Luis Muñoz Fernández

El estudio reciente, siempre inconcluso, de la biografía del físico Stephen Hawking me lleva a reflexionar sobre las infinitas lecciones que nos ofrecen las vidas de los seres humanos. Y no sólo de los que han muerto ya, sino de quienes nos rodean en la vida cotidiana, cuya atenta y respetuosa observación nos muestra el misterio trágico de la vida humana, pues las lecciones las aprendemos, si acaso, cuando ha pasado ya demasiado tiempo para obtener de ellas la suficiente prevención de errores que, por cometidos, ya no tienen remedio.

Sin embargo, no todo es negativo, pues también es cierto que ese aprendizaje puede ser provechoso aunque el futuro de nuestros días sea ya mucho más corto y ligero que el pasado que cargamos en las espaldas. “Nunca es tarde”, reza el dicho, y es verdad. Nunca es tarde para seguir aprendiendo hasta que el declive nos lleve a la inconsciencia con la que entramos en el morir.

Por eso me ha emocionado saber que uno de los últimos dibujos que Francisco de Goya y Lucientes (1746-1828) hizo durante su exilio en Burdeos muestra a un anciano de larga barba blanca, que se apoya en dos muletas para sostenerse de pie, y que tiene a su lado estas palabras: “Aún aprendo”.

Es claro que se trata de un apunte autobiográfico del mismo pintor, que en aquellos años, ante la amenaza de Fernando VII, uno de los reyes más viles que ha conocido España (que ya es decir), tuvo que huir a Francia en donde al poco tiempo murió y fue enterrado. Sus restos, salvo la noble cabeza que acabó perdida, se trasladaron años después a Madrid, en donde reposan desde entonces. Es curioso que esa cabeza perdida sea ahora el busto que se entrega a los ganadores de los premios que otorga todos los años la Academia de las Ciencias y las Artes Cinematográficas de España: los Premios Goya.Estatuilla que recibe el cariñoso nombre de “El Cabezón”.

Si el improbable lector de estas líneas tiene curiosidad, lo invito a que acceda a la página electrónica del Museo Nacional del Prado (https://www.museodelprado.es), justo ahora que celebra los 200 años de vida, para que contemple al anciano que nos dice “Aún aprendo” y los demás dibujos de la exposición conmemorativa del bicentenario cuyo título es igualmente inquietante para quienes deseamos seguir aprendiendo a pesar de nuestra edad: “Sólo la voluntad me sobra”.

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