“There’s no dark side of the moon.
Matter of fact, it’s all dark…”
Fragmento de la canción “Eclipse”, del álbum de Pink Floyd “Dark Side of the Moon”

Como si se tratara de una maldición, nos encontramos en esa encrucijada que todo cinéfilo encara durante estas fechas: refugiarse en la cartelera comercial para revisar por enésima ocasión alguno de los tres o cuatro títulos de corte infantil o pseudo terrorífico que acaparan las marquesinas aguascalentenses que los colosales estudios hollywoodenses nos obsequian con fórceps cada inicio de año y atentar una vez más contra la salud mental, arriesgando la materia gris por aneurismas provocados por los esbirros de la complacencia como Ben Stiller o exprimir hasta la desolación sus conductos lacrimales por la decepción que representan los tibios esfuerzos modernos por generar pavor mediante “La Dama de Negro 2” o… darle otra oportunidad a nuestro fiel reproductor de Discos Versátiles Digitales y recuperar algún título que sofoque nuestro sentido de culpa por la inmisericorde masacre de neuronas en las pantallas de cine durante las vacaciones navideñas.
Por supuesto, la cinta en cuestión es aquella que adorna el título de la columna de hoy. Un proyecto que brilla por su minimalismo y una inteligente exploración sobre la condición humana, que salva los tentadores escollos de la pedantería y el lucimiento visual construido con argamasa digital para hilvanar un delicado tapiz de sobriedad argumental sobre una estación lunar habitada por un hombre que padece aislamiento crónico. Es de suponer que por estos elementos jamás se estrenó en una sala de nuestro país, ya que su falta de espectacularidad y parafernalia efectista, aunado al respeto por la inteligencia de su audiencia, la vuelven prácticamente el filme anti-Michael Bay. Y gracias a Zuul por ello.
“En la Luna” (2009) constituye el primer trabajo como director de largometrajes del publicista y cortometrajista británico Duncan Jones, un prometedor talento que posee un rigor narrativo y firmeza en los mandos de sus personajes, poco usual para alguien tan joven (38 años), quien concentra sus esfuerzos discursivos en la introspectiva épica de un sujeto de nombre Sam Bell, interpretado con fulminante maestría por el siempre bienvenido Sam Rockwell, varado en la superficie lunar para extraer un mineral de nombre Helio-3, un elemento natural que sólo se localiza en nuestro satélite y una suerte de panacea energética que permite eliminar el uso de combustibles fósiles o eléctricos. Sin embargo, por condiciones del contrato con la empresa encargada de dicha extracción, sólo puede haber un trabajador en la estación y con permanencia obligatoria de tres años. Magnífica paga a cambio de toda interacción humana.
Conforme avanza la trama, vemos que cada capa psicológica de nuestro personaje principal comienza a revelarse una vez que atestiguamos sus efímeras charlas a las que tiene derecho para con su esposa y su hija recién nacida, con la constante interacción con un robot valet no antropomórfico de nombre Gerty (con la inconfundible voz de Kevin Spacey) y con… su clon. Este último aspecto le es revelado de forma sorpresiva una vez que sufre un accidente en su vehículo lunar y es llevado a la enfermería por Gerty. Ahí conoce a su gemelo genético, quien se volverá una línea directa a la cordura y punto nodal en las elucubraciones de Sam sobre la compañía, ya que si hay clones, ¿cuál es su función? La respuesta, como es de suponer, no es alentadora.
La cinta, a pesar del característico entorno de ciencia ficción, circunscribe su narrativa y proceder argumental en el drama, ya que la inquietud primordial de su director es la de exponer el grado de afectación que supone una desolación llevada a un punto límite en las capacidades emocionales de su personaje, y aquí es donde la labor histriónica brilla incandescentemente, ya que Sam Rockwell ofrece uno de los mejores trabajos tanto de su carrera como del año (de hecho, desconcertó en extremo su exclusión en la terna como Mejor Actor en la reciente entrega de premios Óscar, ya que varios daban como un hecho su postulación), mostrando un registro que varía armoniosamente de la angustia absoluta al más sincero “pathos”, sacando provecho al máximo de sus capacidades físicas y corporales, sobre todo cuando duplica su papel una vez que el clon entra en escena.
La película se desliza suavemente gracias al aterciopelado ritmo que le imprime Jones a la resolución de las escenas, mientras que la delicada música de Clint Mansell mesura todo dejo pesimista en la historia, evocando una cierta aura lírica en el desarrollo de la construcción visual. Un filme redondo que evoca la naturaleza un tanto nihilista y melancólica de la citada canción de Pink Floyd. Es verdad, no hay un lado oscuro de la luna, ya que toda ella lo es. Y nosotros también.

Nota: La cinta se encuentra disponible a la renta en la Videoteca del C.C. Los Arquitos

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