sin cumplir los requisitos mínimos; evadir impuestos; trabajar en la informalidad; traficar drogas con la protección de la policía; ganar elecciones comprando votos; y usted puede agregar a la lista los ejemplos que se le ocurran. Si todo esto los mexicanos lo han visto como práctica común desde pequeños, incluso con algunos padres que se jactan de corromper a otras personas como si fuera una demostración de habilidad para los negocios. Si además, todos los días hay en periódicos y medios masivos de comunicación alguna noticia que tiene que ver con actos de corrupción, aunque se perciba como algo malo, se ve como algo natural que sucede cotidianamente.

No basta para combatir la corrupción con educar a los niños en que la corrupción es mala; yo creo que casi todas las personas, incluyendo los niños, se dan cuenta que lo es. Más bien hay que evitar esa práctica con sanciones ejemplares para que deje de verse como algo natural. No se puede quedar el esfuerzo en el plano de reeducar a los niños para que futuras generaciones no sean corruptas.

La corrupción se combate con instituciones que reduzcan la impunidad. Es decir, solo si las personas ven que existen consecuencias, dejarán de realizar prácticas de corrupción y al desaparecer el ejemplo cotidiano de este tipo de actos, la gente dejará de hacerlo, generando un círculo virtuoso. Este esfuerzo es urgente, no solo por las noticias recientes sobre posibles casos de corrupción en CAPUFE y PEMEX. También en las pláticas cotidianas se escucha de personas que venden al gobierno, que dicen que el fenómeno de corrupción ha crecido y los porcentajes de soborno que piden para adjudicar contratos también, así como casos de contratación de asesorías para favorecer amigos y llevar tajada o para hacer negocios con empresas consultoras fantasmas que son propiedad de los mismos funcionarios.

Entonces, la corrupción sí puede ser un problema cultural muy extendido, no como práctica aceptada sino tolerada. La respuesta del gobierno tiene que venir con el fortalecimiento de las instituciones que combaten a la corrupción. Urge la Comisión Nacional Anticorrupción y sus equivalentes en los estados; urge que se nombre al Fiscal Anticorrupción en la PGR; urge que a estas instituciones se les doten de recursos, objetivos claros y capacidades técnicas, humanas, materiales y legales para que puedan hacer su tarea. Desafortunadamente, aunque se apruebe pronto la creación de esta Comisión, estamos a años de distancia de que pueda dar resultados. Mientras, el cáncer seguirá creciendo y a ver si no llega demasiado tarde el remedio.

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