Érika Hernández
Agencia Reforma

XOCHISTLAHUACA, Guerrero.- Los labios y manos de decenas de mujeres se estampan en la cara del Presidente Andrés Manuel López Obrador.
El tabasqueño se deja apapachar sin preocupación y devuelve los afectos. También responde los apretones de manos y abrazos que los hombres de todas las edades le sueltan.
Aquí, en la Costa Chica de Guerrero, las recomendaciones de la Secretaría de Salud ante la epidemia por coronavirus no hacen eco.
En Xochistlahuaca y Cuajinicuilapa, diversas dependencias del Gobierno federal reúnen a 6 mil y 3 mil personas, respectivamente, en campos deportivos, sin ninguna indicación de higiene pactada en el plan de acción por covid-19.
En su trayecto por carretera, el mandatario se detiene ante cada contingente que lo intercepta. En el paraje Cumbre de Barranca Honda, un joven lo espera con unos polvos que afirma son Chicayota, y López Obrador bebé confiado el jugo en una jícara.
Eso sí, pide que sin hielo porque le cae mal a la garganta.
Acepta también el ritual y que lo limpien con plantas y humo los indígenas amuzgos, quienes piden al «Espíritu Santo» que lo mantenga sano y regrese con bien a Palacio Nacional, además de darle sabiduría para conducir el país.
Conforme avanzan las horas de este fin de semana, más países se declaran en emergencia nacional por el virus, al tiempo que la Secretaría de Educación anuncia el adelanto de vacaciones de Semana Santa ante el contagio local, y los gobierno estatales se suman a las medidas de prevención.
Sin embargo, López Obrador guarda silencio. Sigue al pie de la letra su propia instrucción para los integrantes de su gabinete: no hablar del virus, ni siquiera para pedir a las multitudes estar atentas o no caer en pánico.
En su discurso, el problema de la pandemia desaparece. Se enfoca en lo que sí quiere que sí recuerden sus simpatizantes, que su reforma para blindar sus programas sociales ya fue aprobada en la Cámara de Diputados, y que los gobiernos entrantes están obligados a mantener los apoyos.
El tema del nuevo virus tampoco ocupa al Gobernador de Guerrero, Héctor Astudillo, ni las autoridades indígenas que hacen uso de la palabra en el micrófono.
Don Cayetano Morales, un indígena amuzgo de 60 años, tiene la creencia de que el covid-19 sólo llegará a las ciudades con contaminación.
«El virus apareció en la ciudad por tanta cosa en el aire, aquí está limpio el aire, no va a llegar acá», afirma el habitante de Xochistlahuaca.
Gerarda Zeferino, una joven madre de esta comunidad con altos índices de pobreza, recuerda que sí hubo alerta cuando en 2015 se detectaron decenas de casos de chikunguña.
«Aquel tiempo sí fue de miedo, la gente paraba en el hospital y no había medicinas, pero nadie se murió.
«Poca gente ve las noticias aquí, y la verdad no creemos que esa enfermedad aparezca. Aquí nadie habla de eso, es lejano para nosotros», plática.
A su lado, Javier Solano, un profesor de primaria, critica que las autoridades tanto federales como estatales no brinden información a estas comunidades, especialmente en su lengua materna, porque una gran parte de los adultos mayores no habla español.
Algunos Servidores de la Nación reconocen que debieron instalar módulos de información con las recomendaciones de la Secretaría de Salud, pero, argumentan, no se mandan solos.
Aquí se vive otra realidad, y es de fiesta. Aunque los niños de la banda sinfónica padecen hambre y fastidio, pues llegaron desde las 7:30 horas al deportivo de Xochistlahuaca, cuando ven llegar al Presidente, a las 11:56 horas, lanzan gritos y le ofrecen cantos en su dialecto.
Más tarde, en la comunidad afroamericana de Cuajinicuilapa el tabasqueño se deja envolver por el ánimo festivo de las bandas y los cuetes.
A su regreso a Ometepec, donde pasará la noche, se detiene en la carretera para beber agua de coco. No se le ve preocupado por la epidemia.