Luis Muñoz Fernández

Dos visitas en este mismo mes de agosto al Palacio de la Escuela de Medicina de la Universidad Nacional Autónoma de México son un privilegio y una oportunidad para reflexionar. Se trata de un edificio que da a la Plaza Santo Domingo, a tiro de piedra del Zócalo de la Ciudad de México. Tiene hermosos patios interiores, salones, un paraninfo y un auditorio en el que coexisten los antiguos espacios con el equipo audiovisual moderno. Hoy también alberga al Museo de la Medicina Mexicana.

Pero no siempre fue así. Se concibió como Palacio de la Inquisición y se encomendó su construcción al arquitecto Pedro de Arrieta, Maestro Mayor de las Obras Materiales del Santo Oficio. La construcción empezó en 1732 y concluyó en 1736 y fue la sede del Tribunal de la Inquisición durante 84 años. Abandonado mucho tiempo, fue después la sede temporal del Arzobispado de la Ciudad de México, de la Lotería Nacional, de una escuela primaria y de un cuartel militar. Se convirtió en Escuela de Medicina en 1854.

Entre sus recias paredes que, como muchos edificios coloniales, han aguantado incólumes el paso de los siglos y las sacudidas de los terremotos, había calabozos secretos en los que languidecían los acusados mientras eran juzgados por el Santo Oficio y sus propiedades permanecían confiscadas. Conocemos los terribles métodos disuasorios utilizados por la Inquisición para arrancarle a los infortunados las confesiones que los condenaban.

Una de las acciones humanas más viles y reprobables es el deseo de imponer a los demás y por la fuerza las propias creencias. Conceptos como el de religión verdadera, la moral universal o la ideología única hoy nos parecen absurdos, sin embargo, todavía dan coletazos. Si el castigo corporal nos resulta inaceptable, el terror espiritual que infundía la Inquisición causó daños psicológicos que todavía padecemos hoy.

Las almas de aquellos desgraciados que murieron acusados por el Tribunal del Santo Oficio sonrieron satisfechas aquel 10 de junio de 1820 cuando, según nos cuenta Héctor de Mauleón, un piquete de soldados se presentó ante las puertas del temido Palacio de Santo Domingo para liberar a los infortunados que todavía permanecían prisioneros. Los otrora poderosos inquisidores, temiendo ser apresados y juzgados por los graves abusos que habían cometido, huyeron por las azoteas. Todos menos el secretario Casiano de Chávarri, inmovilizado por sus dolores reumáticos.

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