Carlos Reyes Sahagún / Cronista del municipio de Aguascalientes

En la entrega de la semana pasada señalé que el discurso dominante durante buena parte del siglo anterior, la ortodoxia aguascalentense, tenía sus filias y sus fobias; lo que era bien visto y lo que no; el cielo y el infierno, y en el término medio, en una especie de purgatorio, se ubicaba aquello que estaba mal, pero que podía remediarse.

En el primer rubro estaban el ser católico y mariano, esto último con énfasis en la devoción a la Virgen de Guadalupe y a Nuestra Señora de la Asunción. El culto a la familia era central, con el padre a la cabeza, la madre, que ocupa un lugar principalísimo (“la madre es forjadora de la Patria”, se decía en este diario el día de las madres de 1958) y “los hijos que Dios nos mande”.

En lo económico, ser partidarios del trabajo honesto, organizado en la libre empresa como única fuente legítima de progreso y bienestar, y principal baluarte de la propiedad privada en todas sus dimensiones. Políticamente resultaba obligado ser priista, partidario de la revolución mexicana, de sus gobiernos y de sus realizaciones, y en esta adhesión el presidente de la República ocupaba un lugar de capital importancia. La figura del presidente resultaba indiscutible, aunque no así la del gobernador, que frecuentemente era denostado –no tanto como el actual, que resulta ser el campeón–, aunque quizá este ser priista no fuera algo formal, sino una actitud tácita.

¿Qué más podía desearse?: Dios, la Suave Patria, la cálida Matria, el ferrocarril, el Jardín de San Marcos y la reina de la feria, y en el trono mayor de la ciudad, la Virgen de la Asunción rigiendo los destinos de todos, y rogando por nosotros… Y sin embargo, por desgracia el asunto no era tan perfecto; tan idílico como era de desearse, porque había también un lado oscuro de tan risueño estado de cosas; el infierno de este lado luminoso de la vida.

En esta dimensión se ubica, por ejemplo, el ateísmo, aunque resulte muy difícil de localizar y probar, ya que nadie en sus cinco sentidos tendría la temeridad de proclamarlo y generar la condena social y el aislamiento salvo, quizá, el abogado Aquiles Elorduy, a quien se le toleraba esta postura, e incluso era vista como algo pintoresco; una curiosidad, gracias a que hacía gala de importantes virtudes cívicas que lo convirtieron en un personaje ejemplar.

Otras convicciones condenadas eran el comunismo y la masonería, y en ambos hubo siempre una buena dosis de secretismo e ignorancia. Por cierto que en el caso de esta última, la vox populi creía que todo político medianamente importante; medianamente respetable, lo era, como si se tratara de un requisito de acceso al cargo. De hecho, por lo menos el doctor Alberto del Valle, gobernador entre 1940-44, lo fue. Así lo ponen de manifiesto las esquelas publicadas con motivo de su fallecimiento en El Sol del Centro, el 25 de noviembre de 1947. Del Valle pertenecía a la “Respetable Gran Logia Independiente de Aguascalientes”, rito nacional mexicano, en la que fue “ilustre y poderoso hermano GR… en triángulo 32”. Pero además, en esa misma edición se publicó la esquela tradicional en Aguascalientes; la que informa que médico falleció “en el seno amoroso de nuestra santa madre la Iglesia Católica.

Por otra parte, en esa época funcionaron de manera visible varias logias masónicas, la más renombrada fue la que todavía hoy tiene su edificio en la avenida Madero, y en cuya pared se lee: Templo Masónico Benito Juárez”.

Frente a los masones se asumió una postura excepcional: prácticamente nunca se hablaba de ellos, y menos aún se les atacó, quizá por la creencia de que eran poderosos, aparte de comer niños, y podían reaccionar de manera un tanto desagradable.

Ser homosexual también era un motivo de condenación social, y sin embargo, gracias a la “inexplicable tolerancia gubernamental”, en cada edición de la Feria de San Marcos, y en medio de las protestas de la gente decente, los jotos irrumpían en el lado norte del jardín dedicado al evangelista, para ofrecer a los feriantes mole con pollo, enchiladas, tacos con cueritos, etc. ¿Quién no recuerda a La princesa? Por cierto que una evidencia de esto último se encuentra en la parte derecha del mural dedicado a la Feria de San Marcos, en la planta alta del primer patio del Palacio de Gobierno.

Otro sector condenado estaba integrado por los extranjeros, aunque ciertamente la xenofobia de la “gente buena” no era pareja; no se despreciaba a los europeos de occidente, o a los estadounidenses, sino a los asiáticos, y en particular los chinos y los sirios. Frecuentemente, este desprecio se manifestaba cuando había alguna discusión relacionada con el comercio. Finalmente, en este infierno de la gente buena, estaban también quienes ejercían la prostitución, o dedicaban sus mejores esfuerzos a delinquir…

En el término medio de estas posturas extremas; no tan correcto, pero tolerable, era profesar alguna fe cristiana no católica, o en algún partido de derecha que no es el PRI, pero también el Partido Popular de Vicente Lombardo Toledano, siempre y cuando se mantuviera como firme aliado de los gobiernos de la revolución, a los que veía como regímenes progresistas.

Quien se ubicaba en este término medio estaba equivocado, pero era redimible. Se merecía una mirada en la que se mezclaban la conmiseración y el escarnio, al tiempo que se hacían votos por un feliz regreso al camino correcto. A propósito del PAN, posiblemente sea el ejemplo más claro de un elemento que en los años noventa cambió de signo de manera espectacular. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).