Jesús Eduardo Martín Jáuregui

La nación es la conciencia de un pasado común que se actualiza en el presente y se proyecta hacia el futuro. Manuel García Morente.

 

La caracterización que hace de la “nación” el filósofo español, ilustra perfectamente el sentimiento nacionalista, que como se aprecia no tiene que ver con conceptos jurídicos, ni políticos, sino básicamente sociológicos. El estado sí es un concepto jurídico o si se quiere jurídico-político, recuerdo una definición clásica que por pigricia atribuyo a Jellinek: corporación territorial dotada de un poder de mando originario, que recoge los tres elementos que constituyen un estado: un territorio, una población y un gobierno. Excepcionalmente se ha hablado de estados que circunstancialmente no han tenido un territorio delimitado, pero que mantenían la cohesión de su población con el gobierno y con un fuerte sentimiento nacionalista: los judíos y los palestinos han sido buenos ejemplos de ello. En la edad media florecieron los llamados estados-nacionales, que se caracterizaron porque una sola nación formaba el estado. El devenir histórico ha conducido a la formación de países en los que varias naciones conforman su población, el caso paradigmático y de moda es el reino español, constituido por diversas naciones que actualmente cuestionan su cohesión, el Canadá que solo tiene dos nacionalidades, una francófona, otra anglófona, Estados Unidos que no tiene ninguna, a menos que consideremos como nacionalidad el sentirse “la trompa de la máquina” y nuestro país en el que parecen desdibujarse aceleradamente los factores que nos daban cohesión, gracias a los cuales se podría hablar de nación, siendo sustituidos por usos de importación que son mas una imitación extralógica que producto de las condiciones internas del país.

Uno de los factores aglutinantes que cumple los primeros dos extremos, un pasado común que se actualiza en el presente, es el culto a la Virgen de Guadalupe, que según cálculos divulgados por los medios de comunicación, tuvo alrededor de 7 millones de visitantes el pasado 12 de diciembre en su domicilio terrenal en el templo del Tepeyac. Ningún otro personaje, símbolo o no, vivo o muerto, político o ciudadano, ha logrado conjuntar una cantidad cercana a la que la Guadalupana reúne año con año, llueva o truene, tiemble o deje de temblar, gane o pierda la selección nacional. Desaparecidos otros símbolos, menguados los charros y mariachis, de capa caída el toreo, de balón desinflado el futbol, con Cuauhtémoc fuera de la candidatura a gobernador, con Rafa todavía tratando de limpiar su nombre pero dejar intocadas sus finanzas, con el antihéroe Chapo sufriendo depresión y con la heroína Catalina del Castillo explotando mefíticamente su real o supuesta relación con el Sr. Guzmán, no nos queda otro remedio que asirnos a los narcocorridos, festejar la ley de Seguridad Interior, soñar en un México ideal y “volvidos” a la terca y brusca realidad, aferrarnos a la Guadalupana.

El culto a la Guadalupana no surgió tan pronto como quiere la tradición católica. Si bien se afirma que el obispo Fray Juan de Zumárraga fue testigo privilegiado del milagro del que San Juan Diego fue emisario y portador, al llevar en su tilma el cargamento de rosas que luego dejaron ver la estampa de la Guadalupana en la prenda burda. Cuesta trabajo creer que el obispo Zumárraga que fue promotor incesante de la cristianización y que para ello se apoyó en la imprenta, habiendo traído a México al impresor Juan Pablos asociado con Johann  Cromberg, inpresor alemán residente en Sevilla, en 1939, no hubiera divulgado las apariciones de la Virgen valiéndose del maravilloso invento de Gutenberg. No se conoce ningún testimonio gráfico de la etapa del primer obispo de la Nueva España, que haga alusión al milagro del Tepeyac. El culto viene a establecerse ya a mediados del siglo XVII en donde incluso, se conocen sermones que advertían sobre la posible idolatría que entrañaba venerar a una imagen en lo que había sido lugar sagrado para la religión azteca y sus diosas, todas representaciones diversas de Coatlicue la diosa madre.

La imagen que actualmente se venera en la gran Basílica dista mucho, según decir del pintor Miguel Cabrera, que en el siglo XVIII hizo un estudio de ella, de ser una burda tela, el pintor afirma que es una fina tela de algodón la que se utilizó para plasmar la imagen de la Purísima Concepción bajo la advocación de la Virgen de Guadalupe. La imagen también es muy grande, alrededor de 1.80 metros, lo que para la talla promedio de los aztecas era exagerada, significaría que Juan Diego debió medir mas de dos metros. No falta quien afirme que no es la misma que corresponde a la tradición y que fue sustituida por otra en mejor estado que se conservaba en un templo de Tlaxcala. Corre también la versión de que para coronar a la Virgen, Don Porfirio Díaz con la anuencia y complicidad, por llamarle de alguna forma, del obispo primado, primero lo descoronaron, lo que originaron protestas airadas de un obispo de Tamaulipas, que incluso cuestioné la historicidad de las apariciones con un desenlace entre chusco y lamentable. Se dice que fue llamado por el presidente Díaz, quién le preguntó: ¿De manera que usted no cree en las apariciones? A lo que el obispo contestó que había hechos históricos que le provocaban dudas, a lo que Don Porfirio secamente volvió a preguntar: ¿Y en las desapariciones Sr. Obispo, sí cree?. El obispo se exilió en EE.UU.

Al margen de lo anecdótico el culto a la Virgen de Guadalupe es una representación social que permite que los mexicanos tengamos un referente de unidad que lamentablemente no se proyecta hacia el futuro, porque en las circunstancias actuales del país, el futuro se presenta mas incierto, mas azaroso, mas peligroso, de lo que su propia naturaleza implica. En plenas precampañas para la presidencia de la república, ninguno de los nominados, incluyendo AMLO parece ofrecer un futuro prometedor, ni siquiera medianamente optimista. Difícilmente alguno podrá conseguir ni siquiera el 50 por ciento de la votación, que por otra parte difícilmente llegará al 60 por ciento del electorado.

México seguirá esperando por el líder que pueda darle un sentido, por el programa que pueda darle una certeza, por el partido que logre inspirarle confianza. Entretanto seguirá siendo un país en busca de nación.

 

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