José Luis Gómez Serrano

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Después de los tristes eventos de Charlie Hebdo, el papa Francisco comentó sobre la prensa, su papel crítico y la frontera entre caricatura e insulto que a veces rebasan los articulistas y principalmente los dibujantes. Sus comentarios estuvieron centrados en la crítica a la religión, y fueron publicados en todo el mundo; tomo como referencia el artículo publicado en New York Times el 15 de enero, que es donde encontré más citas textuales. “Pienso que tanto libertad religiosa como libertad de expresión son derechos fundamentales humanos… no puedes provocar, no puedes insultar la fe de otros, no puedes hacer mofa de la fe… cada religión tiene su dignidad… todos tienen no únicamente la libertad y el derecho sino la obligación de decir lo que piensan para el bien común…”

Estas palabras ya eran suficientes para enardecer a los que defienden la libertad de expresión absoluta (“fundamentalistas de la libertad de expresión”, los llaman en son de burla), porque Francisco dice que no es legítimo hacer mofa de la fe, ya que cada fe tiene su dignidad. La gota que derramó el vaso fue un comentario en son de broma: “aunque es cierto que no debemos reaccionar violentamente, si mi amigo el Dr. Gaspari [uno de sus ayudantes] dice algo de mi madre, puede esperar un golpe”.

Finalmente hace penitencia en nombre de la Iglesia: “Consideremos nuestra propia historia: ¿cuántas guerras de religión hemos tenido? También nosotros somos pecadores, pero no puedes matar en nombre de Dios. Esto es una aberración”.

Al día siguiente de las declaraciones, el vocero oficial tuvo que salir a explicar que el papa no defendía a los atacantes de Charlie Hebdo, aunque Francisco había dicho “no puedes matar en nombre de Dios”, como llegaban gritando los asaltantes (Allahu akbar, Dios es grande). En todo el mundo aparecieron artículos, y en mi pequeña muestra veo que los articulistas se las ingeniaron para ignorar algunas declaraciones, tomar otras y asignarles un significado que no dijo explícitamente el papa, en artículos cuyo fin aparente era criticarlo.

Tomo como referencia un artículo de The Guardian escrito por Nick Cohen titulado Sí, las palabras duelen, pero eso no justifica un papa golpeador, en donde el autor se toma la molestia de mandar traducir al latín la expresión inglesa “come on, if think you’r hard enough” (ven, si crees que eres suficientemente duro), difícilmente aplicable al caso, y el resto de su artículo es una diatriba pedante y enredosa centrada en el límite que Francisco impone a la libertad de expresión: “no puedes hacer mofa de la religión” y aderezada por la metáfora papal del golpe en respuesta al insulto.

Las limitaciones son inherentes a la vida: en ningún aspecto somos absolutamente libres, por mucho que se precie la libertad y se alabe como uno de los dones más preciados. No somos libres para trabajar donde queramos (depende de nuestras habilidades, contactos, sexo y edad), tampoco para tomar prestado el coche del vecino, tampoco para cortejar a su mujer, tampoco para golpear a nuestros hijos; en las elecciones podemos votar por quien queramos, siempre y cuando los proponga un partido; no podemos insultar abiertamente (en México es delito) ni podemos difamar, y yo quiero obtener una cita con el Presidente Municipal para que me ayude a regar los árboles que he sembrado, pero todavía no la consigo y tampoco soy libre de ingresar a su oficina cuando yo quiera.

Los límites a la libertad de expresión son una consecuencia natural de vivir en un mundo en donde se necesitan reglas para la coexistencia. Lo dijo Benito Juárez en otro contexto: “el respeto al derecho ajeno es la paz”, que puede ampliarse a otra frase conocida: “mi libertad termina donde empiezan los derechos de otros”. Por eso se protege la intimidad y el derecho de cada individuo a mantener su vida íntima en forma privada, por eso en todas las sociedades son mal vistos los que riegan a los cuatro vientos las miserias del prójimo. El estúpido argumento “el público tiene derecho a conocer…” se aplica indiscriminadamente, lo mismo a las declaraciones patrimoniales de los gobernantes (donde la ley los obliga a realizarlas) como a las intimidades de cualquier persona que adquiere celebridad.

La caricatura es un tema para el que resulta muy difícil establecer límites, porque la materia del dibujo pertenece a la imagen; un artículo habla al intelecto, una caricatura a la imaginación. Por eso está prohibido legalmente difamar a una persona y los límites a la expresión escrita son razonablemente claros, pero no es fácil (yo creo que es imposible) trazar límites a la expresión gráfica. ¿Es lícito o no dibujar a Mahoma? ¿Es lícito o no dibujar a Dios? En el primer caso la respuesta es ambigua: depende de cómo sea dibujado y depende de quién lo diga; en el segundo caso algunas religiones como el Islam y el Judaísmo y el Protestantismo explícitamente prohíben las imágenes divinas, al menos en los lugares de culto. Algunos de los dibujos de Charlie Hebdo que representan a la Santísima Trinidad son abiertamente ofensivos, pero los cristianos tenemos la piel más gruesa (o somos más indiferentes) que los musulmanes y no ha llegado ningún fundamentalista católico a matar gente a esa revista.

Mi punto de vista es que debe respetarse la libertad de expresión gráfica, pero el dibujante, de acuerdo a su conciencia, deberá imponerse límites. Y si no se los impone, le conviene considerar las posibles reacciones de los afectados, como en este caso. El papa lo dijo de una manera bastante clara en dos lugares: no hay que hacer mofa de la religión, y la gente puede reaccionar agresivamente ante algo que a un francés le parece natural. Yo no justifico la matanza de Charlie Hebdo, pero meterse con los símbolos sagrados de los musulmanes es jugar con fuego, conociendo su historia en los últimos siglos (fastidiados por los occidentales) y el ardor con que defienden su causa: ellos y los kamikazes japoneses son ejemplos conocidos de suicidas por lo que creen.

Un columnista valiente (David Brooks, New York Times) publicó un artículo llamado “I am not Charlie Hebdo”, en donde dice que aunque todo el mundo no islámico proclama mártires a los dibujantes asesinados, “enfrentemos esto: si ellos hubieran tratado de publicar su revista satírica en cualquier universidad norteamericana durante los últimos veinte años, no hubiera durado veinte segundos”, y menciona algunos casos de profesores que perdieron el trabajo por cuestiones religiosas. Comenta que es incorrecto publicar en Facebook “je suis Charlie Hebdo”, sencillamente excepto los dibujantes de Charlie Hebdo, nadie actúa como ellos; en EEUU cuidan las formas y no insultan públicamente ninguna religión, aunque por debajo del agua fastidien a más de una. Habla de lo difícil que es adquirir un balance entre ley, códigos de expresión y expositores prohibidos, y no está de acuerdo en legislar acerca de todo aspecto de la expresión, porque entonces se caería en censura; él considera más adecuado hacerlo mediante “social manners”, porque son mucho más maleables y sutiles que las leyes.

Este artículo nos da una opinión de un norteamericano acerca de la falacia que representa en Norteamérica la libertad de expresión absoluta. A pesar de todo lo que diga su Primera Enmienda, en la práctica se viven límites no impuestos explícitamente por la ley, sino por las convenciones sociales y las autoridades a quienes toca decidir si prestan el auditorio o no a un expositor. Y lo que se dice de EEUU, es aplicable, mutatis mutandis (cambiando lo que se deba cambiar) a esta pretendida libertad absoluta de expresión por la que desgarra sus vestiduras el articulista de The Guardian.

Por esta razón considero también valientes las palabras del papa, porque él se atrevió a decir lo que es tabú en esta (bastante) hipócrita sociedad moderna: no podemos tener libertad absoluta de expresión.

Y finalmente, la libertad de expresión, como toda libertad, viene junto con un precio: ejercerla en favor del bien común. No puede ser el deleite infantil por un regalo que no nos costó, sino la actitud madura de usarlo con sabiduría, donde el límite está impuesto por lo que uno cree y las reacciones esperadas del destinatario de nuestras palabras o dibujos.

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