Rodrigo Ávalos Arizmendi

El pasado lunes 3 de septiembre, Enrique Peña Nieto dio lectura a su sexto mensaje con motivo del sexto y último, informe de gobierno. La ceremonia para tal evento se desarrolló en el patio central de Palacio Nacional. Generalmente a estos mensajes se convocaba a más de 1,500 invitados, sin embargo el lunes el número fue más reducido y había tres o cuatro filas en donde se veían espacios vacíos. Hubo algunas ausencias, como las de algunos gobernadores, pero creo que la naturaleza de este mensaje es que a diferencia del informe presidencial al cual nos acostumbró una tradición que quizás vuelva en uno de estos años, no es un mensaje con compromiso constitucional, es en realidad un mensaje social y por social quiero decir que estaban ahí representadas personas de la sociedad y del gobierno, personas del cuerpo diplomático, representantes de la Iglesia, algunas de las fuerzas armadas, militares, embajadores, empresarios, concesionarios, radiodifusores, periodistas, gente de la burocracia media, gente muy rica, otras no tan ricas, el ingeniero Slim, Carlos Peralta, o sea la sociedad mexicana más o menos ejemplificada por la concurrencia que va a escuchar, no lo que el presidente debe decir, sino lo que el presidente quiere decir; porque lo que el presidente debe decir lo dice en su informe que le entrega al Congreso, y si no va personalmente a entregárselo a los diputados y a los senadores en la sesión inaugural de la Legislatura, como se hacía antes en una sesión de congreso pleno , pues es porque no lo dejan y no lo dejan desde Vicente Fox para acá. La figura presidencial se regresó al Palacio Nacional, lo cual es un error parlamentario que ya muchas veces se ha comentado, en este gobierno y el anterior, pero así son las cosas en México. El requisito constitucional quedó cubierto desde el sábado y el lunes el presidente tuvo una oportunidad social, emotiva, emocional y realmente lo que se vio fue la despedida de un hombre que presentó su explicación de por qué actuó como actuó y cuáles cree él que son las cosas importantes que pudo hacer en seis años. Destacó obviamente sus reformas que fueron fulgurantes en el primer año, que lograron lo que no se había podido lograr en muchos intentos de modernización de una constitución de orígenes del siglo XIX, porque tiene todavía cosas que parecen de 1857, o las tenía, la modificación de todo lo relativo a la energía derivada de lo de 1938 y la constitución de 1917, y eso es para Enrique Peña algo muy importante, lo dijo lo repitió y no le quedó otro espacio más que refugiarse en la estabilidad económica y también la estabilidad política y la concurrencia del juego democrático, en el cual su gobierno no fue una garantía, porque su gobierno no pudo garantizar el proceso electoral pero su gobierno sí puede garantizar una transición ordenada y es algo interesante porque el presidente electo, López Obrador, no estuvo presente pero estuvo presente. Estuvo presente en el momento en que ya casi al final, el presidente ofrece como una prueba de la civilidad democrática y la estabilidad del país el orden en el que se realizaron las elecciones, el respeto total de la enorme manifestación popular de respaldo a un candidato de partido distinto del suyo, y la manera como se ha querido armonizar a gobierno que se va y al gobierno que llega. Sabemos que el Poder tiene una naturaleza muy especial. Cuando el Poder, al menos en México, en un sistema presidencialista se recibe, se recibe ¡todo el Poder! Y cuando el Poder se entrega, ¡se entrega todo el Poder! Aquí no hay medios Poderes ni Poderes a medias. El presidente el lunes tuvo su última oportunidad de hablarles a los ciudadanos desde el Palacio Nacional. Ya no tendrá otra oportunidad. Su próxima visita, a menos de que quiera ir a su oficina todos los días, pero su próxima aparición pública en el Palacio Nacional será en el balcón el próximo 15 de septiembre y desde ahí, por última vez en su vida, jalará un cordón tricolor y hará que repique el esquilón de San José, que así se llama esa campana que desde 1810 nos invita a soñar con la libertad, y después la siguiente vez al Palacio Legislativo a lograr, así sea por un segundo, el sueño de Porfirio Muñoz Ledo de tocar la banda presidencial, pero sólo para recibirla de Enrique Peña y entregársela a Andrés Manuel López Obrador. Y así se habrá terminado esta etapa de la historia de México. Peña habrá entregado el Poder y no tendrá una segunda oportunidad, lo que hizo con el Poder ya lo hizo. Y lo que no pudo hacer, ya no lo podrá hacer nunca más. El lunes fue su última gran aparición pública.

DELICADO EL CONFLICTO ESTUDIANTIL

Resulta sumamente preocupante lo que estamos viendo en relación con el asunto universitario, y quisiera destacar algunos puntos, entre ellos estas evidencias de las cuales hemos tenido testimonio a través de los medios de comunicación y que nos pone a considerar si en realidad todos estos servicios del G5 sirven como elemento preventivo, porque creo que a la luz del conflicto y del estallido de esta inconformidad estudiantil tanto en su parte auténtica como en su parte inducida, lo único que nos queda muy claro es que de qué nos sirvió ver cómo se preparaban los autobuses con las personas que después atacaron a la manifestación de los jóvenes de Azcapotzalco en la propia Ciudad Universitaria, si solamente nos sirve como testimonio de cómo fue la agresión pero no sirvieron en el momento en que la estaban viendo en las pantallas para detener esa agresión. No creo que se necesite demasiada ciencia para usar los elementos preventivos de seguridad a favor de la prevención, pero la policía no hizo nada. No me voy a meter en esta discusión que es absurda sobre si la policía debe o no entrar a la Universidad a poner el orden; lo que sí digo es que es mucho más fácil evitar que llegue el desorden cuando están viendo cómo se organiza el convoy de los porros, de los anarquistas, y todos sus similares y conexos y parecidos. Ese es un elemento que valdría la pena revisar. El otro es mucho más complejo y tiene que ver con la coyuntura en el tiempo de esta incipiente rebeldía estudiantil. Hace una semana la universidad no era un territorio vulnerable a la agitación política. Es más todos creíamos que la agitación política ya se había terminado en la CDMX, todos menos Fernández Noroña pero los demás sí habíamos creído que ya no había agitación política porque los que habían hecho de la agitación una profesión y una forma de agrupar clientelas electorales ya habían ido a establecer su dominio en diferentes posiciones del sector público, la Cámara de Diputados, la Asamblea de Representantes, las alcaldías o delegaciones de la CDMX, y ahora resulta que no, resulta que si tradicionalmente los porros tenían credenciales del PRI, como siempre se nos dijo durante toda la historia de los movimientos estudiantiles, hoy el PRI no tiene credenciales y las que tiene le sobran para repartir porque tienen un miserable número de senadores y un pequeñísimo número de diputados y no tienen ninguna capacidad de organización política en la CDMX. Tampoco creo que el PRD sirva para organizar un movimiento que puede desestabilizar dos cosas: Una el orden de la transición de un gobierno a otro, y la segunda y mucho más simbólica, importante y significativa… y peligrosa: la conmemoración casi sacralizada de los cincuenta años del movimiento estudiantil de 1968. La propia universidad se ha dedicado a promover la conmemoración, unos dicen la conmemoración por la parte luctuosa, otros celebración porque en ese movimiento creen algunos que se incubó la nueva cultura democrática nacional. Celebramos la insurgencia democrática, conmemoramos con dolor la represión del diazordacismo y la peor cara del PRI en toda su historia, aunque luego vino la de Echeverría que también tuvo su historia. La única similitud que hay con la de Echeverría es que también en aquella ocasión se vieron autobuses de los cuales bajaban los golpeadores.

¿Quién está haciendo este movimiento? No lo sé, pero el rector ha advertido que ya se extendió al Instituto Politécnico Nacional y a la Universidad Autónoma Metropolitana, lo cual me permite decir que todas las instituciones grandes de educación superior gratuita de este país están en la capital representadas por esas tres grandes instituciones que hoy están en paro, en huelga, en agitación, por protesta. ¿Qué va a pasar de aquí al día 13 que se conmemorará también aquella marcha en la cual el rector de la Universidad protestó por el bazookazo y el principio inminente de la represión? No sé, pero si va a haber una manifestación el día 13, el rector actual de la UNAM no podrá encabezarla, porque en contra de él se han enderezado críticas sumamente injustas, creo yo, con el eterno recurso de pedir la renuncia del rector. Como si el rector fuera el responsable de lo que pasó en un campo en el cual él tiene una mínima capacidad de control y de vigilancia de grupos que patrullan ahí, casi casi, de manera simbólica.

Sin duda es un momento arriesgado para quien esté fomentando esto, porque los fenómenos de esta naturaleza no son espontáneos como la lluvia, no son cosas que ocurren nada más porque sí. La organización de grupos requiere un trabajo político. Alguien habría dicho: “Primero los entrenas y después les quitas las cabezas y actúan por sí mismos”. No sé si eso sea cierto o no, pero es labor de la autoridad saber de dónde proviene el aliento y el impulso, el fomento y el patrocinio de estos grupos, porque de otra manera en muy poco tiempo pueden echar a perder todo este clima tranquilo de la transición de un gobierno a otro, y lo que es peor: pueden volver a meter a la Universidad y a las instituciones públicas de educación superior en problemas de los cuales, después, será sumamente complicado salir.