Luis Muñoz Fernández

Mucha gente tiene sus momentos más contemplativos cuando está delante del tajo, cortando leña. Es una buena mezcla entre repetición y variación, y a menudo es el primer trabajo que se hace al aire libre después de un largo invierno. Se desempolvan el hacha o la astilladora y empieza a oirse el gruñir de la sierras de los jubilados, que vuelven a sentirse útiles. El olor a savia y a resina fresca inunda el aire, y por fin llega el momento de citar las palabras de Hans Børli en su libro “Hacha y lira”, sobre al aroma de una pila de leña: es ‘como si la vida misma pasara, descalza / y con rocío en el pelo’, ‘El aroma de la leña fresca / pervivirá entre tus recuerdos últimos cuando caiga el velo’.

Lars Mytting. El libro de la madera. Una vida en los bosques, 2016.

 

Tengo muy presente, cada día que pasa mucho más, la imagen de las manos de mi abuelo y de mi padre. Ambos eran mecánicos de la industria textil y, por lo mismo, sus manos hablaban de una larga relación con las herramientas que empleaban en su trabajo. Manos callosas, con una notable fuerza prensil, pero cálidas y suaves a la vez.

Su amor por las herramientas era constante. De ello hay todavía huellas en nuestra casa, como la caja metálica donde mi padre guardaba las herramientas del hogar, que heredé y que hoy acompaña a la mía propia que él me preparó y regaló cuando nos íbamos a casar. Haciendo honor a la verdad y aunque no he tenido la misma relación amorosa que mi padre le dispensaba a esas herramientas, sí la tengo con los instrumentos de mi propio trabajo como patólogo. Me gusta que estén limpios y afilados.

Remontándome a los ya lejanos días de mi infancia, puedo recordar una caja que mi abuelo guardaba bajo su cama. Yo la sacaba de vez en cuando para admirar las herramientas que allí tenía y que desprendían un aroma no muy fácil de describir, tal vez una mezcla de grasa y metal  Me maravillaban aquellas herramientas, aunque a veces ignoraba para qué servían. Algunas tenían un filo extraordinariamente agudo que me imponía un profundo respeto.

Ese temor reverencial se debía a que uno de los dedos índices de mi abuelo, no recuerdo si el derecho o el izquierdo, le faltaba la falange distal (o tal vez dos de las tres falanges). Se lo había cortado con una máquina. Recuerdo bien el muñón redondeado y la perfecta movilidad de aquel dedo mutilado. Una advertencia de que con ciertas herramientas no se juega.

Una sola vez “trabajé” con mi padre en la fábrica. Fue durante un verano, poco antes de entrar en la universidad, cuando cobré conciencia del privilegio de mi vida hasta entonces regalada, dedicada solamente al estudio, sin el peso de la responsabilidad que implica un trabajo auténtico. Aquel verano me puse la bata de mecánico y fungí como aprendiz de mi padre y sus colaboradores.

Me maravillaba ver cómo mi padre soldaba los metales poniéndolos al rojo vivo, para luego sumergirlos en el cianuro con el que templaba su fusión. No sé si bromeaba al decirme que guardaba en casa un poco de aquel cianuro por si, llegado el caso, se veía obligado a escapar de una muerte demasiado dolorosa. No lo hizo. El dolor, un síntoma que cobró gran importancia en la parte final de su vida, fue paliado de una manera médicamente ortodoxa.

Al pensar en la relación de mi padre y de mi abuelo con sus herramientas llego a la conclusión de que ese trato los humanizaba, que los hacía mejores personas, más conscientes de su papel y su sitio en el mundo. Sin meditarlo demasiado, sin la necesidad de acudir a una preparación académica formal, alcanzaban una madurez, una seriedad y una sensibilidad que los distinguía. Una fortaleza que a veces oponían a sus patrones, simples hombres de escritorio.  Algo parecido a lo que nos relata Mike Wilson en Leñador o ruinas continentales (Fiordo, 2016):

No me deja de asombrar la coordinación de los leñadores al trabajar con el tronzador, el ritmo de sus movimientos, no necesitan dirigirse la palabra, es como si supieran lo que el otro piensa, como si al empuñar los asideros completaran un circuito que los hace emitir aquel zumbido gutural. Me queda la sensación de que el vaivén del aserrado es un estado de meditación, un ensimismamiento, que salen de la faena iluminados.

Aunque la técnica y las herramientas han acompañado al hombre desde hace siglos, sólo hasta ahora afirmamos que vivimos en la “era de la técnica”. ¿Por qué? ¿Qué distingue a la técnica actual (tecnología) de todas las técnicas pasadas? En su libro El respecto o la mirada atenta. Una ética para la era de la ciencia y la tecnología (Gedisa, 2006), el filósofo catalán Josep Maria Esquirol finca esa diferencia en cuatro aspectos: un poder, un sistema, una revelación y un lenguaje.

Hasta hace poco, las técnicas utilizadas por el hombre tenían un impacto relativamente modesto en el medio ambiente. Esto ha cambiado drásticamente. Esquirol cita al filósofo Emmanuel Mounier, que en 1949 dijo lo siguiente: “un poder único ya adquirido, contrario a todos los demás, el poder de hacer saltar este planeta y la humanidad que lo habita, así como su mismo poder de crear otros poderes”. Estamos destruyendo el planeta y el poder capaz de crear otros poderes es hoy una realidad que encarnan las técnicas de edición genómica. El hombre está ante la posibilidad real de crearse a sí mismo y de modificar el curso de su propia evolución como ser vivo.

En cuanto al “sistema técnico”, Esquirol lo define como “el conjunto de interrelaciones entre las distintas técnicas y elementos próximos a las mismas que configura una especie de entramado dinámico con cierta tendencia a la autonomía, es decir, a moverse y desplegarse por sí mismo”. Piénsese en la confluencia de las técnicas informáticas con las de las telecomunicaciones y con las de la ingeniería genética: la bioinformática que ha hecho posible la lectura e interpretación inicial del genoma humano.

Esta confluencia sistémica ha borrado incluso las fronteras entre la ciencia (y su aspiración de conocer) y la tecnología (y su intención de dominar), dando lugar a la tecnociencia que permea casi todos los aspectos de nuestras vidas. Como el progreso de la investigación científica actual requiere obligadamente de un creciente y costoso desarrollo tecnológico, también vemos la confluencia entre dos sistemas en principio distintos: el tecnocientífico y el económico. Hoy la investigación biomédica es un jugoso negocio y la neutralidad ética de la técnica ha desaparecido.

La ciencia y la técnica son una revelación porque nos muestran una forma de ver el mundo, como lo hace también el arte. Pero, a diferencia de este, su intención de dominio nos proporciona una cosmovisión hegemónica: lo que nos es científico carece de credibilidad. Esta visión de la ciencia moderna se basa en que todo es determinable, que todo puede ser descubierto, medido y pesado: la naturaleza se ha matematizado. Se excluye lo que no puede reducirse a números. Del conocimiento del mundo se ha pasado al dominio del mundo. La tecnociencia nos revela un mundo desencantado y manipulable en el que el misterio no tiene cabida y en el que todo es un recurso para su consumo. Incluso los seres humanos son ahora “recursos humanos” o “capital humano”.

De los párrafos precedentes se desprende todo un lenguaje: recursos, reservas, acumulación, consumo, etc. Cobra singular importancia la palabra explotación. Explotar es, según Esquirol, “sacar fuera y aprovecharse de lo sacado”: los minerales, el petróleo y hasta los genes, que se sacan del interior del hombre para obtener provecho económico. El lenguaje de nuestra era es el de la informática, que abstrae y simplifica la realidad del mundo y extiende con gran eficacia el dominio de quienes lo detentan. Nuestras actuales herramientas informáticas y sus redes sociales ya no nos subliman, sino que nos idiotizan. Los “dispositivos inteligentes”nos están embruteciendo sin remedio. No nos forman, sólo nos informan.

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