Luis Muñoz Fernández.

Después de la Segunda Guerra Mundial, varios países europeos nos han demostrado que, aunque en la actualidad se observen regresiones, es posible la existencia del llamado “Estado de bienestar”. Según nos informa Wikipedia, el Estado de bienestar, Estado benefactor, Estado providencial o sociedad de bienestar, “es una propuesta política o modelo general de Estado y de la organización social, según la cual el Estado provee servicios en cumplimiento de los derechos sociales a la totalidad de los habitantes de un país”.

Se podrá discutir sobre cuántos y cuáles son esos derechos sociales. El escritor británico Ian McEwan nos ofrece una lista interesante a través de la jueza Fiona Maye, protagonista de su novela “La ley del menor”, que tiene en sus manos la resolución legal de un pleito por la custodia y educación de las dos hijas de un matrimonio de judíos jaredíes (ultraortodoxos):

“La asistencia social, la felicidad, el bienestar debían englobar el concepto filosófico de la buena vida. Enumeraba algunos elementos importantes, objetivos, hacia los que podría evolucionar un niño. La libertad económica y moral, la virtud, la compasión y el altruismo, un trabajo satisfactorio mediante la aceptación de tareas exigentes, una red floreciente de relaciones personales, la conquista de la estima ajena, la consecución de un mayor sentido para la propia existencia y la posesión central en la vida de un pequeño número de relaciones trascendentes, todas ellas definidas por el amor”.

Lejos estamos de que en México y en Aguascalientes la mayoría de la población goce de todos esos derechos sociales. Parecen utópicos e incluso románticos cuando más de la mitad de los mexicanos lucha por sobrevivir, vamos, por tener qué comer cada día. Ese es nuestro verdadero nivel de cumplimiento de las necesidades humanas.

Y lo más triste es que, salvo aisladas excepciones que confirman la regla, los que ocupan puestos en los tres niveles de gobierno y en los tres poderes ni siquiera son conscientes de ello (bueno, algunos sí, pero fingen demencia). Incluso creen cumplir tan bien con lo que les han encomendado sus representados que ven con naturalidad los inmorales emolumentos y ganancias al margen de la ley que obtienen con sus cargos.

En correspondencia, los ciudadanos, aspirando al Estado de bienestar, tenemos un deber primordial: cumplir la ley por encima de todo. Empecemos por ahí. Sin excusas.

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