Jesús Eduardo Martín Jáuregui

“El pensamiento llega cuando el quiere, no cuando uno quiere” Federico Nietzche.

Marcel Proust, en su memorable serie “En busca del tiempo perdido” y precisamente al inicio de “Por los caminos de Swan”, quiere que sea el sabor de una “magdalena” remojada en te, el detonante de sus evocaciones. Quizás más modestamente el aroma de unas enchiladas que escapa de una cenaduría sea el que me traiga al recuerdo las de Doña Lupe, que tenía su establecimiento a la vuelta de la casa paterna y que confeccionaba las enchiladas que eran una obra de arte. Abandonada del marido, o enviudecida, que no recuerdo bien, se las ingeniaba para con sacrificios y con su sazón dar formación a su hija Ramona y a los más pequeños, cuata y cuate. Por cierto que, Doña Lupe, inscrita por algún vecino bien intencionado y clarividente, en un programa de televisión que conducía Carlos Amador, “Reina por un día” que premiaba a la mujer que por su talento, por su empeño, por su dedicación o por su sacrifico, fue elegida por el jurado del programa, y recibió cantidad de regalos, además de la gloria efímera de aparecer en televisión en la red nacional del canal 2.

El olor de las enchiladas, la evocación de Doña Lupe, también me trajo, con esas veleidosas asociaciones de que se vale el pensamiento para traerte a la conciencia las tareas pendientes o las deudas de honor, el recuerdo del Lic. Don Agustín Basaldúa, y todo porque vivía a unos pasos de un lugar de esos en donde se vende “cena”, costumbre tan peculiar de la gente del altiplano: salir a cenar los tacos dorados, las flautas, el pozole y las grandiosas enchiladas.

Conocí a Don Agustín cuando siendo yo un juez bisoño que estrenaba el Juzgado Cuarto de lo Civil y de Hacienda, recién creado, al mismo tiempo que el Tercero en el que se estrenaba mi colega Edmundo Ramírez Flores, de quién recibí apoyo, consejo, y amistad, ¡Qué mas se puede pedir!. Don Agustín era juez penal, había sido magistrado, y entiendo que durante alguna circunstancia presidió el Supremo Tribunal de Justicia del Estado. Era pequeño, enjuto, nervioso, amable y sabio (el orden es lo de menos). Gentilmente nos dio la bienvenida y se puso a nuestras órdenes. Por entonces presidía el Tribunal un hombre seco, serio, estudioso, que tenía fama de buen jurista, y que la mantenía amparado en su silencio. Alguna vez en algún caso peliagudo fui a pedir su consejo. En vez de dármelo me pregunto: -¿Usted que piensa?-, a empellones hice mover mi lengua entumecida por los nervios, le dije lo que pensaba y lapidariamente me sentenció: -Siga estudiando-. Me cayó mal y sin embargo a la fecha, sigo estudiando. La maldición, dijo, la bendición del Presidente del Tribunal me persigue y recuerdo, que al licenciado Emilio Portes Gil, que fuera Presidente de la República, en ocasión de su octagésimo cumpleaños, en una entrevista le preguntaron cual era su ocupación y respondió: “Aprendiz de abogado”. Y yo, modestamente, así sigo.

Don Agustín, era no solamente un abogado estudioso, era un jurista en toda la extensión de la palabra, un hombre probo, un juez justo y misericordioso, un ciudadano honrado, una persona honesta y un ser sabio. ¿Es mucho decir? No, era mucho ser. Siempre atento, siempre amable y no exento de humor. Un sábado (entonces los juzgados y los jueces trabajábamos los sábados), Don Agustín, contra su costumbre, salió un poco mas temprano de su juzgado, yo que lo vi, le pregunté: -¿Ya se va, Su Señoría?-, ágil y pícaramente me respondió: -Hoy no corto caña/ que la corte el viento/ que la corte Lola/ con su movimiento- y ambos festejamos la ocurrencia. En otra ocasión platicamos sobre las vicisitudes vocacionales. Don Agustín me dijo que su padre hubiera querido que estudiara medicina…”Pero mire compañero (y ese “compañero” me sabía y me sabe a gloria), yo no tengo corazón para meterle un cuchillo a un cristiano acostado en su cama. A lo mejor en un rato de coraje se lo encajo, pero no indefenso y dormido” y festejábamos el chascarrillo.

Un día aciago consignaron al juzgado de Don Agustín un asunto en el que tenía interés el entonces Consejero Jurídico del estado (su nombre es lo de menos, el recuerdo es para enaltecer al juez, no para vilipendiar al Consejero), quien se hizo reconocer como auxiliar del Ministerio Público. En ese carácter solicitó que en el término constitucional de las 72 horas se recibiesen testigos de cargo. Don Agustín denegó la petición, considerando que el M.P. había tenido el tiempo necesario para integrar la Averiguación Previa y que, por otra parte a él no le alcanzaría para resolver la libertad o la formal prisión. Del teléfono del juzgado, el Consejero le marcó al Gobernador (tampoco viene al caso su nombre), y le dio la queja. Se entiende que el Gobernador llamó al Presidente del Tribunal (así se estilaba) porque éste bajó de su oficina, en el segundo piso de Palacio de Gobierno, al juzgado penal, en el segundo patio, y ordenó al juez recibir los testigos. Don Agustín, (me faltaba decir que también era un viejo zorro), dictó el auto, recibió a los testigos, pero “olvidó” notificar al defensor, lo que le permitió argüir para obtener la libertad del acusado.

La ira del Consejero se dejó sentir y al poco tiempo se forzó la jubilación de Don Agustín Basaldúa, quien por edad y por antigüedad la ameritaba, pero a la que se resistía por lo exiguo de la pensión, (para poder comprar un V.W. sedán, entonces un juez tenía que trabajar 8 meses y no gastar en nada mas, la pensión era aún mas raquítica). Obligado a jubilarse, Don Agustín se convirtió en una sombra de lo que era. Cada quince días, con sus trajecitos ajados y sus camisas raídas pero limpias, se formaba para ser de los primeros en cobrar la infame pensión. En broma, una broma que ahora me duele tanto, pero que por otra parte es un monumento a su honradez, los burócratas judiciales se referían a él: “¿Agustín Basaldúa?, ¡Agustín vas al día!”.

Vaya este recuerdo, estas mal hilvanadas palabras, como un homenaje a un hombre que desempeñó a plenitud una de las labores más loables y también más penosas y difíciles: Ser Juez.

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