Jesús Eduardo Martín Jáuregui

En un pueblito del estado de Hidalgo, de cuyo nombre no quiero dejar constancia, el presidente municipal había preparado durante varios días la ceremonia de “El Grito”, había mandado lavar y planchar su sombrero y con gasolina blanca limpió hasta la más pequeña mancha de la chamarra de caqui, en la peluquería le bolearon los botines charros que guardó en una bolsa de papel de estraza para que no se le fueran a ensuciar. Desempolvó “El Tesoro del Orador” y recordó lo que en la secundaria el maestro Hercilio, el de la Poesía Coral, les había enseñado algo que pensó que nunca le serviría y ahora parecía que sí, que’sque el exordio, el nudo, el desenlace o despedida. Exprimió su cerebro para recordar algunas palabras domingueras y su compadre Mónico le platicó que un locutor de la televisión dio unos consejos de su abuela para dar un discurso. Párate, pa’que te vean; habla fuerte pa’que te oigan; y no te alargues paque te aplaudan.

La noche del quince, en Palacio Municipal estaba todo listo. El presidente nervioso iba de un lado para otro mascusando las partes principales del discurso. No se daban seguido las oportunidades de echar un discurso, así que además del Viva México y la pequeña letanía de héroes, preparó su discurso, alto, sonoro y significativo, así como indicaba “El Tesoro del orador”. Poco antes de las once de la noche ya estaba tupidita la plaza, la kermesse había atraído más gente que de costumbre, y aunque algo le había tenido que poner, valía la pena ver como chicos y grandes se echaban su plato de enchiladas por diez pesos con todo y refresco. Juancho el secretario le avisó que ya era hora. Se acomodó el sombrero, pescó del brazo a la compañera y salió a la puerta del “palacio” municipal justo cuando el sargento de la banda de guerra tocaba el toque de atención. Empezó el discurso: “Era la noche del quince de septiembre. El sol reverbereaba sobre la cabeza del anciano…” Melitón, tenía que haber sido el mala cabeza de Melitón, el que gritó interrumpiendo el hilo de la pieza oratórica: “¡Sería la luna!”. No se pudo contener, tan bonita palabra: “¡Sería tu madre, pero reverbereaba!”.

En la Blanca, Zacatecas, pintoresco y modesto pueblito cercano a Pinos, aconteció que por primera vez en muchos años, el temporal se había manifestado parejito y cumplidor. Desde abril, algunas lluvias esperanzadoras habían anticipado el tiempo de aguas: “Lluvias de abril, talegas mil”, decían los labriegos frotándose las manos. Mayo trajo calor y poca agua, pero al fin también el dicho dice que “Agua de mayo, ni pa’l caballo” y hay quien le agrega: “Al primer trueno de mayo, mi casa se quedó sola, mi mujer y mi caballo, los dos pararon la cola”. Lo bueno fue que en mayo, ni agua ni truenos. Junio trajo a San Juan y a San Pedro y San Pablo y anticiparon con unas buenas tormentas lo que vendría después. La canícula entró con lluvia y como se había anunciado en las cabañuelas esto fue llover y llover, como ni mandado a hacer. Porque la lluvia fue menudita y constante, dicen que moja tarugos, pero remoja la tierra. Luego salía el sol dos o tres días y regresaba la lluvia.

El quince de septiembre, ya estaba preparada la fiesta para El Grito. Trajeron una banda de Ojuelos y mezcal de la Pendencia, los que sabían tenían sus guardaditos de Santa Teresa que es mas fuertecito, pero al pardear el cielo se encapotó y una retahíla de truenos anunció una culebra que cargó con todos los adornos de papel de china, dio al traste con las banderitas que adornaban las casas. La lluvia no cesaba y la gente prefirió guardarse en la casa y aunque de las aguas queda más que de las secas, junto al “Que llueva, que llueva, la virgen de la Cueva, las nubes se levantan, los pajarillos cantan, ¡Que sí, qué no, qué caiga un chaparrón!”, también en voz alta rezaban “Santa Bárbara doncella, líbranos de una centella”.

El presidente municipal de la Blanca, agorzomado y mohíno por la lluvia, aunque esperanzado por la cosecha, lamentaba que no fuera a haber Grito, porque, vamos a ver, un Grito sin gente no es Grito. A ver, que hubiera hecho el Padre Hidalgo si le hubiera llovido como orita, pensaba y pensó. De manera que llamó a regidores y síndicos que practicaban hedónicamente el placer de ver llover y no mojarse, a reunirse en el salón de juntas. Con toda la entereza y serenidad de que fue capaz y haciendo de tripas corazón porque implicaría volver a hacer el gasto les propuso: “Señores del Cabildo, qué les parece que por motivo de las lluvias, dejemos el quince pa´l dieciocho”, por unanimidad el cabildo secundó a su presidente: “¡Aprobado!”, y así fue. El dieciocho no llovió.

Si lo hacen los presidentes…y las presidentes municipales, contimás los presidentes de la república que, como ha quedado dicho en anteriores artículos por si algún nuevo y despistado lector se topa con esta columneja, suelen sufrir como en mayor o menor medida, todos los políticos, la tentación del Adanismo, que es tanto como sentirse el primer hombre sobre la tierra, y llegan como es natural a inaugurar el mundo. Así es que el presidente López Obrador, como cualquier otro político estuvo pensando como reverberar su ceremonia de El Grito. Lo mejor, desde luego, es que aquí no hay más que un solo Dios verdadero y ni siquiera tres personas distintas, porque los otros dos poderes no pintan y la señora esposa del Presidente, pues no es más que la señora esposa del Presidente. A él le gusta mandar mensajes y aprovecha para ello la menor oportunidad. Tira la piedra y no esconde la mano, pero se hace como que la Virgen le habla.

Por decisión del pueblo sabio de México, nuestra república es democrática, representativa y federal, y una decisión política fundamental es que para su ejercicio el gobierno se encomienda a tres poderes que tienen la misma jerarquía, a menos que la Cuarta Transformación haya decidido lo contrario y estemos en camino de modificar la Constitución.

Esta vez se trataba de que sólo AMLO reverbereara y reverbereó.

 

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