Jesús Eduardo Martín Jáuregui

¿A dónde va Vicente? A donde va la gente. Dicho popular

Después de cuatro años de revisar intensamente los periódicos y la síntesis informativas e incluyen los programas de radio y televisión, al regresar a mi “tiendita” (la notaría) me he tomado  unas relativas vacaciones, mientras me pongo al corriente de cambios legislativos, impositivos y de criterio, o más bien de falta de criterio de algunas autoridades. Por eso no es de extrañar que no supiera de la visita del señor “Peje” el pasado martes, invitado según dijo por grupo de empresarios aguascalentenses, algunos de los cuales podrían haber pasado hace algunos años por integrantes de la “mafia del poder”.

El oportuno comentario en una reunión de amigos me puso sobre aviso, porque no era dejar pasar una reunión informativa con el licenciado Andrés Manuel López Obrador, pero ahora en la comodidad del salón amplio y confortable de un conocido hotel del norte de la ciudad, (como dirían las crónicas de sociales) con cofi breik y toda la cosa. La generosidad y atingencia de un amigo cercano a las huestes morenas, me permitió ahorrarme las colas para el registro y colocarme como diría Benito Juárez en la honrada medianía. Ni tanto que queme al santo, ni tanto que no lo alumbre.  Estratégicamente instalado pude tomar nota de la presencia de muchas personas que se disputaban las primeras filas y que en otros tiempos no hubieran ido a escuchar al “Peje”  ni amarrados, a juzgar por sus expresiones pretéritas.

La concurrencia fue nutrida, y los que no se habían nutrido tuvieron la oportunidad de hacerlo con un generoso “tentempié”  que permitió entretener a las lombrices, mientras llegaba la hora del amigo, los güisquis y las botanas y por supuesto como diría mi amigo “desequi”: “cosa bonita, viera usted”, nadie vergonzante, nadie furtivo, intercambiando pródigamente “muchos gustos”, sonrisas y parabienes,  poniéndose al corriente de manera veloz: – ¿Qué tal? -, – Pos aquí nomás, ¿y tú? -, – también, ai la llevamos -, – bueno, aistamos -, – ei, aistamos -. Las sustanciosas conversaciones fueron interrumpidas por una tentativa inacabada de aplausos y porque casi la mitad de los presentes se pusieron de pie.  Yo no, ni que fuera Cagancho o de perdida Enrique Ponce. Era el “Peje” que, sin fanfarrias ni matracas ni redobles ni porras ni acarreados, como simple mortal, con toda naturalidad y sencillez subió a la mesa al frente acompañado de Alfonso Romo a su derecha y a su izquierda Ricardo Monreal, que luce muy remozadito como si le hubieran acabado de dar su “charipé”, aunque hablando de colocaciones desde el público el de la izquierda se veía a la derecha y el de la derecha a la izquierda. Suele suceder.

López Obrador estuvo en López Obrador, o por mejor decir estuvo en el López Obrador de “amor y paz”. Se trata de disipar las dudas, de desaparecer los temores, de convencer de que su gobierno no sería de revancha sino de re-angosta, sólo exigiría cuentas a unos cuantos, los verdaderos responsables de la debacle económica, política y social que vive México, es decir a los de la mafia del poder, que es una expresión que impacta, pegajosa, sabrosona y no comprometedora. Porque “ya saben quién” acusa a “ya saben quienes” de los infinitos males que nos acontecen a los mexicanos de “hermosas grebas” por citar al clásico Homero, y perdonen los “millenials” no Homero Simpson sino Homero el rapsoda.

Este “Peje” inspira confianza, su actitud es bonachona, su discurso sencillo y claro, sus acotaciones terminantes y sus bromas cuando se refiere a muchas de las imputaciones que se le han hecho, francas y sin dobleces. Uno piensa que es una persona con la que podría amistar, con la que se podría charlar toda una tarde de béisbol, ante unas caguamas y un pejelagarto bien sazonado, por allá en los pantanos de su nativo Tabasco. Que sepa de béisbol es muy importante, fundamental diría yo. Un deporte en que la estrategia juega un papel definitivo, y en el que el tiempo no cuenta. Lo sabe bien López Obrador que ha permanecido casi 20 años en campaña y ha venido ajustando su estrategia de una forma en que aunque “esto no se acaba hasta que se acaba” como decía Yogi Berra, parece que ya cantó la gorda. También decía “la ópera no se acaba hasta que canta la gorda”.

Por descontado se da que no hubo sorpresas, los discursos del “Peje” son como los conciertos de Vivaldi, agradables y predecibles, solo que sin la brillantez y facundia del monje rojo. Aguascalientes, según dijo, es el antepenúltimo estado en el que lleva a cabo una reunión como la de antier, con empresarios convocados por Alfonso Romo y sus colegas, y seguramente si alguien había tenido la oportunidad de estar presente en alguna reunión anterior, se encontró con que eran calcas. Más aún el discurso que pronunció en la Asociación de Banqueros mutatis mutandi viene siendo lo mismo. Lo que sí me llamó la atención y de alguna forma me recordó a Don Fidel Velázquez, fue que ahora se expresó de corridito sin las desesperantes pausas que hace cuando lo entrevistan. Don Fidel lo recordarán, cuando era entrevistado hablaba entre dientes de manera que uno tenía que imaginar lo que decía, en cambio cuando pronunciaba un discurso con sus agremiados pronunciaba fuerte y claro. Con los periodistas cuando el “Peje” termina la respuesta ni quien se acuerde cual era la pregunta.

Por supuesto nadie puede estar en contra de lo que predica el licenciado López Obrador, nadie puede estar en contra de acabar con la corrupción, ni siquiera los corruptos que también públicamente la condenarán. Nadie puede estar en contra de la impunidad, al menos para el discurso y para las galerías. Nadie puede estar en contra de que se disminuya el despilfarro, se bajen los impuestos, se reduzcan  los precios, se mejoren los servicios, los malos se vuelvan buenos y los de la mafia en el poder ahora se ostenten como interesados, si no seguidores del tabasqueño.

Lo que es indudable es que, para muchas buenas conciencias, siguiendo la receta de Don Fabrizio en la novela de Giussepe de Lampedusa “El Gatopardo”, elevada a obra maestra por Luchino Visconti: “Hay que cambiar para que las cosas sigan igual”, aunque para 50 millones de pobres muy seguramente las cosas no cambiarán, pase lo que pase.

                 

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