Carlos Reyes Sahagún / Cronista del municipio de Aguascalientes

Comenzaré esta entrega señalando que en toda sociedad existe lo que denominaré como discurso dominante; esa especie de ortodoxia, el conjunto de ideas y conocimientos que indican lo que es natural; lo normal y obligado que pensemos y vivamos todos.

Por supuesto que no existe únicamente un discurso, sino muchos; más entre más diversa y plural sea la sociedad en que se desarrollan, y según la clase socioeconómica a la que se pertenezca y, desde luego, la cultura.

Pero entre todos estos discursos; estas visiones de la vida, generalmente existe uno que es dominante. Para los efectos del tema que comencé a desarrollar hace un par de semanas, me referiré ahora al que tuvo vigencia entre los años cuarenta y los setenta del siglo pasado, aproximadamente.

Se trata del sistema de ideas que proclamaron y defendieron los dirigentes sociales de la Suave Matria, el gobernador, el obispo, los dirigentes de los clubes de servicio, la clase política, las cabezas visibles de las agrupaciones empresariales, y próceres que los acompañaron en el desempeño de alguna función directiva, y que por su misma condición de notables tuvieron acceso a los medios de comunicación y marcaron tendencias a seguir. Fueron ellos los que, en buena medida, nos dijeron qué debíamos pensar y creer, y cómo debíamos vivir, todo ello a fin de ser considerados aguascalentenses dignos y patriotas, contar con el beneplácito de la comunidad y poder vivir en paz.

Se trata del discurso que, por lo menos en principio, fue compartido por inercia o de buena gana por el grueso de la sociedad, o en todo caso aceptado de forma pasiva; en silencio, y que contribuyó a cohesionarla y disponerla para la consecución de una serie de objetivos, tales como la modernización urbana, la paz social, la estabilidad laboral, la industrialización, la educación, etc.

Como suele ocurrir en sociedades como la aguascalentense de aquella época, un tanto homogéneas y cerradas, este discurso dominante era maniqueo, con muy poco espacio para los matices: tenía sus filias y sus fobias; lo que había que estimular y lo que había que suprimir; lo bueno y lo malo, y pocos términos medios…

A manera de ejemplos de lo anterior ofrezco los siguientes: lo bueno, lo correcto, lo bien visto, propio de la gente buena de Aguascalientes, era ser católica y mariana, esto último con énfasis en la devoción a la Virgen de Guadalupe, a Nuestra Señora de la Asunción y a la Virgen de San Juan, más o menos en ese orden; más o menos. El culto a la familia es central, con el padre a la cabeza, la madre, que ocupa un lugar principalísimo –la madre es forjadora de la Patria, señaló este diario en una nota publicada el 10 de mayo de 1958- y los hijos, que desde luego son enviados por Dios, “recibidos con amor y responsabilidad” y educados “según la Ley de Cristo y de su Iglesia” –según reza la fórmula del matrimonio católico.

En lo económico, ser partidarios del trabajo honesto, organizado en la libre empresa como única fuente legítima de riqueza, progreso y bienestar, y principal baluarte de la propiedad privada en todas sus dimensiones.

En lo político, ser priístas (aunque todos critiquen por lo bajo), y partidarios de la revolución mexicana, sus gobiernos y sus realizaciones. En esta exaltación ocupa un lugar preponderante la figura del presidente de la República, que es objeto de un culto desmesurado, fuera de toda proporción, algo de lo que disfrutaron intensamente mandatarios como Adolfo Ruiz Cortines, Adolfo López Mateos y hasta Gustavo Díaz Ordaz, y que comenzó a declinar con Luis Echeverría Álvarez, y que ha llegado a los lamentables extremos actuales. En contraposición, no es extraño que, quizá por la cercanía, el gobernador sea víctima de los denuestos del respetable, tal y como pudieron comprobar hasta la saciedad Jesús María Rodríguez Flores, Benito Palomino Dena y Luis Ortega Douglas. Por cierto que en esto, como que no hemos cambiado demasiado.

Estos elementos y otros más se mezclaron para producir una especie de País del Nunca Jamás, cuyos felices habitantes vivían un perpetuo idilio con Dios, la Patria, la Matria, el ferrocarril, el Jardín de San Marcos y la reina de la feria.

Pero al igual que en el cuento inglés de Peter Pan, en donde había una zona del mal, la Isla de la Calavera, que albergaba a los malvados piratas, Aguascalientes también contaba con su lado oscuro. Ahí estaba lo malo, lo que existía en contra del discurso oficial y de las buenas conciencias de la gente buena de esta tierra buena. Existía y ni modo, pero no debía ni podía tolerarse y para contrarrestarlo había que aislarlo y/o suprimirlo, para de esta forma evitar el contagio y el riesgo de corrupción social.

A esto me referiré en la próxima entrega de esta serie. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a [email protected]).