Por J. Jesús López García

Como todo en el mundo contemporáneo, apegado a las novedades aunque sean de dudosa autenticidad, en arquitectura es común –posiblemente desde hace tres siglos–, aplicar el sentimiento del desprecio por aquellas realizaciones y diseños inmediatamente anteriores a la época corriente. Incluso podemos afirmar que eso tiene su inicio desde la Edad Media, donde se originaron las bases de la procreación moderna de la historia.

Bajo ese signo de la modernidad, aquello que ya pasó tiene para su mala fortuna ser emblema de lo caduco; extrañamente es que desde los inicios de la era Moderna, históricamente desde el Renacimiento, cada época tiene la confianza que su tiempo representa una especie de situación non plus ultra, no hay nada más allá, o más allá de este instante, pensamiento iluso pues la modernidad promete un progreso sin fin –que esa promesa sea mínimamente cierta es otra cosa.

El desaire por lo pasado aumenta tal vez por el choque generacional por lo inmediato anterior, las muestras de ese sentir se manifiestan en la arquitectura con el desmantelamiento y la destrucción de piezas arquitectónicas relacionadas con tiempos pretéritos, sea por fines prácticos –el Coliseo de Roma por un muy largo periodo fue utilizado como un banco de piedra para construcciones recientes con fines políticos–significativos –como en el caso de la destrucción de Tenochtitlan para erigir en el mismo sitio la actual Ciudad de México– o bien, por simple menosprecio por el ayer, con el necio argumento que lo antiguo no merece ser considerado de alguna valía.

Desde esa óptica casi todos los retablos barrocos de los templos de nuestra ciudad e incluso de localidades de todo nuestro estado, fueron desmantelados, y hoy en día sólo sobreviven dos y no en su templo original, el de la parroquia de Jesús María y el del templo de la ex hacienda de Pabellón de Hidalgo, para ser reemplazados por construcciones eclécticas realizadas en la segunda mitad del siglo XIX y los primeros años del XX.

Continuando esa triste tradición contemporánea, podemos ver en lo cotidiano cómo los edificios del siglo XX –en forma particular aquellos que se levantaron desde los años cincuenta–, van demoliéndose para abrir paso a nuevas construcciones, que en muchos casos ni siquiera parecen cuestionar si su fábrica es mínimamente superior a la de la finca destruida, basta traer a colación como ejemplo de lo anterior el conjunto de Hémesse (Muebles Colonial) en la esquina conformada por las calles de Madero e Hidalgo, en donde se destruyó un digno inmueble para dar paso a un exiguo edificio que “nació muerto” y que nada aporta a la arquitectura actual.

Con esa práctica nos vamos acostumbrando a ciudades sin más referentes construidos que el cambio constante. Es necesario considerar que eso en la psique cotidiana de cualquier habitante de alguna ciudad, suprime los asideros psicológicos y prácticos para que podamos considerar a un lugar como propio. El fenómeno no es exclusivo de la arquitectura: desde lo más frívolo a lo más complejo, desde la música, la moda en indumentaria, equipos electrónicos, modos de hablar e incluso, modos de pensar, se descalifica toda concepción antigua como algo «pasado de moda», como si la novedad por el sólo hecho de serlo, fuese positiva en sí.

En ese tono, la arquitectura de los años ochenta y principios de los noventa del siglo XX, con su desenfado posmoderno, es vista como un artilugio sin valor, lo cual es injusto para ese acervo construido y para la arquitectura de un sitio como un conjunto completo. Al igual que la sobrevaloración de lo nuevo por el hecho fortuito de ser reciente, lo pasado es descalificado por el sólo hecho de haber pasado ya su periodo de gestación y cristalización.

Ojalá que muchos edificios que sobreviven de ese periodo puedan resistir la tentación de ser «actualizados» y que al paso del tiempo se valoren por su calidad arquitectónica, incluso más que por su carácter testimonial de un momento histórico. Un modelo lo es la residencia ubicada en Sierra Morena #521, en el fraccionamiento Bosques del Prado Norte, que ya desde su momento de diseño y construcción fue sobresaliente tipo de la posmodernidad de los ochenta y principios de los noventa. Su composición sobria y a la vez libre de acotaciones canónicas, muestra escalonamientos varios, un óculo con un pequeño vitral de líneas geométricas que al igual que el resto de la fachada alude un poco al Art Déco de décadas aún más alejadas de nuestro principio de siglo; incluso la paleta de colores se ha mantenido en ese edificio respetando los tonos pastel propios de esa arquitectura –en suma como algunos de los ejemplares reseñados–, que no obstante el paso del tiempo, hay prototipos arquitectónicos que valen la pena, al margen de su pertenencia o no, a la categoría de lo novedoso, incluso aquello, como la finca que nos ocupa, que representó en su momento alguna novedad, al pasar –y siempre sucede– el motivo del estatus, termina por mostrar su verdadero valor.