El Heraldo de Aguascalientes

Entre monjas y alacranes

Por Jesús Eduardo Martín Jáuregui

Ahora que lo recuerdo y lo escribo no estoy seguro si lo viví o lo soñé. Una nubecilla obscura al caer la tarde avanzaba lentamente desde el nororiente, la nubecilla esa no componía, pero ya el día anterior había experimentado como, en un abrir y cerrar de ojos un nimbo similar (que así creo que se llaman esas nubes cargadas de agua dispuestas a soltarla con el menor pretexto), se había transformado en un cielo encapotado que abriendo sus compuertas me mojó hasta el tuétano y a estas alturas ya no está uno para esos remojones intempestivos, de manera que antes de volver a poner a prueba mi salud tomé un taxi. Servicial, el taxista se aseguró de que estuviera bien acomodado, que la puerta hubiese cerrado bien y que ni alma humana ni mecánica merodease por allí antes de iniciar su marcha, en la visera el tarjetón con la fotografía reciente y nítida del conductor, el vehículo limpio y el chofer aseado. Me pregunto solícito: -¿A dónde jefito?-, claro que la expresión me hizo gracia y le respondí, imitando un poco el acento y la intención –Aquí nomás, adelante-. Mientras conducía me platicó de su gente y de su casa, de su origen en la sierra, de su trabajo en la ciudad y su gusto por servir. Cuando acordé pasábamos enfrente de mi destino. –Órale, aquí era, en ese hotel, no se lo había dicho. Ni modo dése la vuelta-, -Jefito, no se apure, vamos a rodear porque no hay vuelta a la izquierda, pero ahorita nos regresamos, yo tuve la culpa por no preguntarle, no se preocupe, nomás le voy a cobrar lo que marca ahorita el taximetro, 10 pesos- Me pareció inconcebible, en el rodeo para regresar a mi destino se duplicó lo que marcaba el aparatejo, veintiún pesos y algo, pero tal como me lo ofreció el taxista al dejarme en el acceso del Hotel Gobernador me dijo –Nomás déme 10 pesos Jefito y gracias por la plática-, -Tome 20 y gracias por la lección-. Y no, no lo soñé sucedió así, y sucedió antier en Durango.

El Durango de hoy me recordó mi Aguascalientes de ayer. La población de la ciudad apenas repunta el medio millón de habitantes y todavía las calles son muy circulables, las banquetas se usan para caminar, los automovilistas respetan al peatón al extremo de sentirme avergonzado por intentar cruzar a media calle y hacer que, amable, un conductor se detuviera haciendo caso omiso de mi imprudencia, los espacios limpios, las nuevas calles peatonales especialmente el paseo Constitución se pueblan de negocios y de gente, las plazas, en particular en el centro, se engarzan para formar unidades arboladas gratas a la vista y gratas a la estancia, el paseo de las Alamedas se amplió y se salpicó de esculturas de artistas de películas de caballitos y de héroes de caballitos, los puentes peatonales tienen elevadores, y hay espacios permanentes para exposiciones, para bailes de salón y para juegos infantiles, la Feria ocupa sus nuevas instalaciones con muchas hectáreas a una sana distancia del centro, los negocios se miran florecientes y la gente cordial refleja la tranquilidad que la ciudad ha recuperado luego de períodos difíciles. En donde quiera se pueden encontrar letreros que dicen “Ismael Hernández Deras” que fue presidente municipal, luego gobernador y espoleta que detonó la transformación de Durango.

Si el ojo se pone crítico, y para ello no tengo que batallar mucho, se nota que en la uniformidad de las fachadas hay un grado importante de, iba a decir falsificación, pero no, digamos de “cosmética”. Todo un costado del paseo de las Alamedas es nuevo y se “invitó” a los propietarios a construir siguiendo unos lineamientos que los puristas llamarán “Coca-colonial”, pero que en conjunto resulta agradable, aunque persiste un cierto ambiente de set cinematográfico y, ¡claro! la lección que Durango parece haber aprendido es que a fin de cuentas, si construyes y creas un espacio agradable terminas sintiéndote confortable y comportándote conforme con tu ambiente. Al visitar el “pueblo del viejo oeste” que es una construcción de casas de madera desde el “saloon” hasta la “jail” y desde el “bank” hasta el “hotel” que ha servido para filmar películas de vaqueros y en los que en la convivencia con actores caracterizados, terminas sintiéndote Richard Widmark o Kirk Douglas y, no por supuesto, John Wayne, que está reservado para Gustavo de Alba.

Me apasionan los mercados, afición que me ha costado malos ratos que no viene al caso contar, de manera que me asomé, como no, al mercado en el centro. ¡Oh decepción! la realidad, la triste realidad de los mercados mexicanos, es que todos se parecen tanto, que resulta difícil desde dentro saber si estas en Tuxtla Gutiérrez o en Saltillo, los mismos objetos plásticos, los mismos recuerdos metálicos, las mismas prendas de ropa con las mismas tonterías escritas, la invasión de objetos chinos que alguna vez fueran japoneses, las mismas “nieves”, los mismos “jotdogs”, las mismas “bebidas” y sólo, eso sí un alacranerío en todas las presentaciones imaginables, desde llaveros hasta relojes de pared, pasando por cuchillos, ceniceros, destapadores, abrecartas, etc., etc.. En algún rincón dos o tres bolsas de pinole, unos trompos y baleros y párele de contar.

La casa de Gobierno se transformó en museo Francisco Villa y se han inaugurado varios museos más, entre otros el de temática infantil “Bebeleche” que, según me cuentan ha sido todo un éxito. Un túnel en pleno centro que comunica la Catedral que sigue frecuentando la monja que se aparece desde hace varios siglos, con el Arzobispado y, al que convenientemente se le han adosado historias heroicas y otras de fantasmas, y un teleférico que en un recorrido de alrededor de 700 metros permite divisar para “el plan” y lleva del mirador del cerro de los Remedios hasta el cerrito del Calvario ahora ya en pleno centro histórico.

No pude menos de recordar, recorriendo Durango, el delicioso libro del maestro Francisco Antúnez, “Los alacranes en el folklore de Durango”. Un libro sabio de un hombre sabio y un libro sabroso, escrito con buen gusto y con humor e impreso impecablemente por su autor. Me sorprendió no encontrarlo en la única librería con que me topé y pensé para mí que no todo podía ser color de rosa. Las librerías parecen ser instituciones (nótese que no digo negocios) en proceso de extinción, mientras proliferan formas de comunicación inmediata, cuasi telegráfica, que simulan mantener una cercanía que paradójicamente mete distancia.

En Aguascalientes hemos logrado conservar el toque humano, su rápido crecimiento puso a prueba la capacidad de absorber nuevas corrientes migratorias y asimilarlas a un estilo de vida que para bien aún se conserva. Y pienso para mí, y para Ud. paciente y desocupado lector que ser aguascalentense es un estado de ánimo que celebro con gusto mientras agradezco efusivamente la hospitalidad duranguense.

¡Ah! casi me olvidaba, aunque había quedado apuntado. En el Olimpo duranguense hay dos estrellas de primerísima magnitud John Wayne y Pancho Villa y que me perdonen los que hayan de perdonar.

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