Carlos Reyes Sahagún

Cronista del municipio de Aguascalientes

Si tuvo usted la heroica paciencia de seguirme con alguna regularidad en este Día a día de la Convención de Aguascalientes, quizá se diera cuenta de un trío de cosas: en primer lugar, intenté mostrarle un panorama general; una síntesis muy apretada, de lo ocurrido durante estas reuniones, sin hacer comentarios de ninguna especie.

Claro está que en última instancia mi intervención está dada en la selección misma; los materiales que elegí para mostrarle y lo que discriminé, de tal manera que a final de cuentas, por mucha objetividad que se pretenda, siempre existe el espacio para el sesgo. Y como no hay inocencia posible, expresamente le diré que intenté exponer dos dimensiones de la convención: por una parte la relevante, con la discusión de aquellos temas de trascendencia para el país –que por desgracia fue la mínima–, y por la otra, aquella carente de interés; esa que permitió poner de manifiesto la ausencia de planteamientos sólidos, viables, que vislumbraran un programa de gobierno cuya instrumentación le permitiera al país superar su atraso e impartir justicia. Quizá no fuera para menos teniendo en cuenta, por una parte, el contexto de un país poco dado a la discusión, con bajos niveles de ilustración, y más bien proclive a las soluciones de fuerza –¿quién era el que decía que su pistola era la discutidora?, ¿Gonzalo N. Santos?– y, por la otra, considerando que aquellos hombres eran empleados, mineros, agricultores, comerciantes, ciudadanos armados, y no gente de ideas. De hecho los pocos momentos de discusión relevante ocurrieron, precisamente, cuando llegaron a la convención los maestros; los profesores.

En segundo lugar, intenté mostrarle cómo habría sido Aguascalientes en esas jornadas, en lo que Enrique Rodríguez Varela llamó La azorada cuna de la convención; cómo habría reaccionado la población ante este suceso, que por unos días rompió la proverbial tranquilidad de la ciudad triste pero querendona de Eduardo J. Correa.

Finalmente, para alcanzar estos dos objetivos, utilicé como excipiente un tono periodístico, pretendidamente literario, con la intención de generar en usted la sensación de estar leyendo la noticia de lo ocurrido ayer; una auténtica novedad, y no algo acaecido hace una centuria.

Pero esto fue sólo la forma, de tal manera que nada de lo que leyó fue inventado, e incluso lo que se publicó entrecomillado corresponde a citas textuales de las fuentes que utilicé. Las principales fueron dos: el tomo 1 de las Crónicas y debates de las sesiones de la Soberana Convención Revolucionaria, Introducción y notas de Florencio Barrera Fuentes, en una edición del Patronato del Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana, Secretaría de Gobernación, publicado en 1965. El otro fue el texto de Vito Alessio Robles, La Convención Revolucionaria de Aguascalientes, en una edición de 1979, de la misma institución que el anterior.

Ambos libros están en la Internet, por si usted gusta. La dirección es: www.antorcha.net/biblioteca_virtual/historia. Otros trabajos importantes que sirvieron de punto de partida fueron El águila y la serpiente y Memorias de Pancho Villa, de Martín Luis Guzmán, La tormenta, de José Vasconcelos; de Mauricio Magdaleno algunos de sus cuentos, de Antonio Díaz Soto y Gama La revolución agraria del sur y Emiliano Zapata, su caudillo, etc.

En rigor me tomé una licencia, pero antes de hacerla explícita debo informarle que originalmente estas notas fueron publicadas en El Sol del Centro, hace 25 años, con motivo del 75° aniversario de la Convención, y que luego aparecieron en forma de libro.

Pero como no es lo mismo los tres mosqueteros que 25 años después, esta reedición en El Heraldo de Aguascalientes fue sometida a revisión y enriquecida con nuevas entradas, a partir de información de la que no dispuse hace 25 años.

Por ejemplo, el doctor Luciano Ramírez Hurtado me facilitó una colección del diario carrancista El Liberal, en inmejorables condiciones de conservación. De ella extraje un par de nuevas notas, que publiqué en estas páginas el 18 de octubre y el 18 de noviembre, con los títulos de “Un domingo en Aguascalientes”, y “El progreso de Aguascalientes”, respectivamente. Esta última se nutrió de un artículo editado por El Liberal el 12 de octubre de 1914, que llevó el sugerente título de “Cual ha sido la obra de la revolución en Aguascalientes”. Fue en estas notas del diario capitalino en donde encontré una referencia directa a las pretensiones del gobierno estatal de convertir el templo de San Antonio en recinto del Poder Legislativo…

La licencia a que me referí tiene que ver con los artículos correspondientes al 12 y 13 de noviembre, también nuevos. Ahí menciono a la “estudiada” maestra Dolores García Pimentel, al “aplaudido” documentalista, profesor Librado Jiménez, y a su ayudante, Mario de Ávila Amador, que no son personajes históricos, sino actuales, contemporáneos suyos y míos. Se trata de personas de mi contento a quienes quise rendir un inútil homenaje introduciéndolos en aquel otoño de 1914, en las puertas del Hotel Washington que, como usted sabe, estuvo en donde hoy es la Plaza Fundadores.

Dolores forma parte del personal del archivo histórico del estado, y su desempeño se caracteriza por la disposición para facilitarle a uno el trabajo de investigación en esa sacrosanta institución; su lema bien podría ser: si el documento existe, yo lo encuentro. Por su parte Mario de Ávila Amador condujo el programa de radio “Palabras contra metralla”, que transmitió entre marzo y diciembre Radio UAA, para recordar de manera muy activa y fecunda a la Convención. Por cierto que Mario me comentó que el gesto fue “como una idea recurrente, eso de haber estado en el lugar histórico comentado, gracias a la literatura”.

Librado Jiménez me facilitó la traducción de un informe de Leon Canova, que fungió como agente del departamento de Estado de los Estados Unidos. De él dice Francisco Pineda Gómez en su libro sobre el Ejército Libertador, que “en junio de 1914, el Departamento de Estado designó a Leon Canova como agente especial para informar acerca del curso de la Revolución. Por eso estuvo en la Convención de Aguascalientes y en Xochimilco. Luego, durante el carrancismo, Canova fue ascendido a encargado de asuntos mexicanos en el Departamento de Estado”.

La traducción del documento que Librado me facilitó fue hecha por la maestra García Pimentel. Los documentos se encuentran a resguardo del Archivo Histórico del Estado. Si le apetece echarles un ojito, la referencia es la siguiente: Reportes consulares, caja 3, expedientes 64 y 90. Por otra parte, la utilización de términos como “estudiada”, “aplaudido” –que va por ovacionado; conste, y no por visto, o gastado– “inteligente”, “agraciada”, “aventajado”, etc., son otro inútil homenaje a una forma de escribir de moda en aquella época, en que también era común la referencia al reportero como repórter. (Felicitaciones, ampliaciones para esta columna, sugerencias y hasta quejas, diríjalas a [email protected]).

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