Josemaría León Lara Díaz Torre

“He shallfrom time to time give to the Congress Information of the State of the Union, and recommend to therir Consideration such Measures as he shalljudge necessary and expedient (…)”.

De esa manera comienza la Sección III, del Artículo II, de la Constitución de los Estados Unidos de América; haciendo referencia a las atribuciones y facultades con las que cuenta el titular de la executivebranch, es decir, el presidente en turno. Teniendo el gobierno estadounidense su origen en la voluntad de su pueblo, la Convención Constitucional de Filadelfia (1787), tuvo a bien dictar, la necesidad de que el presidente, rindiera cuentas de sus acciones de gobierno ante el Congreso.

Su consolidación histórica como una nación de poder, así como la tradición misma, ha convertido al State of the Union, en un acontecimiento anual con características tan protocolarias, que permiten echar un vistazo, a la mística esencia de esa nación. Evento lleno de simbolismos, tanto del ejercicio del poder, como de los pesos y contrapesos que han servido como inspiración a lo largo de los años para muchos otros países.

Se trata de una sesión bicameral del Congreso, dentro de la Cámara Principal del mismo, a la que asisten además de congresistas y senadores, los jueces de la Corte Suprema, miembros del gabinete presidencial y la Junta de Jefes del Estado Mayor; una faraónica representación de la división de poderes y de su innegable fuerza militar. Detrás de la tribuna principal y al pie de la bandera de franjas y estrellas, escoltan al presidente, el vicepresidente, haciendo veces de presidente del Senado y el portavoz de la Casa, también conocido como el presidente de la cámara baja.

El presidente pronuncia un discurso, siempre pulido, bien estructurado y muchas veces ensayado; el cual se ve interrumpido en varias ocasiones tras los aplausos, casi siempre cómplices, de los asistentes. Y a pesar de tratarse de un requerimiento legal, sirve de escaparate para que el presidente luzca su administración y además presente su agenda legislativa ante el Congreso. Además de dejar en evidencia, el respeto y el profesionalismo del sistema bipartidista estadounidense.

Tanto para propios como extraños, el Estado de la Unión es un emblema más del nacionalismo patriótico norteamericano. Un emblema al parecer histórico, evidenciado quizá un pasado tan cercano, pero a la vez tan distante, el martes de esta semana, en la segunda comparecencia ante el Congreso del actual presidente, pero la primera “rindiendo cuentas” a través del protocolario evento, acostumbrado para los últimos días del mes de enero, año tras año, presidente tras presidente.

Un hombre atípico, convertido en un presidente atípico, con una forma de gobernar atípica, rompe con los esquemas y la tradición de manera grotesca, tomando evidente distancia con lo acostumbrado. El primer State of theUnion de Trump –esperando que solo sean tres más-, permitió ver al personaje ya acostumbrado, lleno de odio en su retórica, utilizando la tragedia personal de unos cuantos asistentes “invitados especiales”, para pretender legitimar su agenda nuclear y la migratoria; insultando a la misma institución republicana, mintiendo deliberadamente ante una nación que se encuentra (según él) en vías de ser “grande otra vez”.

Un discurso, pausado, aburrido y lleno de hipocresía por parte de los congresistas copartidarios del presidente. Falsa adulación, que comienza por dar muerte a una institución presidencial, respetada y en ocasiones temida por el resto del mundo. Estados Unidos está cambiando, más no de la manera prometida o esperada, con un bufón de líder, han dejado de ser el epicentro mundial.

 

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