Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

“El Infiltrado del Klan”, la más reciente cinta del discontinuo cineasta afroamericano Spike Lee, no escatima en cuanto a sus intenciones argumentales y va al punto arrancando con una escena de “Lo Que el Viento se Llevó” (1939, E.U., Fleming / Cukor / Wood), aquella donde Scarlett O’Hara (Vivien Leigh) se adentra en un pavimento humano conformado por soldados heridos de la Guerra Civil mientras busca a su adorado Ashley (Leslie Howard). Esta epopeya clásica es la simiente irónica de lo que Spike Lee busca retratar en su cinta, una que pone el dedo en dolorosa llaga racial ahora que la xenofobia abandonó su pestilente madriguera alentada por Trump y sus esbirros mediáticos pero con un fresco tono de humor negro y facultades reflexivas que la distancian de gratuitas (aunque justificadas) denuncias con dedos flamígeros o desgarramientos de vestiduras moralinos.
La película se ubica en Colorado Springs en el alba de la década de los 70’s, donde un joven egresado de la fuerza policial, Ron Stallworth (John David Washington siguiendo muy bien los pasos de su padre Denzel), es contratado por la jefatura local como el primer oficial afroamericano del departamento, pero relegado a labores archivistas. En su afán por probar su valía, convence a su jefe (Robert John Burke) de permitirle trabajar como agente infiltrado, a lo que él accede poniéndolo a prueba durante un mitin de las Panteras Negras donde se cautiva por Patrice Dumas (Laura Harrier), coordinadora de las protestas y guerrera de los derechos raciales. Esta experiencia representa una epifanía étnica para Ron, quien posteriormente se contacta con el líder del Ku Klux Klan local (Ryan Eggold) haciéndose pasar por caucásico ario y racista y tratar de infiltrarse en lo que ellos denominan “La Organización” para arrestarlos. Por supuesto, Ron no puede acudir a la entrevista personalmente, así que recluta a su colega judío Flip Zimmerman (un formidable Adam Driver) para que se haga pasar por él. De esta forma, la historia procura la creación de una tensión in crescendo conforme Flip va ganando la confianza de estos xenófobos mientras investiga quiénes son y qué los llevó a ese punto.
La naturaleza del discurso que maneja Spike Lee en esta cinta es uno estrictamente cinematográfico, pues el ritmo lo dicta la rica interacción entre estos personajes sesgados por lo disímbolo de sus etnias (incluyendo a Flip, pues su ascendencia judía no puede ser descubierta por los del Klan) y la descabellada premisa, la cual por increíble que se escuche está basada en hechos verídicos. Esto lo aprovecha con sabiduría e ingenio el director para desarrollar puntos en la narrativa que apuntan a la reflexión sobre el imperante racismo en Norteamérica sin que los personajes dejen de evolucionar, pues tan importante es lo que ocurre con Flip (Driver) mientras finge ser Ron en un contexto impresionantemente xenófobo, como el mismo Ron (Washington) arreglando su propia identidad a través del romance con Patrice y su difícil relación con algunos aborrecibles compañeros de trabajo.
Lo mejor es que la cinta jamás decae, pues no se contenta con la mera comunicación arquetípica y produce hasta hilaridad en varias escenas con una narrativa madura que no permite la burla facilona pero que respeta los aspectos más dramáticos del relato (v.g. la escena final en la secuencia del tiroteo campestre y el epílogo, tomado directamente de las agencias noticiosas). “El Infiltrado del Klan” es una excelente muestra de que nada en el mundo, mucho menos la cuestión de razas, debe verse en blanco y negro.

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