Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

Mientras veía esta puesta al día del clásico de horror estrenado en 1988 “Chucky: EL Muñeco Diabólico”, no podía apartar de mi mente la premisa de la adorada franquicia creada por PIXAR sobre aquellos juguetes que inadvertidamente para los humanos llevan una vida secreta. Lo que en otras circunstancias sería un elemento aterrador, en estas cintas –cuya cuarta parte tenemos actualmente en cartelera– el enfoque es candoroso al antropomorfizar inofensivamente a sus protagonistas dotándolos de personalidades benignas y, lo más importante, al servicio incondicional de sus dueños. Justo este punto es la motivación primordial del nuevo Chucky, un antagonista ahora alejado de toda la parafernalia vudú y sobrenatural que distinguió las primeras entregas de este diminuto ícono del horror ochentero para adaptarlo a la era del bluetooth y el Wi-Fi al presentarlo como un electrodoméstico con forma humanoide capacitado con inteligencia artificial y dispositivos capaces de conectarse a la red y controlar diversos aparatos electrónicos. El cambio funciona para bien, ya que lo que pudo ser un episodio de hora y media de Black Mirror” infundiendo otra dosis de pavor al avance tecnológico termina siendo una sátira relativamente inteligente y sangrientamente divertida sobre la dependencia y fascinación de la sociedad actual a dicha tecnología.

Las primeras secuencias beben directamente de la cinta original, presentándonos al pequeño protagonista llamado Andy (Gabriel Bateman) y su joven madre Karen (Aubrey Plaza), quienes llevan una convivencia afectuosa a pesar de sus respectivas problemáticas, él con una discapacidad auditiva e inseguridades que le impiden desarrollar amistades y ella con un empleo mal pagado en el área de devoluciones de una enorme tienda departamental. Es en este lugar donde todo se prepara para la llegada de la nueva versión de los muñecos denominados Buddi, juguetes diseñados por una enorme corporación tipo Amazon llamada Kaslan capaces de enlazarse y controlar remotamente a todos los dispositivos que ellos venden a la vez que poseen un raciocinio cibernético limitado enfocado a empatizar e incluso amistarse con sus dueños, por lo que son una sensación en la comunidad americana. Sin embargo, Karen termina recibiendo uno reportado como defectuoso (al inicio de la cinta vemos como un trabajador en la fábrica vietnamita donde son ensamblados desactiva por encono debido al maltrato que recibe ahí los protocolos de seguridad que inhiben cualquier conducta violenta o agresiva en el muñeco), y decide llevarlo a casa como regalo para su hijo. Este no lo recibe con agrado por considerarlo un artefacto para niños pequeños pero irá aceptándolo e incluso encariñándose con él conforme Chucky –nombre autoimpuesto al no aceptar el de Han Solo preferido por el chico– muestra autonomía, deseo por ayudarlo y, lo más importante, fidelidad, transformándose en el amigo que tanto necesitaba. Incluso su presencia ayuda a Andy a conectarse con otros chicos del edificio de departamentos, en particular dos adolescentes dicharacheros llamados Falyn (Beatrice Kitsos) y Pugg (Ty Consiglio), quienes disfrutan con las habilidades de Chucly para repetir obscenidades y jugar bromas pesadas. En este punto la dinámica comenzará a verse afectada cuando Chucky define los parámetros de coexistencia con base en lo que hace a su dueño feliz o infeliz, así que cuando algo afecta a Andy, como el desagradable gato mascota o el desagradable novio de su madre, Shane (David Lewis), quien llega incluso a agredir al muchacho, llegará hasta al homicidio con tal de complacerlo. Esta inspiración llega del punto más inesperado: la película “Rescate del Infierno” (“The Texas ChainsawMassacre 2”), la cual ve junto con unos entretenidos Andy y amigos, lo cual lo conduce a una apreciación clara: si la violencia ficticia es divertida, la real debe serlo igual. Así comienzan a apilarse los cadáveres conforme varios personajes se contraponen a la relación entre él y su dueño en una vorágine de violencia donde solo Andy podrá detenerla, pues nadie cree que sea un muñeco el responsable de los homicidios.

El director noruego Lars Klevberg (“Polaroid”) logró algo que parecía distante: una nueva versión de un filme por demás conocido que maneja un ritmo e identidad propios respetando el material original pero desarrollando un discurso ágil y sagaz. La historia, aun con sus bemoles y lagunas (la sordera del pequeño protagonista no va más allá de ser instrumento de chantaje emocional y ¿cómo es posible que se construya un muñeco con instintos asesinos tan solo reprimidos por un comando de computadora?), funciona tanto como sátira debido a las hilarantes observaciones que hace con respecto a la relación hombre-celular y como comedia de terror, ya que no está exenta de varios matices de un humor negro bien manejado que producen hilaridad en los momentos correctos sin forzar el recurso mientras que horroriza a la audiencia con varias escenas gore a la vieja escuela. “El Muñeco Diabólico” termina, por supuesto, con una puerta abierta a secuelas, pero mientras el filme juegue tan bien con su audiencia como lo hace esta película, no me importaría ver otra andanza de este Andy y su violento amigo fiel.

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