Carlos Reyes Sahagún / Cronista del municipio de Aguascalientes

El lunes 21 de agosto pasado, tuvo lugar un eclipse parcial de Sol, que aquí pasó desapercibido, debido a la trayectoria que siguió la Luna en su paso entre el Sol y la Tierra, que es, precisamente, el hecho que origina estos excepcionales fenómenos.

De todo lo ocurrido en los días previos y posteriores, dos cosas me llamaron la atención de manera especial. En primer lugar está la insufrible suficiencia que tendemos a asumir ante situaciones como esta. El eclipse ocurrió y ya; es un acto inconsciente de la naturaleza, que antes, durante y después, se quedó tan impávida como siempre; tan indiferente hacia nosotros. Se trata de un acto que no respondió a una voluntad determinada, pero somos tan así, que pareciera que el fenómeno tuvo lugar para que lo disfrutáramos, lo estudiáramos y/o le temiéramos y sufriéramos, como si todavía no nos hubiéramos dado cuenta que el universo no gira en torno a nosotros, tal y como pensaban en el medioevo.

Al parecer más de uno no se ha enterado de dos que tres cosas que se han descubierto de entonces a la fecha, y en materia de cultura general sigue inmerso en la edad media. No digo que haya gente que crea esto de manera literal, pero sí que actúa como si tal cosa.

En verdad nos encanta. Fíjese usted, por ejemplo: los países que han desarrollado un programa espacial llaman a las personas que lanzan fuera de la atmósfera astronautas, o cosmonautas. El diccionario de la RAE ofrece el siguiente significado para semejante palabreja: “persona que tripula una astronave, o que está entrenada para este trabajo”.

Astronave… ¡Por favor! Apenas hemos mirado por entre los barrotes de la cuna en que nos encontramos; no hemos ido más lejos que eso, y ya nos llamamos “astronautas”, viajeros entre las estrellas. Efectivamente, eso somos, pero no por nuestro mérito, sino porque fuimos sembrados en este planeta, que gira en torno al Sol, que gira alrededor de la galaxia, que gira…

Lo que vemos –hablo como especie-, lo que sabemos del entorno, del universo, sólo pone de manifiesto que es más, infinitamente más, lo que ignoramos, pero eso sí, no faltan los que creen saberlo todo, y andan de bocones; aquellos a los que se les llena la boca cuando dicen Iglesia Universal, Historia Universal, Exposición Universal, Miss Universo, como si supiéramos lo suficiente del ídem, así como para sustentar semejantes afirmaciones, o como si fuéramos los únicos seres vivos. ¡Vaya! ¡Hasta un periódico con ese nombre tenemos!

La verdad es que somos unas pobres creaturas abandonadas a su suerte, aferradas con uñas y dientes a esta mota de polvo que cae en el espacio -¿o acaso asciende?- a la que, si tuviéramos un dedo de frente, uno solo, no destruiríamos como lo hacemos, fruto de esta enorme miopía que nos acompaña desde que nacimos; pobres creaturas que gustan de mirarse el ombligo, exactamente como bebés, incapaces de ver más allá y, por tanto, de integrarse al Universo.

Pobres creaturas a las que fácilmente destruye un incendio, una inundación, una erupción volcánica, un terremoto, un huracán, y se acabó, tal y como acaban de constatar las víctimas de mister Harvey, en Texas. Aun así nos sentimos los reyes de la creación; como si todo hubiera sido creado para nuestro disfrute.

¿A quién le importa; quién nos librará en caso de encontrarnos en un lance de estos? Se han descubierto evidencias de catástrofes de proporciones globales, la última de las cuales erradicó a los grandes reptiles, pero nosotros ni en cuenta. ¿Qué haríamos si ahora mismo se nos viniera encima un cometa; un asteroide? Supongo que nada, ¿qué podríamos hacer? Ver mientras tuviéramos ojos, y luego el pánico, la oscuridad; la disolución. La última vez que sucedió algo así fue en 1994, en Júpiter, ante nuestros ojos. Así que, ¿quién o qué nos garantiza que no estemos en la línea de tiro de alguna descomunal piedra voladora en un futuro no muy lejano? Nada, nadie, por mucho que los sumos sacerdotes de toda especie digan lo contrario.

En fin. Nos puede destruir cualquiera de estos fenómenos, pero no un eclipse, que se trata de un hecho efímero, ocasional, sin trascendencia sobre la vida del planeta y, por tanto, sobre nuestra vida: sólo una línea de sombra que corre de un lado a otro de la superficie iluminada del planeta hasta extinguirse; nada más. Se acabó y a otra cosa.

Entiendo que nos llame la atención por su carácter excepcional, o porque constituye una alteración de lo que creemos es inmutable, el cielo. La idea es muy simple, y desde luego no es nueva: todo en la Tierra es variable, incierto, pecaminoso, pero los cielos, ahí donde habita Dios, son inmutables, puros… Hasta que se aparece un cometa, un eclipse, o una estrella nueva; entonces sí, adiós al paradigma, y bienvenida la incertidumbre.

A lo largo de la historia no ha habido sociedad que se haya sustraído a estos fenómenos pero señora, señor, ya todo eso debería quedar para el terreno de la grata curiosidad y disfrute, pero no más.

En fin. Que un eclipse es inofensivo, y temerle es más bien cosa de la ignorancia, un resabio del pasado que por educación hace rato tendríamos que haber superado. Pero no, ahí seguimos. No sé usted, pero yo escuché un montón de sandeces a propósito de lo ocurrido, que si afecta los embarazos, que si ocasiona catástrofes, etc. Lo peor de todo fue un astrólogo, al que escuché afirmar que los diputados y militares debían cuidarse de sus actos a consecuencia del eclipse. Ya no sé qué me asombró más, si la tontería en sí misma, o la certeza en el rostro de quien la dijo.

Lo más inteligente que leí sobre el tema en estos días, lo más sabio, fue un letrero que colgó en su Facebook don Mario Héctor Ponce. Diseñado con el formato de los letreros de película muda, decía: El eclipse fue como el amor que me jurabas… Nunca lo vi. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a carlos.cronista.aguascalientes@gmail.com).

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