No seamos indiferentes a la pobreza, la cual va en aumento, recomendó el P. Carlos Alvarado Quezada, al informar de la II Jornada Mundial del Pobre, que comenzó ayer y concluye el próximo día 18.

“La condición de pobreza no se agota en una palabra, sino que se transforma en un grito que atraviesa los cielos y llega hasta Dios. El grito del pobre expresa su sufrimiento y soledad, su desilusión y esperanza”.

Comentó que en una Jornada como ésta, estamos llamados a hacer un serio examen de conciencia para darnos cuenta de si realmente hemos sido capaces de escuchar a los pobres.

Además, dijo que lo que necesitamos es el silencio de la escucha para poder reconocer su voz. “Si somos nosotros los que hablamos mucho, no lograremos escucharlos. A menudo me temo que tantas iniciativas, aun siendo meritorias y necesarias, están dirigidas más a complacernos a nosotros mismos que a acoger el clamor del pobre”.

Apuntó que en tal caso, cuando los pobres hacen sentir su voz, la reacción no es coherente, no es capaz de sintonizar con su condición. Estamos tan atrapados por una cultura que obliga a mirarse al espejo y a preocuparse excesivamente de sí mismo, que pensamos que basta con un gesto de altruismo para quedarnos satisfechos, sin tener que comprometernos directamente.

“La respuesta de Dios al pobre es siempre una intervención de salvación para curar las heridas del alma y del cuerpo, para restituir justicia y para ayudar a reemprender la vida con dignidad. La respuesta es también una invitación a que todo el que cree en él obre de la misma manera, dentro de los límites humanos”.

Asimismo, indicó que la Jornada Mundial de los Pobres pretende ser una pequeña respuesta que la Iglesia entera, extendida por el mundo, dirige a los pobres de todo tipo y de cualquier lugar para que no piensen que su grito se ha perdido en el vacío. Probablemente es como una gota de agua en el desierto de la pobreza; y sin embargo puede ser un signo de cercanía para cuantos pasan necesidad, para que sientan la presencia activa de un hermano o una hermana.

Resaltó que lo que no necesitan los pobres es un acto de delegación, sino el compromiso personal de aquellos que escuchan su clamor.

“Con frecuencia son precisamente los pobres los que ponen en crisis nuestra indiferencia, fruto de una visión de la vida excesivamente inmanente y atada al presente. El grito del pobre es también un grito de esperanza con el que manifiesta la certeza de que será liberado”.

Finalmente, lanzó la invitación a nos dejarnos envolver por el materialismo que nos hace egoístas, nos hace ser indiferentes a lo que le pasa al otro, sin considerar que si todos nos damos la mano, no habrá más quién la extienda para pedir pan.