Luis Muñoz Fernández

Para mi esposa y mis hijos.

Eliane Brum, periodista, escritora y documentalista brasileña, es una aguda observadora de la realidad y en uno de sus artículos nos dice: “En este tiempo en el que nadie tiene tiempo de tener tiempo, la delicadeza de la vida parece haber sido relegada a la ficción. En el cine y en la literatura nos enternecemos y derramamos lágrimas al presenciar las sutilezas que nos olvidamos de contemplar en nuestros días de autómatas. Los personajes de ficción tienen más carne que nosotros, los necesitamos para recordar quiénes somos. Los robots ya están aquí, tenemos ahora que reinventar a los humanos”.

En pocas palabras, hemos perdido nuestra capacidad para apreciar lo cotidiano. ¿Hay algo más cotidiano que el pan o las tortillas que comemos todos los días? Pedrag Matvejevic, filólogo bosnio, ha escrito Nuestro pan de cada día, en cuyas primeras líneas señala que el pan “nació entre cenizas, sobre piedra. El pan es más antiguo que la escritura. Sus primeros nombres están grabados en lenguas extintas”. Y Ramón Andrés, pensador navarro, comenta sobre la obra de Matvejevic: “El pan no sugiere opulencia; es lo cercano, endurece con el día, como la gente. La raíz indoeuropea ‘pã’ encierra el significado de ‘nutrir’, y también de ‘proteger’.

Josep María Esquirol, filósofo catalán, nos recuerda el valor de las cosas simples: “El plato en la mesa. La mesa servida, la olla humeando y los vasos empañados por el vapor del caldo. El pan nos descubre el cielo y la tierra, los vastos campos de trigo lindantes con el azul, pero enseguida nos lleva de nuevo hacia lo más primordial: los demás. El pan es lo que se comparte y los ‘compañeros’ (del latín com-panio), literalmente, los que comparten el mismo pan”.

¡Qué importante es compartir todos los días la mesa con quienes amamos! Es así como el acto en apariencia simple y rutinario de preparar la comida se revela como un recordatorio que necesitamos más que nunca para no perder nuestra identidad, nuestra particular forma de ser en la familia y en la sociedad. Un refugio y un remedio contra el desarraigo. Preparar el alimento que se sirve en la mesa del hogar es un acto de amor que regalamos a quienes amamos de verdad. En su sencillez y cotidianidad, el pan esconde su inconmensurable valor.

Comentarios a: cartujo81@gmail.com