Luis Muñoz Fernández

Incluso es posible que el reconocimiento de nuestra interdependencia con el  medio ambiente pueda hacer más que salvarnos, en el sentido negativo, de la locura final de la guerra. Podría, en el sentido positivo, darnos ese sentimiento de comunidad, de pertenencia y coexistencia, sin el cual ninguna sociedad humana puede crecer, sobrevivir y prosperar. Nuestros lazos de sangre e historia, nuestro sentido de una cultura y de unos logros compartidos, nuestras tradiciones y creencias son todos preciosos y enriquecen el mundo con la variedad de escala y función que requiere cada ecositema vital. Pero hemos carecido de una lógica unificadora más amplia. Nuestros profetas la anticiparon. Nuestros poetas la soñaron. Pero sólo será nuestra si astrónomos, físicos, geólogos, químicos, biólogos, antropólogos, etnólogos y arqueólogos la combinan en una solo visión de ciencia avanzada para que nos diga, en cada uno de nuestros alfabetos, que pertenecemos de hecho a un solo sistema, impulsado por una sola energía, que manifiesta una unidad fundamental con todas sus variaciones y que depende para su supervivencia del equilibrio y la salud de todo el sistema.

 Barbara Ward y René Dubos. Only one earth, 1972.

 

En una entrevista reciente que se le hizo al matemático Marcus de Sautoy se le preguntó sobre su papel en la cátedra para el Entendimiento Público de la Ciencia de la Universidad de Oxford, Inglaterra. El también escritor respondió lo siguiente:

Yo me considero un embajador. La ciencia es como un superpoder: tiene tanto impacto en el resto de la sociedad… es como un continente enorme. Y sin embargo, muchas crisis políticas de la ciencia, como la polémica de los organismos modificados genéticamente o de la investigación con células madre, surgieron porque el público no las entendía. Por eso creo que es muy importante que los científicos se suban al plató e involucren a la sociedad. Lo que quiero hacer es tender puentes y crear diálogo, para entender por qué a la gente le preocupan los organismos modificados genéticamente. Si los científicos somos proactivos, podemos atender a los miedos innecesarios que puedan surgir sobre el impacto de la ciencia (las negritas son mías).

Esa es la importancia que tiene la divulgación de la ciencia, una tarea que en nuestro país requiere una mayor extensión y profundidad para que llegue a formar parte de la educación básica de todos los mexicanos. No se trata de que nuestros niños y jóvenes dominen el método científico, aunque deban conocerlo de manera general, sino de que los mexicanos adquiramos desde la infancia el espíritu científico, esa cualidad que el doctor Ruy Pérez Tamayo definía en alguna ocasión como la capacidad de dudar sobre lo que suele darse por sentado y también de cuestionar con bases racionales los dictados de la autoridad establecida.

Un ejemplo muy destacado de ese espíritu científico fue el que mostró a lo largo de su dilatada vida Alexander von Humboldt (Berlín, 1769-1859), cuyo dominio de varias ramas del conocimiento –geografía, etnografía, antropología, física, zoología, botánica, climatología, oceanografía, astronomía, geología, mineralogía, vulcanología y las disciplinas humanísticas– lo convierten en un científico único y seguramente irrepetible.

Eran tiempos distintos a los actuales ya que hoy domina la visión reduccionista de la ciencia, así como la especialización (y la “superespecialización”) de quienes se dedican a ella. Es en los últimos años cuando se ha empezado a señalar la importancia de que la biología se dedique con mayor ahínco a abordar la complejidad, a no estudiar solamente las partes (cada vez más pequeñas) de los seres vivos, sino a tratar de comprenderlos de manera integral y a desentrañar las relaciones que los unen de manera indisoluble con los factores medioambientales y con todos los demás seres vivos del ecosistema planetario.

Esta visión integradora de la naturaleza bajo la óptica científica fue una de las principales aportaciones de Alexander von Humboldt. Y es el hilo conductor del libro La invención de la naturaleza. El nuevo mundo de Alexander von Humboldt de Andrea Wulf (Taurus, 2016), la extraordinaria biografía de un hombre fuera de lo común, en cuyas primeras páginas cita unas palabras de Goethe, amigo de Humboldt y el poeta alemán más famoso de todos los tiempos, que nos muestran esa visión global de la naturaleza que tan bien sabría descubrir y plasmar el propio Humboldt:

Cierra los ojos, aguza los oídos y, desde el sonido más leve hasta el más violento ruido, desde el tono más sencillo hasta la más elevada armonía, desde el grito más violento y apasionado hasta la más dulce palabra de la razón, es la Naturaleza la que habla, la que revela su existencia, su fuerza, su vida y sus relaciones, hasta el punto de que un ciego al que se niega el mundo infinitamente visible puede capturar la infinita vitalidad a través de lo que oye.

Wulf señala un momento concreto en el viaje de Humboldt por Sudamérica cuando adquirió la conciencia de las estrechas interrelaciones entre todo lo vivo y lo inorgánico dentro de la naturaleza. Fue durante el peligroso ascenso al volcán Chimborazo en Ecuador, el 23 de junio de 1802:

Aquel día, al pie del Chimborazo, Humboldt absorbió lo que estaba delante de él mientras su cerebro recordaba todas las plantas, formaciones rocosas, y mediciones que había visto y hecho en los Alpes, los Pirineos y Tenerife. Todo lo que había observado en su vida encontró su lugar en el rompecabezas. La naturaleza, comprendió, era un entramado de vida y una fuerza global. Fue, como dijo después un colega, el primero que entendió que todo estaba entrelazado con “mil hilos”. Esta nueva noción de la naturaleza iba a transformar la forma de entender el mundo. […]

“La naturaleza es una totalidad viva”, explicó después, no un “conglomerado muerto”. Había una sola vida derramada sobre las piedras, las plantas, los animales y los seres humanos. Y esa “profusión universal con la que se distribuye la vida en todas partes” era lo que más le impresionaba. […] Humboldt no estaba demasiado interesado en descubrir nuevos hechos aislados, sino más bien en conectarlos. Los fenómenos individuales sólo eran importantes “por su relación con la totalidad”, explicaba.

Además de esta visión integral de la complejidad del mundo natural, la importancia de la divulgación del conocimiento científico también nos conduce a Humboldt, haciendo de él un pionero en este género literario tan relevante en la actualidad. Uno de sus libros más celebrados fue Cuadros de la naturaleza (1808), que llegó a publicarse en once idiomas. No sólo destacaba la pulcritud y exactitud de los datos expuestos en sus páginas, sino también el lenguaje poético que escogió para expresarlos. Nos dice Wulf que “era un libro científico que no se avergonzaba de su lirismo”:

Escribía sobre “el vientre iluminado de la tierra” y sobre orillas “engalanadas de ríos”. Un desierto se convertía en “un mar de arena”, las hojas se desplegaban “para saludar al sol naciente”, y los monos llenaban la jungla de “aullidos melancólicos”.

Cuando uno lee la vida de Alexander von Humboldt comprende que su nombre designe hoy más lugares y seres en su honor que ninguna otra persona en este mundo. Por cierto, en 1827 Guadalupe Victoria, primer presidente de México, le concedió la nacionalidad mexicana y Benito Juárez lo declaró Benemérito de la Patria en 1859.

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