Carlos Reyes Sahagún / Cronista del municipio de Aguascalientes

Leo en la página del gobierno federal (https://www.gob.mx/presidencia/articulos/dia-del-arbol-en-mexico) que el 1 de julio de 1959 se emitió un decreto presidencial que estableció el Día del Árbol, para celebrarse el segundo jueves del mes de julio. En el mismo decreto se instituyó “de manera permanente la Fiesta del Bosque”.

Si entendí, la celebración, que sigue realizándose, tiene un doble objetivo: por una parte reforestar, y por la otra, generar en la población la conciencia a propósito de la necesidad de incrementar y proteger los bosques.

Ese año de 1959 el Día del Árbol se celebró el 17 de julio, en el Cerro de la Cruz, con la plantación de árboles traídos del gran vivero de Pabellón, especies de ornato, eucalipto y casuarina. En la ceremonia correspondiente, el agente de agricultura –entonces así se llamaba al delegado federal- recordó que recientemente dicha altura había sido declarada Parque Nacional, y contaba con una superficie de 40.35.20 hectáreas, y había sido “completamente reforestada”. Además, el funcionario informó que existían en viveros 556,000 árboles de ornato y 166,000 frutales, para su distribución en esa temporada.

Por otra parte, en ese año se tenía la preocupación de lograr que la ciudad tuviera una protección de árboles en contra del viento, las inundaciones y el polvo. Para ello se tenía pensado plantar una “cortina de árboles” siguiendo el trazo de la Avenida Circunvalación, y con mayor intensidad del lado de los vientos dominantes (El Heraldo, 13 de julio de 1959).

Finalmente, también se hacían esfuerzos, que a la postre resultaron infructuosos, para arraigar entre nosotros el cultivo del olivo. Precisamente el 1 de febrero de aquel año, este diario publicó una noticia que afirmaba que la Comisión Nacional del Olivo tenía la intención de trabajar para que ese producto rivalizara con el cultivo de la uva. A decir del encargado de la plantación, la campaña sería larga, antes de que se llegara a establecer una competencia entre ambos cultivos.

Se decía también que Aguascalientes contaba con un suelo y clima propicio para este cultivo, y en todo caso el problema era el alto precio del transporte de los árboles, desde el vivero donde se producían, por lo que en breve se pugnaría por establecer viveros que produjeran estos árboles.

Exactamente tres meses después El Heraldo publicó otra nota que proclamaba las bondades del suelo de El Llano, para el cultivo de este árbol, tan entrañable en la cultura mediterránea, esto gracias a su clima, terreno y condiciones. El dicho era del ingeniero Jorge Díaz de León-¿sería el “Ingeniero Maravilla”, que fue diputado y presidente del otrora “partido de las mayorías”?- al que el periódico se refería como un “extensionista de El Llano”.

Díaz de León dijo a este diario que solicitaría a la Comisión Nacional del Olivo la concesión de un número ilimitado de ejemplares. La nota afirmaba de manera textual que “el notable desarrollo que han tenido los 200 árboles de olivo que fueron plantados en 1958, ha entusiasmado a los habitantes de esa zona, y en vista de que en la plantación del mes de marzo no se pudo conseguir oportunamente, “más arbolitos se piensa lograr este octubre”.

En verdad había entusiasmo por el cultivo. El día 13 julio El Heraldo de Aguascalientes publicó la noticia de que próximamente se establecería una escuela de enología, que es la disciplina abocada al proceso de producción de vinos, dado el auge en el cultivo de la uva. De pasada el rotativo señaló que aparte de parras, el ingeniero Jesús M. Rodríguez, cultivaba olivos, y no sólo eso, sino que además ya había industrializado las primeras aceitunas –no se hablaba de aceite de oliva-, gracias a que se había adelantado siete años en el cultivo de “tan nobles árboles”.

Como seguramente usted sabe, el ingeniero Rodríguez, a quien llamaban El chapo porque era chaparrito, y no narcotraficante, hacía florecer su finca de nombre “El Firifo”, que era justamente donde hoy se levanta la primera Ciudad Industrial que tuvo Aguascalientes, y si no lo sabía, pues ya se enteró, que eso busca esta columna.

¿Dónde quedaron todos esos olivares? ¿Dónde está la cortina alrededor de la ciudad?  ¿Dónde? No lo sé, pero el espacio se agota y debo terminar, cosa que haré con la siguiente cita, que extraigo de El Sol del Centro, en su edición del 21 de junio de 1945. Se trata del primer párrafo de una columna que se publicaba en esa época, de título “La verdad… Y sólo la verdad”, suscrita por alguien que firmaba como “Líneas del Abad”, que no sé quien sería; quizá Mario Mora Barba. El artículo es más extenso que la cita, y si quiere leerlo completo, dese una vueltecita por el Archivo Histórico… Antes de que lo desaparezcan, el archivo.

Por lo pronto va la cita. Y dice: El pueblo rabia por la falta de lluvias. En 1845 la forestación de Aguascalientes – incluyendo 600 “Huertas” – era 100 veces mayor que la actual. El General Condell – satrapita que antecedió otros que andan vivitos y coleando – sugería al gobierno central; “Debe exigirse a los propietarios de bienes raíces que derriben algunos árboles para fincar habitaciones, si se quiere engrandecer está ciudad” ¡Vaya fue obedecido! En 1945 los Aguascalentenses – brillantemente, los ejidatarios – han derribado árboles con furia suicida y ahora – “Charolos” amnésicos – claman por las lluvias y piden al cielo ¡agua, agua y agua! ¿Un siglo de progreso, no? …(Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a [email protected]).