Elementos arquitectónicos singulares

Por J. Jesús López García

En arquitectura las tradiciones se decantan al paso de las diversas épocas, con la repetición y mejora paulatina de procesos constructivos y el ensamblaje de materiales en un ejercicio que va depurando las formas de manera gradual. Con el tiempo la mutación es evidente, sin embargo, al igual que la evolución en los seres vivos, en arquitectura la transformación se opera de manera muchas veces imperceptible. Esto era un fenómeno de continuidad hasta que la modernidad industrializada comenzó a detonar en poco tiempo, saltos abruptos que han venido revolucionando lo que en otras épocas eran transformaciones por etapas: de las pirámides de Gizeh a los grandes templos de los Reinos Medio y Nuevo en el Antiguo Egipto, hay casi mil años de distancia.

En los sistemas arquitectónicos entonces, previo a la celeridad del cambio tecnológico que supuso la industrialización, los objetos construidos pertenecieron por milenios a conjuntos bien definidos de sistemas espaciales y formas. Los elementos extraños en arquitectura eran lo mismo un revulsivo que un cambio de paradigma tan fuerte que por sí mismo inducía a una transformación que habría de decantarse por cientos de años.

Para ilustrar lo anterior tenemos que en la Baja Edad Media en Saint Denis en Francia, el Abad Suger retomó el arco apuntado u ojival de la tradición constructiva musulmana y estableciendo un nuevo ordenamiento geométrico, acompasándolo con una reciente carga simbólica, cimentó los inicios del gótico, el cual fue desarrollado durante los cuatrocientos años que siguieron a este acontecimiento. El objeto extraño -o la solución rara, definiéndola como no apegada a los cánones o a las tradiciones persistentes en ese momento en el norte de Francia-, terminó por ser el primero en una larga cadena de experimentación que, en conjunto, finalmente constituyó una tradición que incluso en nuestro país, puede apreciarse en algunos edificios realizados en el siglo XVI.

Pero con la aceleración del experimento tecnológico que caracteriza a esa época que inició desde el siglo XVIII, los edificios peculiares sin calidad de paradigmáticos han venido sucediéndose en cascada; y no es que sus planteamientos careciesen de atractivo, realmente la rapidez con que se presentan desde hace más de 100 años, da como resultado que el impacto que pudiesen tener sea opacado por el brillo de la novedad del siguiente objeto arquitectónico inusual.

En la época de las vanguardias artísticas, al inicio del siglo XX, la novedad era la técnica que avanzaba a pasos enormes. El progreso como compendio de la modernidad se medía cuantitativamente y ese instante era un momento de superlativos. La confianza en un futuro mejor se materializaba en todas las disciplinas artísticas, incluyendo una especialidad surgida en esos prometedores años, el cine.

Como todo idilio, el surgido entre la humanidad y la técnica desbordada llegó a un desencuentro brutal con las guerras mundiales y la bomba atómica, sin embargo el interés por lo nuevo y fresco y por la sofisticación técnica no ha dejado de manifestarse. Actualmente objetos arquitectónicos como los de tendencias del tipo del High Tech de los ingleses o los malabares deconstructivos, se suceden como lo hicieron ejemplares de arquitectura hace cien años, en un desfile de planteamientos espaciales y constructivos impresionantes. Pero entre esos conjuntos hay otros componentes originales, discretos muchas veces, algunos fallidos, otros sencillos de identificar con una corriente, tendencia o moda; otros muestran su experimentación y otros más, el testimonio de una época remota que aún no acaba de extinguirse.

Algunos edificios recuerdan modelos paradigmáticos como fuente de gestación, tal y como acontece con el edificio del Sindicato de Trabajadores Ferrocarrileros de la República Mexicana, Sección No. 2 (1939-1941) por el Arq. Francisco M. Treviño con la Villa Savoye (1929) de Le Corbusier, particularmente en 4 de sus postulados: sistema arquitectónico sostenido por columnas aisladas, planta libre, fachada libre y ventana horizontal, faltando únicamente la terraza jardín dispuesta en la azotea de la finca; sin embargo hay otros que se encuentran en los márgenes de tendencias, estilos y modas, cuya filiación es igualmente extraña, tal y como acontece con la residencia ubicada en la calle José F. Elizondo No. 111 -entre las calles Nieto y Venustiano Carranza-, cuya verticalidad recuerda un poco a la casa de Tristan Tzara realizada por Adolf Loos (1927) hace noventa años; su volumen superior en voladizo refleja modelos modernos como las casas del arquitecto mexicano Juan O´Gorman para la pareja Rivera-Kahlo; posee una geometría rígida y austera que le hace no desentonar de su contexto que presenta una serie de casas aún muy arraigadas en tradiciones propias de nuestro lugar: fincas de un solo piso con gruesos muros de adobe, cerramientos de piedra en vanos verticales. Esta residencia, sin intentar ser un paradigma, muestra la mano de alguien que diseñaba y construía como un arquitecto moderno. El resultado es uno de tantos elementos arquitectónicos extraños que hay en nuestra ciudad, sencillo, adentrado en su momento, y a pesar de ello, reflejo de alguna búsqueda por realizar algo nuevo, cuya modernidad pudiese ser al mismo tiempo satisfecha y trascendida.