Carlos Reyes Sahagún

A propósito del centenario de la Soberana Convención Militar Revolucionaria, he estado reflexionando sobre el hecho de que éste, que ha sido el mayor acontecimiento de la Historia Patria que ha tenido lugar en Aguascalientes, se haya realizado en un teatro; el Teatro Morelos…

La idea me llama la atención; la metáfora profunda que encierra esta relación entre el teatro y la política, de tal manera que sea posible hablar de la teatralidad de la política porque señora, señor: ¿qué sería de ésta sin la vestimenta de oropel y luces que le aporta el teatro? ¿Tendrían alguna gracia las horas de encierro en un gabinete de trabajo, la redacción silenciosa de documentos cuyo eco trasciende hasta la eternidad, el cansancio y la acumulación de colillas de cigarro, las discusiones interminables, las tazas de café, las amenazas más o menos veladas, las mandíbulas apretadas en sonrisas a punto de congelación? ¿Qué sería del presidente de la República si no pudiera cruzar su pecho con la bandera tricolor cada noche del 15 de septiembre para gritar, henchido de patriótico orgullo: ¡Mexicanos!…? ¿Qué sería de él si no recibiera los honores de su alta investidura; si no colocara la ofrenda floral del 13 de septiembre en el Altar a la Patria, y en el momento de la guarda de honor sus presidenciales ojos no se fijaran en la versión autóctona de la diosa alada de la Victoria, siempre a punto de echarse a volar desde su pedestal del Paseo de la Reforma?

¿Por qué la convención se realizó en un teatro? En principio porque en esa época era el único espacio de proporciones respetables que existía en la ciudad. Era, dirían hoy, la única infraestructura apropiada para ese efecto. No había salones de fiestas ni clubes sociales ni patios ni canchas escolares. Pero la pregunta subsiste si tenemos en cuenta que existían los templos, cosa que muy probablemente le parezca a usted chocante, levítico lector, por no decir que se trata de un escupitajo contra el cielo… Pero si traigo a colación los espacios que muchos consideran sagrados, es porque justo en los días de la convención el periódico capitalino El Liberal dio a conocer el proyecto de convertir el templo de San Antonio en Palacio Legislativo, que quizá no se llevó a cabo por falta de tiempo, pero no de ganas y convicciones…

Es decir, que existió la probabilidad de que los muros de la obra maestra de Refugio Reyes escucharan las peroraciones de nuestros diputados, y no las prédicas del seguimiento de Cristo, o los votos de tanta gente bonita que se ha matrimoniado ahí…

De aquí que pregunte; me pregunto: ¿por qué no la catedral convertida en recinto oficial de la revolución armada? Después de todo el movimiento tuvo fuertes dosis de anticlericalismo, y en los días anteriores a la reunión militar se llevó a cabo una quema de confesionarios en el jardín de Guadalupe. Por si esto no fuera suficiente, el propio periódico El Liberal informó en esos días que todos los templos estaban cerrados, a excepción de cuatro –lástima que no menciona cuáles– que se atiborraban de fieles que clamaban perdón por tanto despropósito de la revolución –esto último es dicho mío, digo, aunque el rotativo sí señala lo de los cuatro templos llenos de fieles–, e incluso la mesa directiva de la convención mandó suspender, el 15 de octubre, el repique de campanas de catedral, que para eso ya era soberana…

De aquí que afirme yo que el cuestionamiento es válido: ¿por qué se realizó la convención en el teatro? Cualquiera que sea la respuesta, desde la más obvia hasta la más elaborada, la idea me fascina, insisto: esta relación entre política y teatro…

Imagine la escena, aplaudido lector; nomás imagínesela… Los delegados trasladando lo sagrado del recinto religioso que estaba ahí, calle de por medio, al recinto artístico y cívico, firmando la santa bandera de heroicos carmines, y haciéndolo con toda solemnidad, en completo silencio, bajo promesa de perder la vida en caso de faltar a los acuerdos que ahí se alcanzaran –cosa que hicieron antes de que terminara de secarse la tinta–; mi general Villa, emocionado hasta las lágrimas ante perfumados y chocolateros, clamando por la suerte del pobrecillo; Antonio Díaz Soto y Gama estrujando la bandera como si se tratara de mujer virgen y pura, y las pistolas saliendo a lucir y relucir, los gritos y cachuchazos; los chiflidos ante las tropas carranclanas desfilando en la ciudad de México, captadas por la innovadora tecnología del cinematógrafo, y el pecho inmutable del primer jefe, don Venustiano Carranza, montado en su caballo, incólume frente a los balazos que le tiraron, como un moderno hombre de acero…

¿Acaso no hay una carga de teatralidad en todo esto? ¿Cómo no sentir el aliento cálido de las musas artísticas en la riesgosa, pero bien calculada renuncia de Venustiano Carranza a la Primera Jefatura? Y luego, antes de que alguien le ganara la tribuna, Luis Cabrera subió presuroso, para invitar al respetable a ratificar a don Venus… ¿Y qué decir del aspirante a manco de Celaya, mi general Álvaro Obregón?, cuando afirmó en la sesión en que la convención se declaró soberana, cuando dijo, casi con el corazón en las manos: “ayer yo era un cadáver, ayer yo era un cadáver moralmente, porque creía que no éramos dignos de tener un país libre… Hoy, señores, ya puedo morirme, porque he podido justificarme ante la faz del mundo, que soy hombre leal, que soy hombre honrado; que no traiciono a Carranza; que no traiciono a Villa; que no traiciono a mi Patria y que mi vida será para ella.”

Que teatro y política se relacionan, es obvio… No en balde el ICA subtituló el gran libro que publicó a manera de conmemoración del centenario aniversario, Un teatro para la tormenta… Hasta el nombre del evento tiene un toque de grandilocuente teatralidad: soberana convención militar revolucionaria… Como si el espíritu de la Francia revolucionaria, esa que descabezó a sus monarcas, se hubiera trasladado al merito Aguascalientes, a donde fueron llegando los valientes, no con un gallo copetón, sino con sendos pistolones…

Imagine aquello, las inmediaciones del Teatro Morelos… Las bandas de música –y a lo mejor de otra cosa–, los uniformes, los sombreros, los bigotes, los gestos aparentemente naturales, quizá extensamente estudiados, los vivas y los mueras…

El teatro… El espacio en el que se representa la vida, y se hace de una manera calculada, debidamente planeada en su planteamiento, desarrollo y desenlace, como ocurrió con Carranza, su renuncia y posterior ratificación, pero que se hace de una forma tal, que es capaz de alcanzar la suprema altura de la naturalidad; la credibilidad.

El teatro… El espacio de luces y sombras que enmarca la representación de todo tipo de obras… Comedias, tragedias, dramas, farsas, tragicomedias, sainetes, entremeses, monólogos… ¿A cuál de estos géneros perteneció la Convención de Aguascalientes? (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a [email protected]).

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