Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

A pesar de que el año en curso es 2017, una tradición de ascendencia medieval se ha preservado casi intacta pero con investiduras de modernidad gracias a los incontables esfuerzos de diversas compañías trasnacionales por perpetuar las incontables ganancias que genera: El Día de San Valentín, una celebración originada por el natalicio del mártir romano Valentín de Terni (año 250 d.C.) a quien se asoció durante el medioevo con ritos vinculados a la veneración del amor fraterno, por motivos no del todo esclarecidos. Sin embargo, la fecha en cuestión ha mutado en conductas socializables amparadas en el intercambio desmedido de tarjetas palpables o virtuales que pretenden reforzar los lazos afectivos entre individuos que, al parecer, requieren un día específico para demostrarlo, ya sea con los mencionados retazos de papel impresos en colores e ilustraciones llamativas u otros elementos que permitan cosificar los abstractos sentimientos que uno posee hacia ciertas personas, como son: estuches barrocamente decorados con contenido azucarado y revestimiento de cacao, representaciones antropomórficas de diversa fauna animal con expresiones dulzonas, manifestaciones afectivas reservadas exclusivamente para la ocasión, etc.; o mediante la entrega de diversos obsequios que semejan ofrendas de paz más a modo de expiación o granjeo que como muestra genuina de cariño. Por supuesto, sólo fue cuestión de tiempo para que el cine capitalizara en el fenómeno y explotara las capacidades de las relaciones interpersonales en un cúmulo de producciones que, para un sector considerable de cinéfilos, son de revisión obligada en este mes. El problema radica en que el romanticismo se ha visto ultrajado hasta la saciedad para sustituir las complejidades de las relaciones hombre-mujer en una viscosa amorfosidad de celuloide con un repelente centro cremoso acaramelado capaz de provocar daños irreversibles en los índices de glucosa de cualquier persona, promoviendo la banal cursilería como supuesto instrumento de seducción y vocero del amor genuino, acuñando una peculiar pero desafortunada máxima: si es almibarado, es redituable.
Afortunadamente por cada sosa y predecible comedia romántica, por cada nauseabundo intento de Martha Higareda de sobrevivir a nuestras costillas y por cada “Titanic”, existe una propuesta cinematográfica capaz de explorar los recovecos existenciales que subyacen en toda comunión romántica, exponiendo la verdadera naturaleza del amor a través de la otredad: el erotismo, un sinfín de parafílicas narraciones que el 7º arte ha abordado con igual entereza que gratuidad, pero siempre gratificante ante el desembarazo de lo meramente convencional.
La fijación sexual y subsecuente enamoramiento ha erogado en notables producciones donde la psicología humana se ve confrontada con el más fervoroso libido, poniendo al descubierto los primordiales mecanismos que permiten ejecutar una relación interpersonal más funcional y compleja, más allá del obligado bouquet. Esto lo plantea director japonés Nagisa Oshima con pavorosa exactitud en sus cintas “El Imperio de los Sentidos” (1976) y “El Imperio de la Pasión” (1978), filmes donde la obsesión carnal lleva a un proceso de exploración corporal que unifica a las dos entidades femenina y masculina protagonistas a puntos insospechados, llevados a un clímax anhelado por muchos y repelido por otros por su honesta visceralidad, todo enmarcado en una bella percepción del Japón más libre en términos corporales.
La perversidad, esos cuartos cerrados de nuestra psique mimetizada por el condicionamiento moral, se ven desarrollados como puntos integrales en diversos filmes que la encauzan a niveles de bálsamo catártico tanto para los personajes como para la audiencia. Ejemplos: “Lolita” (Kubrick, E.U. 1962), la erótica y oscura épica minimalista de Vladimir Nabokov llevada a la pantalla por un maestro del discurso cinematográfico que comprendía la sutil provocación originada por la subversiva relación entre un hombre de mediana edad y una chiquilla de 14 años evitando toda representación equivalente a escabrosidad mediante la diáfana exploración psicológica y emocional que realiza Kubrick sobre y de sus protagonistas; “El Último Tango en París” (Bertolucci, Francia-Italia, 1972), un discurso eminentemente existencialista donde el cascarón de un hombre maduro (Marlon Brando) afligido por la muerte de su esposa encuentra un sustituto para su alma en la forma del virginal cuerpo de la ya fallecida Maria Schneider, una cinta que provee tanto una pareja de prodigiosos intérpretes como el uso alternativo para la mantequilla y que logra permanecer vigente aún si el escándalo recientemente ha mancillado su poderosa propuesta; “Obsesión” (Malle, Francia-G.B., 1992), una puesta al día de  “No Desearás la Mujer de tu Hijo” (Rodríguez, México, 1950) pero con Jeremy Irons en el papel de Fernando Soler seduciendo a la prometida de su vástago, todo interpretado y fotografiado espléndidamente para obsequiarnos el deleite de la transgresión familiar mediante el cuerpo no como un mero quebrantamiento de tabúes, sino como un sutil ejercicio en inteligencia narrativa; “Luna Amarga” (Polanski, E.U.-G.B., 1992), la fijación sexual de un hombre casado (Peter Coyote en su último papel digno) con una atractiva francesa (Emmanuelle Seigner, pareja del director) mientras viaja con su esposa (Kristin Scott-Thomas) en un crucero a Estambul. Las calistenias físicas coitales son de antología y la desnudez emocional todo un agasajo para el intelecto; “Crash, Extraños Placeres” (Cronenberg, E.U.-Canadá, 1996), la lascivia llevada a su extremo más bizarro e inquietante, donde James Spader encuentra una satisfacción erótica tanto en Holly Hunter como en los accidentes automovilísticos, analogando las colisiones corporales con la de máquinas de combustión interna, maravillosa en su inteligente discurso y simbología.
Es así que éstas, como otras producciones que descubren los secretos de las clausuradas alcobas donde residen las fantasías, nos muestran un panorama que no sólo seduce, sino alecciona. Una experiencia que puede resultar por demás gratificante un 14 de febrero más allá del efímero buqué de rosas y las promesas amorosas que no pretende cumplir.

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