COLUMNA CORTEEn un punto durante la cinta, el enano Dwalin (Graham McTavish) le inquiere a un codicioso y transformado Thorin Escudo de Roble (Richard Armitage): “Eres ahora menor de lo que jamás has sido”. Lo mismo podría decirse del director Peter Jackson sobre la conclusión de su más reciente trilogía centrada en el universo literario trazado por John Ronald Ruel Tolkien en su libro titulado “El Hobbit”, pues cualquier inquietud que el cineasta neozelandés haya mostrado con respecto al rico mundo que representa la mítica Tierra Media y sus divergentes personajes, se desvanece en una historia hueca más preocupada por impresionar al espectador con magníficos efectos especiales que en diseñar una trama absorbente o mínimamente interesante como ocurrió con la trilogía previa. Tal vez el problema estriba en el material fuente, pues el texto que funge de base argumental no es el más atractivo cautivador del autor sudafricano (¡Ajá! No sabían que Tolkien nació en el continente negro, ¿verdad?), o tal vez simplemente Jackson ya bordea el hastío o el aburrimiento por este tipo de material después de lustros consagrado a sus iteraciones fílmicas. Como fuere, el capítulo final en el trayecto de Bilbo Bolsón (Martin Freeman) de La Comarca a Erebor -la tierra de los enanos- arriba con un ritmo soso, de narrativa flácida y previsiblemente espectacular. Después de atar con prontitud e irritante presteza el cabo suelto desanudado en la cinta anterior sobre el fin del supuestamente pavoroso dragón parlanchín Smaug, dándole fin antes de que siquiera surja el título de la cinta, los enanos por fin logran recuperar su tierra y el cuantioso tesoro que se encontraba preso en las garras del extinto monstruo alado. Mas la Gente del Lago, quienes tomaron esta zona como refugio después de que su terruño fuera destruido por Smaug, no piensan abandonarla fácilmente. Otras facciones que buscan tomar posesión de este territorio, así como del seductor tesoro que posee comienzan a conjuntarse como una tormenta perfecta y el enfrentamiento brutal y epopéyico será inevitable, pues orcos, elfos, humanos y enanos no cejarán hasta que un pueblo pueda reclamar el lugar. En medio de la pugna se encuentra Bilbo, quien ve su lealtad y afectividad dividida ante la falta de cordura de Thorin -enloquecido de forma gratuita sin demasiada exploración psicológica ante, suponemos, el poder que tiene frente así… o algo por el estilo- y su propio destino, pues el diminuto Hobbit sólo quiere regresar a casa. Como réferis están Gandalf (Sir Ian McKellen), Galadriel (Cate Blanchett) y Saruman (Christopher Lee), quienes mediante su poder místico tratarán de equilibrar la balanza a favor de la justicia y contrarrestar la ominosa presencia de Sauron, el Ojo que Todo lo Ve, quien comienza a poner atención a los detalles. Los nexos que comienzan a desarrollarse con la saga de “El Señor de los Anillos” comienzan a resultar más evidentes y el punto nodal es tan sólo mostrar una batalla de opulentas proporciones donde romances se verán divididos, la muerte se hace presente y la victoria tiene un amargo precio para Bilbo. Un enfrentamiento que, desafortunadamente, muestra todas sus cartas fuertes demasiado pronto y cualquier impacto dramático se suaviza ante lo previsible de los acontecimientos, obsequiando tan sólo actuaciones de variante calibre mediante personajes que han perdido su lustre, desdibujándose a través del cliché. Mientras que la trilogía previa meditaba sobre la naturaleza oscura en contraste con la luz que emana de la esperanza sostenida por los seres más humildes que se erigen como héroes ante la apabullante adversidad, ésta tan sólo es una ilación de descabelladas aventuras, una tras otra, que pretenden ser conducto a algo que supera la mera idea de que estamos revisando un filme casi de naturaleza B. Mas esta batalla, con su aparatoso clímax, es una que Jackson ha perdido irremediablemente. Ahora veremos si los planes de adaptar el “Silmarillion” quedan de pie.
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