Por: Juan Pablo Martínez Zúñiga

El universo cinematográfico que Marvel se ha labrado en cine tiene una virtud incuestionable: favorece la diversificación. Así, cada gremio de fanáticos a los cómics de esta editorial tiene algo que represente su afición en pantalla grande, desde la grandilocuencia cósmica con ribetes shakespereanos de Thor, hasta la faceta estándar de hombres y mujeres enmascarados que corren hacia sus respectivas sendas heroicas como el Capitán América y Iron Man. En medio de este emparedado de géneros está el aderezo más modesto y casi minimalista (bueno, tan minimalista como se puede ser en un mundo cinematográfico donde hay historias sobre villanos que desmaterializan a media población universal o invasores de otra dimensión en masa) que representa El Hombre Hormiga y compañía, personaje alejado de los conflictos intergalácticos o hechicería suprema para arrinconarse en su propio cuartel narrativo donde lo que prolifera es el humor y la aventura.
Esto no tiene nada de malo per se. El problema es que la dirección corre a cargo de alguien tan tibio y carente de idiolecto como Peyton Reed y todo el potencial cómico o exhilarante de la historia se estaciona en los lugares comunes. En esta ocasión tenemos a nuestro protagonista Scott Lang (Paul Rudd), alias el “Hombre Hormiga”, en detención domiciliaria por haber violado los Acuerdos de Sokovia que restringen la actividad superheroica al participar en la Guerra Civil contra Tony Stark y sus huestes (como se vio en “Capitán América: Civil War”) y tratando de recuperar su vida normal después de lo vivido en la cinta anterior. Sin embargo, es reclutado a la fuerza por su mentor Hank Pym (Michael Douglas) y su hija Hope Van Dyne (Evangeline Lilly), alias “La Avispa”, quien estuvo relacionada sentimentalmente con Lang anteriormente, para que le ayuden a rescatar a la esposa de Pym, Janet (Michelle Pfeiffer), quien se encuentra varada en el reino subatómico, una vez que en el pasado se encogió a niveles cuánticos para detonar una bomba. Los intereses de este grupo se cruzan con el de una misteriosa mujer llamada Ava (Hannah John-Kamen) quien adopta una identidad enmascarada llamada “Fantasma”, debido a que su integridad molecular es inestable y se desfasa corpóreamente con regularidad, por lo que desea recuperar primero y a la mala a Janet, pues cree que la radiación cuántica que emana por su larga estadía en el reino subatómico, es la clave para frenar su estado (la ciencia nunca ha sido el fuerte de las películas de Marvel). Como consecuencia, tenemos diversos enfrentamientos que se generan tanto cuerpo a cuerpo como a nivel automovilístico, pues la cinta cuenta no con una, sino con dos secuencias de persecución en autos que forman parte de los puntos altos de la cinta, ya que alternan los elementos clásicos de las escenas de acción estándar (montaje dinámico, tomas vibrantes, maniobras alocadas) con la miniaturización y agrandamiento de los vehículos en movimiento.
El filme en sí no falla, puesto que todos los componentes de una comedia de acción y aventuras están ahí (personajes de apoyo jocosos liderados por un Michael Peña sub utilizado, villanos corporativos que desean los secretos tecnológicos de Pym, actores de cierto talante como Laurence Fishburne que participan para darle legitimidad a la producción a la vez de toques dramáticos a la trama, etc.), pero la dirección se limita a lo básico, no se atreve a sacarle todo el jugo a una historia con personajes y situaciones que tienen el potencial para ser algo más que lo que terminamos por ver en pantalla, tal vez en un despliegue de pereza que implica no complicar las cosas demasiado presentando fórmulas probadas y gustadas. Esto termina por frustrar un poco, pues las risas y la emoción se entrecortan ante la relativa inmovilidad argumental que no permite explorar con más ahínco personajes relativamente interesantes (Fantasma posee cualidades trágicas que están conectadas al trabajo de Hank Pym, algo que sólo se menciona para tratar de vender al personaje como un ser humano dañado para al final no mencionarlo de nuevo y manifestarse como un ser despiadado que no duda en hacer daño a una niña, repeliendo al espectador injustificadamente) o permitir que los actores se suelten, ya que durante toda la película los y nos acompaña la incómoda sensación de estar sujetos con una correa invisible que limita su caracterización, pues Paul Rudd hace y dice payasadas a la fuerza y Evangeline Lilly simplemente no da rienda suelta a su probada sensualidad y carisma. “El Hombre Hormiga y La Avispa” es un respiro después de la decepcionante epopeya generada por computadora que fue “Los Vengadores: La Guerra del Infinito” por centrarse en un contexto cómico-aventurero, pero no justifica dejarnos con carencias en cuanto a argumentos y desarrollo de personajes y en ese sentido, la película termina tan disminuida como sus protagonistas.

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