Por J. Jesús López García

En estos, nuestros tiempos pragmáticos, donde el costo beneficio es la medida de la eficiencia con base en lo cuantitativo, se le llama para fines de planeación urbana «equipamiento» a aquello que acondiciona a las ciudades modernas para satisfacer en términos de «confort» sus necesidades de infraestructura y espacios públicos especializados.

De ahí la palabra «equipamiento» designa a construcciones, edificios o instituciones tan diversos como una cancha de baloncesto para el uso común, un mercado, una oficina postal o hasta un templo, sin embargo, y debido a la naturaleza pública o semipública de estos sitios, es normal que lo que fríamente se designa equipamiento, tenga las características necesarias para establecer en la ciudad un centro apto y socorrido para la convivencia que de lo cotidiano llega a ser casi simbólico.

Los mercados son parte de este programa urbano de edificaciones especializadas en giros particulares que detonan con el tiempo toda una serie de significados más allá de su uso habitual. Las «stoas» de los griegos, sus espacios porticados dedicados al comercio, fueron un precedente directo de nuestros mercados, ejemplo de la trascendencia que estos ámbitos han tenido en el mundo y a través de las épocas es la fundación en la ya mencionada «stoa» de la ciudad griega de Cicio, la escuela filosófica estoica, de ahí su designación, a la que pertenecieron grandes personajes del Mundo Antiguo, desde Zenón su fundador, hasta el emperador romano Marco Aurelio.

Como se colige, la institución de los mercados griegos no se quedó solamente en los aspectos de comercio, su natural manera de propiciar el encuentro en un ambiente, de diferentes personas, ocasionó un intercambio de ideas que hasta nuestros días han permeado al menos en la concepción, o parte de ella, del mundo.

En la antigua Roma, el «macellum» -mercado con una cubierta en el cual se comercializaba de manera principal provisiones como las frutas y las legumbres- sustituyó a la «stoa» griega como sitio de canje comercial; tal vez no se propiciaría una escuela filosófica pero el intercambio de vivencias, opiniones y cosmovisiones acompañó al cambio de bienes, servicios, producto y dinero. En varias de estas transacciones tuvo ocasión el fortalecimiento de las bases de lo que hasta nuestros días se conoce como Derecho romano, pues ante la heterogeneidad cultural, étnica y social romana, la codificación de la Ley era una situación de extrema delicadeza para el funcionamiento y la prosperidad del mundo latino de la Antigüedad.

Nuestros mercados contemporáneos son ya los «centros comerciales» -a pesar de que un gran número de personas prefiere acudir a los mercados aún existentes, incluso las compras se hacen cotidianamente o por semana- copiados de los «malls» anglosajones o de las llamadas «tiendas de conveniencia» -locales menores a 500 m2 que atienden más de 18 horas al día y que por lo regular dan servicio los 365 días al año- que en algo siguen asemejándose a los viejos establecimientos de venta de abarrotes. Los mercados tradicionales continúan siendo de todas maneras, sitios donde esa mencionada heterogeneidad se encuentra, y a diferencia de los centros comerciales, convive.

Los típicos mercados de nuestra ciudad acaliteña, son parte del proyecto de la construcción de equipamiento urbano desprendido de políticas públicas del pasado siglo XX; se afincaron en sitios donde ya se daba la transacción comercial en establecimientos temporales, semejantes a los mercados sobre ruedas que a lo largo del tiempo fueron fijándose espacialmente, baste mencionar como un ejemplo la «Línea de Fuego».

En Aguascalientes se levantó el Mercado Morelos -donde se encontraba la antigua Inspección de Policía- con el propósito de desfogar el ya saturado Mercado Terán. Originalmente en la finca se percibía un peristilo muy elevado que configuraba una especie de pórtico con doble altura que participaba a los locales ahí ubicados, de las perspectivas hacia a la plazoleta que sirve de preámbulo a la fachada del Camarín de la Virgen. Como en todos los edificios de esta índole, hoy se encuentra saturado de locales efímeros que dan una percepción lamentable.

El efecto espacial era agradable y daba esa sensación de apertura a las actividades que el mercado aún sigue ofreciendo. Podemos inferir que más que las características formales, funcionales o arquitectónicas, su éxito o vigencia se manifiesta en la capacidad del inmueble de continuar propiciando la visita cotidiana de propios y forasteros. De nuevo la convivencia diaria que despiertan estos lugares son la verdadera medida de su actualidad, sin importar a la larga, la innovación en sistemas de mercadeo, de exposición de productos -aunque en sus primeros momentos es posible que se haya hecho énfasis en su inédita modernidad, funcionalidad y demás características con que se busca despertar al menos la curiosidad de los visitantes.

El acto de comprar y vender, acompañado de una buena cantidad de actividades que naturalmente le siguen, siempre ha sido propiciatorio de la comunicación comunitaria. Ese contacto debe entenderse como la principal motivación arquitectónica en el diseño y la construcción de cualesquier edificio comercial. Al haber ese tipo de relación, todo lo demás no tardará mucho en llegar.

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